Cuento: Iván Tapia Saavedra

LOS GATOS DEL COMPADRE

Don Horacio Silva yacía muerto en la oscuridad de su ataúd tras un día y medio de velorio bajo el techo de la humilde casa. Si alguien hubiese podido verlo, se habría extrañado por su cabello desordenado y el nudo de la corbata medio doblado que se cerraba directamente bajo su pronunciada nuez, como un camino a medio asfaltar o un cielo ambiguo que no termina de decidirse por las nubes o el sol. Habían sellado el ataúd por completo, contrario a lo que él mismo había indicado en vida como su última voluntad. Quería sentir, decía, el sol sobre su rostro hasta que se hubieran visto en la obligación de cerrar la tapa. Al compadre, como don Onofre Fuentes García solía llamar a su mejor amigo, no le gustaba estar con las ventanas cerradas. Decía que se ahogaba, que necesitaba sentir la brisa sobre su cara, sin importar que afuera lloviese, se estuviese cayendo el cielo a pedazos con rayos y truenos o el sol brillara como un horno de barro abierto de par en par. Además, si las ventanas de la casa estaban cerradas, ¿cómo saldrían y entrarían sus adorados gatos?

Especialmente durante sus últimos meses recordaba las calles de Valparaíso que miraban al mar, y hasta podía sentir el aire que subía por las veredas limpiando el polvo de las entradas de las casas. Le parecía con pesar que los días de infancia volvían inevitablemente a todo aquel que se aproxima a la muerte. Se sentía pequeño ante la inmensidad. Pequeño no solo de forma física, al ver sus manos rugosas y dobladas por los huesos gastados, sino también de forma existencial. No somos nada, terminaba diciéndole muchas veces a la pared, tras lo cual caía dormido en un sueño que lo llevaba lejos y le devolvía la vitalidad que a su edad comenzaba a abandonarlo. En algunos se veía a sí mismo recorriendo los callejones que antes habían sido su mundo de  puerto. De la mano de su pequeño yo caminaba por las calles que habían constituido su vida de joven, hasta que la falta de pan y de mejores oportunidades le había obligado a emigrar a Santiago y a fundar su familia en ese lugar extraño lleno de edificios y sin mar.

Don Horacio siempre había sido extravagante y por eso al final de sus días nadie sabía si se había vuelto más loco aún o su extraña conducta era el resultado de la morfina, administrada por estricta prescripción médica. Había adoptado la costumbre de caminar desnudo por la casa, sin importar que la gente lo viera. A veces también contaba que algunos payasos entraban a su habitación para alegrarle el día con globos rojos y chocolatinas que de niño solía comprar en el negocio de la cuadra. Era entonces cuando danzaba por la casa recogiendo los dulces del suelo, mientras sus hijas corrían a taparlo y él les miraba con pánico pues lo que ahí veía no eran sus hijas, sino los antipayasos, esas horrendas criaturas malignas que de vez en cuando también aparecían, con los rostros cubiertos de sangre negra y con las mandíbulas desencajadas. Otras veces don Horacio despertaba solo llorando por sus gatos, creyendo que se habían ido todos o que se los habían robado. En ese momento ambas hijas se levantaban, más por callarlo que por complacerlo y se los entraban todos a su habitación hasta que finalmente se quedaba tranquilo y podía volver a dormirse.

En otros momentos, especialmente después de almuerzo, Horacio se levantaba de su cama, se sacaba toda la ropa y salía desnudo al patio a regar las plantas, siempre con el cuidado suficiente de no mojar a ningún cucho que se encontrara durmiendo siesta entre los helechos. Algunos de los niños que pasaban por la calle detenían sus bicicletas y se ponían a gritarle insultos o a tirarle piedrecillas. Anda a vestirte viejo loco, le decían. Otros, más compasivos, optaban por tocar el timbre de la casa y avisar a las hijas que el papá había vuelto a salir al patio sin ropa. Una que otra vez llegaron los Carabineros con la intención de pasarles un parte por ofensa a la moral y las buenas costumbres, pero tras conocer la explicación del caso y con certificado médico en mano, los hombres guardaban la papeleta, le hacían firmar a las hermana un par de hojas y se iban en sus coches patrulla. Por eso durante los últimos tiempos ya nadie se preguntaba qué hacían esas correas enganchadas a las barandas de la cama. Don Horacio decía, en sus momentos de lucidez, que como cualquier condenado a muerte –sin importar que todos en realidad lo fueran, como debatía con don Onofre para llegar al mismo resultado de 1 a 0– no tenía ya nada que perder y estaba decidido a ocupar las franquicias que esta nueva categoría le brindaba. Toda una vida preocupándote de estupideces, y cuando ya no tienes nada que perder, hay que morirse, ¡qué fatalidad!, ¿no te parece, Clotilda?, le decía a la única gata que lo seguía sagradamente para todo lados.  Esos habían sido los últimos días de su vida.

