Cuento: Carlos María Federici

AQUEL VIEJO PERFUME

Que hoy no está

 

Hinchada, como de costumbre —no lográs recordar una sola vez en que no haya pasado—, la puerta se traba al intentar abrirla. A punto estás de sacudirle una buena patada; pero te contenés. Ahora sos más maduro, medís tus actitudes, pensás antes de actuar… Algo útil te enseñaron en todos estos años.


Franca por fin la vía, ingresás al patio trasero. Casi es la hora del crepúsculo… Alzás la vista en busca de uno de aquellos atardeceres “índigo y rosa” que en tiempos más dichosos te llenaban las pupilas.
inchada, como de costumbre —no lográs recordar una sola vez en que no haya pasado—, la puerta se traba al intentar abrirla. A punto estás de sacudirle una buena patada; pero te contenés. Ahora sos más maduro, medís tus actitudes, pensás antes de actuar… Algo útil te enseñaron en todos estos años.

¡Vamos, caracho! ¡Movete, o te caliento el lomo! ¿Te pensás que tenemos toda la noche pa’ esperarte a vos, cretino? ¡Dale a las tabas, si no querés  felpiada!

—Pero qué chico era esto… —se te escapa, en susurro.

Hubo un tiempo en que lo veías inmenso. Aquellas paredes enladrilladas encerraban la jungla de Tarzán, la gruta de Alí Babá, las planicies lunares y algo más… Corrías por el senderito de baldosa trozada, en pos de los piratas, o huyéndole a los Sioux. Y pegado a vos…

—¡Ricardo!…

No fue sino aliento modulado; el fantasma de tres sílabas remontándose hacia el éter, a horcajadas de timoratos signos exclamativos. Enganchada, una migaja de recuerdo: ojos vivaces, risa que contagiaba… Ya no existe más la casa de él. En su lugar hay un feo edificio de apartamentos, apenas a dos puertas de allí. Era donde vivía él; pero le gustaba mucho más pasarse las horas en tu patio trasero, jugando aventuras contigo. (Luego, ya mozos, siguieron juntos; lo cual —se te tuerce la boca amargamente— no fue la mejor idea del mundo, desde luego).

¡Los brazos bien abiertos, desgraciado! ¡No doblés las rodillas, o te las parto a golpes! ¡Bien parado, canejo! ¡Firme! ¡Brazos en cruz!

Desde el interior de la casa te llegan las voces (un poco amortiguadas), del Viejo, de Zulema, de María Gracia; en segundo plano, el llanto del nene. Sin duda sos vos el tema de la charla… ¡Saben tanto de tu vida! Unos, de la primera parte; la otra, María Gracia, de épocas apenas estrenadas. (¿Y el lapso intermedio, entre ambas puntas? Tiempo de negruras y dolor y suciedades, enquistado en lo hondo de vos, revolviéndosete adentro y chocando contra los forros de tus entrañas, marcándote…)

—¡Dios! ¡Pobre Ricardito!…

Gruñe la puerta a tus espaldas: invaden tu isla de circunstancias.

—Oie, Carlojalberto, ¿no vienejatomar el té?

—¿Eh? ¡Ah, sí…, sí! Ya voy, ya.

Cosa extraña: la voz de María Gracia, por lo general un bálsamo para cualquier herida, no parece funcionar de la misma forma en el patio de tus remembranzas. Aquí, la anfractuosidad del dejo caribeño se encarama en las frases, adulterando matiz y sentido, y oscilando al interferir las ondas locales del ámbito rioplatense. En tu interior, una pequeña zona ulcerada se encona, resentida por la intrusión. Un poco avergonzado del instintivo repliegue, te volvés hacia ella con sonrisa de excusa.

—Estaba haciendo recuerdos, ¿sabés?

—Y, claro… ¡Son tantojaño’!

Ya está a tu lado, ya aferró tu brazo. Hiciste lo humanamente posible por recibirla con el calor que acredita su ternura; pero —es patente— su sensibilidad no dejó de captar el conato de rechazo inicial. (Si supieras cómo borrarlo, lo harías.)

—¿Lo encuentras muy cambia’o?

—¿Mmm?…

—El patiecico éste, digo. La casita, tus padre’..

—Y… ¡no se puede esperar que las cosas sean inmutables! En tantos años…

Se quedan callados por un rato. Eso te alivia, ya que no estás con ánimo para ventilar determinados temas, que ni a vos mismo se te aparecen claros… Enseguida reaccionás, sin embargo. Es mucho, también, lo compartido con María Gracia; ¡y tanto lo que le debés! Hay que evitar que siga sintiéndote distante.

La estrechás por los hombros.

—¿Qué te ha parecido todo? —indagás.

¡Nombres! ¡Dame los nombres, hijué…! ¡Vos los conocés a todos, incluso al cabecilla, y me los vas a nombrar uno por uno, aunque tenga que arrancarte el pellejo a tiras! ¡Los quiero a todos! ¿Entendés? ¡Nombres! ¡Nombres! ¡Todos los nombres!

—¿Todo, qué? ¿Tu casa y tu familia?

—Sí… Y la ciudad, la gente, el clima, yo qué sé…

Ella dispara un pequeño tableteo de risa.

—¡Pero si estamos recién llega’os, Carlojalberto! ¿Cómo quieres que opine?

—Tenés razón, petisa. —Formás una sonrisa cansada y, tras una pausa, cambiando el tema—: ¿Por qué era que lloraba Sandinito, eh?

—¡Ay, pobrecico! Se siente un poquitín extraño acá…

Con cautela, echás una sonda:

—¿Y vos, petisa? ¿También te sentís extraña? ¿No habrá sido demasiado pedirte, que te vinieses para acá conmigo, tan abajo del mapa?

Te besa en la mejilla y se te pega, cálida.

—Mientras vivamos juntito’ , cualquier lugar sirve…

—Estás toda erizada… —comentás—. Sentís un poco de frío, ¿eh?

—Ejun poco más fresco que allá, sí. Pero me gusta, ¿sabes?

¿Hasta dónde es sincera?… El sol, en tanto, ha continuado resbalando y ya no se le ve. Es grato sentirla bien pegada a vos, una sola silueta compartida, en el patio ensombrecido.

—¿Por qué no entramos ya, mmm?… ¡Tus padres han de tener tanto que preguntarte!

—Ya, ya vamos. Un minutito más, ¿sí?

¡Otras cuatro horas! ¡Y nada de agua, oís! ¡O cantás esos nombres, o acá dejás los huesos, mal nacido! ¿Estás buscando que te aplique otros métodos, todavía?

—Quiero ver cuando aparezca la primera estrellita —aclarás.

El movimiento de ella, que dicta el cariño, te sobresalta, al confundirse con las nieblas del pasado y metamorfosearse en agresiones que tus reflejos, dolorosamente condicionados, no cesan de evocar. Es cosa de un segundo: enseguida respondés a la caricia, confiando en que ella no haya notado nada. O que al menos finja no haberlo hecho, como tantas otras veces.

—¡Sáquese el gusto el señor, pues! ¡Esperemojala dichosa estrella!

Te consiente, claro. Igual que los otros: se te trata como a herido de guerra… Ya es una situación familiar para vos. Contra eso, no caben resistencias. Hay que soportarlo, tanto como a las cicatrices.

Algún gritito de pájaro, por ahí cerca. Y eso se parece tanto a tus recuerdos más antiguos… Quizás, después de todo, los cambios no sean absolutos. Un poco más vieja la gente; tal vez más triste; pero siempre la misma. La misma casa también, acaso menos enhiesta, pero en pie todavía, aunque le goteen los techos y se caiga el revoque. El parral, con su carga de menudas uvas incomibles (¡cómo las odiabas!); los malvones, la madreselva, las rosas, en incesante retoñar… Es posible que no todo se haya perdido.

Con delicadeza, te desprendés de María Gracia.

—Andá, nomás, petisa. ¡No vayas a resfriarte! Yo entro enseguida, ¿si?

—Como quieras —acepta—. ¡Pero a ver si tienes cuida’o tú también, que luego tus pulmones…!

Solo de nuevo, rodeado de sombras invasoras… En forma inconsciente te palpás con la yema del índice el párpado izquierdo, rígido, caído sobre la pupila muerta. Te queda nada más que un ojo útil: suponés que bastará para abarcarlo todo.

Un poco a tientas, echás a andar por el patio, hacia la nudosa higuera que se agazapa al fondo. De chico, recordás, te daba un poco de miedo aquella forma retorcida, en la penumbra.

—Si hubiese forma de volver —murmurás—, de recobrar aquellos miedos tan chiquitos…

Las baldosas desgastadas bajo tus suelas, la tierra casi negra (aunque “el negro”, decía la profesora de pintura, “no existe en la Naturaleza”), los muros de ladrillo, con sus minúsculas guaridas de arañas, las flores, las hojas, que son pasto de hormigas… Cosas vistas, cosas palpadas, cosas que emiten antiguos efluvios. La aspereza del tronco gris bajo tu palma…

¡Escupilo, sotreta! ¡Largá lo que sabés! ¡Vas a ver cuando te suba el voltaje y te fría los dos…! ¡El que falta! ¡Quiero el nombre que falta!

¡Ricardooo! ¡Ricardo Fragaaaa!

Tus manos saltan hacia tu cara y la estrujan sin lástima.

—Dios… ¡Oh, por piedad! —clamás, garganta adentro—. Dejame que lo olvide…

Luego te secás las lágrimas, componés las facciones y te armás de coraje para entrar a la cocina y reunirte con los otros ante las tazas de té humeantes y la torta cortada en gruesos triángulos, como cuando eras chico… Llevás algo podrido adentro; pero, en bien de los demás, hacés lo posible para sofocar el hedor.

Volviendo sobre tus pasos, dejás atrás la grotesca forma negra de la higuera. En dirección de la puerta (esa, que se traba siempre), con sus vidrios forrados de papel coloreado, roto en algunas partes. Ya parpadea en lo alto la estrella pionera que esperabas y, en mitad del muro de la casa, la ventanita deja escapar un manso raudal de luz amarilla. De pasada, tendés la mano hacia el rosal y le robás un pimpollo, ignorando la protesta de las espinas. La vieja fragancia…

Aspirás una vez, y otra, y otra. La suave corola te hace cosquillas en la punta de la nariz… ¿Qué pasa? ¿Son distintas las rosas de estos tiempos? Menéas la cabeza, con gusto agrio en la boca.

Hay que conformarse: no volverás a percibir los aromas de antes; al menos no lo vas a hacer en la misma forma que acostumbrabas. El viejo perfume ya no existe para vos… Desde luego, no podías esperar otra cosa, desde que ellos te hicieron polvo el tabique nasal (especie de himen robusto, aunque no indestructible), sin que haya en el mundo terapia capaz de recomponértelo.

—¡Ya voy, ya voy! —le gritás a la figura de María Gracia, que se recorta en el rectángulo luminoso de la puerta abierta, esperándote.

 

Carlos María Federici

Montevideo, Uruguay (1941)

FeriaDelLibro_2013_1B
Carlos María Federici, 2016

Escritor profesional desde 1961. Publicaciones en revistas nacionales, americanas y europeas.Traducido a varias lenguas. Participó  en varias antologías internacionales y tiene trece libros publicados,
siendo algunos de estos segundas ediciones de distintas editoriales. Se le han otorgado diversos premios en certámenes nacionales e internacionales.

Algunas Obras Editadas: La Orilla Roja (Acme, Bs. As., 1972), Umbral de las Tinieblas (La Republica, Montevideo., 1990), El asesino no las quiere rubias (La República, Montevideo., 1991) Llegar a Khordoora (Arca, Montevideo., 1994)

 

 

 

 

 

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