Los rostros de los deudos se alzaban sobre el ataúd del muerto para despedirse. Con una mano sobre el cajón y otra entre la frente y los ojos, las viejas entonaban un Padrenuestro y un Avemaría bajo la mirada reprobatoria de los acompañantes evangélicos que observaban desde sus asientos. Hacía calor, 30 grados según el informe del tiempo. No era un buen día para un velorio. En las paredes de la casa colgaban coronas de flores que comenzaban a marchitarse por la sequedad del aire y de tanta humanidad metida en un espacio tan pequeño. Pero bueno, decía doña Rosa, la vecina de la casa de enfrente, sentada al medio de todos como hablándole al aire, nadie decide ni la llegada ni la partida en este asunto. Uno de los arreglos, el de flores más vistosas, que en grandes letras amarillas rezaba “Partido Comunista”, se mecía de un lado a otro peligrosamente cuando el ventilador giraba hacia su sitio y empujaba algo de viento hacia los pétalos decolorados. Una mujer de amplias caderas se acercó trabajosamente a la urna y puso por debajo un lavatorio con agua. Para que absorba los olores, dijo mientras acomodaba la vasija buscando el ángulo exacto. Rosa  miró el recipiente y anotó en su mente que debía comunicar a su familia que no quería lavatorios con agua en su funeral. A su lado, don Onofre miraba el cajón sellado fijándose en las manillas para poder cargarlo. Se preguntaba si él también podría tomar una, como el gran amigo que había sido, o sería una actividad reservada solamente para la familia. Recordó el funeral de su esposa. Todos los que estuvieron querían cargar el cajón, pero solo unos cuantos pudieron hacerlo, no tanto porque fuera una actividad de unos pocos, sino porque la urna tenía pocas abrazaderas. Mientras más personas, mejor, así el peso no se hacía tan grande.

–¿Por qué está todo tan silencioso? –preguntó Rosa en un susurro a don Onofre, quien ahora había pasado a observar las terminaciones de las esquinas del ataúd.

–¿Silencioso? –repitió él, paseando la vista por la habitación –Ciertamente no hay mucho ruido, estamos en un funeral.

–¿Dónde está la Clotilda? –preguntó rosa mirando el suelo de la habitación.

–No lo sé.

–Era su gata favorita, pobre Clotildita.

–Sí, Horacio me lo había dicho.

–¿Eran muy amigos?

–Lo seguía para todas partes.

–¿De verdad?

–¿Me pregunta por la gata, no?

Rosa se llevó un pañuelo negro a la boca para ahogar la tentación de risa.

–No mi caballero, me refiero a usted y él… ¿eran muy amigos ustedes?

–Ah, sí, la verdad es que sí, éramos buenos amigos –dijo Onofre sosteniendo una mano sobre el cajón. De hecho pensé que sólo me había dicho a mí que la Clotilda estaba preñada.

–Ah, vaya, no se me ponga celoso, yo lo venía a ver de vez en cuando no más, pero una que ya es vieja sabe cuando hay una hembra esperando guagua alrededor. Hembra humana o animal, fíjese, da igual, y la Clotilda estaba además tan gorda que parecía que iba a reventar la pobre, si no podía casi ni sentarse, era como si la guata le hubiese empezado del hocico mismo p’abajo, fíjese.

–Pobrecita.

–Sí, mi caballero. ¿Y usted sabe que Leonora no la quería, no? Bueno, que en realidad parece que no quiere a nadie esa mujer.

–Hable más bajo, señora, no vaya a ser que la escuchen.

–Perdón, es que cuando se me desactiva este asunto –dijo mientras se sacaba un audífono de la oreja y le ponía “on”–, cuando se me desactiva esto parece que hablo más fuerte, disculpe.

–No se preocupe. De todas formas sí, mi compadre me había advertido que Leonora no debía darse cuenta que la gata estaba preñada.

–¿Ve?

A todos había llamado la atención, en realidad, el silencio de esas cuatro paredes. No faltó quien pensara que el recipiente con agua había sido puesto para que los gatos pudieran beber, pero lo cierto era que no había ningún felino alrededor. En vida el finado había sido conocido por llegar a sus últimos años como un ferviente amante y defensor de los gatos. Tanto era así que las vecinas contaban entre sus anécdotas, especialmente la de las casas de ambos lados, que muchas veces habían despertado en medio de la noche justo para encontrarse con la mirada amarillenta de algún felino que les observaba desde el silencio y  oscuridad. Otras, especialmente las solteras, por alguna razón que ninguna se podía explicar, despertaban cada cierto tiempo con la cama cubierta de gatos, asadas de calor. Los zapatazos entonces iban y venían contra los pobres animales, que siempre hábiles lograban esquivar el tiro y salir por alguna ventana a medio cerrar, echándose a correr por los techos despertando a toda la calle. ¡Ahí están esos animales desgraciados!, gritaban los más furibundos, amenazando con llamar a la ley para que regulara el problema de la tenencia responsable. Don Horacio no le daba mayor importancia al asunto, y solo se contentaba con mirar a sus cuchos durmiendo a su alrededor para luego darse vuelta hacia el otro lado de la cama y continuar con alguno que otro sueño. Como cada vez, se prometía a sí mismo y a sus hijas que al día siguiente iría a solucionar el problema explicando a sus vecinos las propiedades medicinales de estos amorosos animalitos, especialmente la del ronroneo, como técnica curativa milenaria, y la del amasado, como potente removedor de cálculos renales. Usted está loco papá, le decía la mayor de sus hijas, dándose media vuelta, dando por perdida la discusión.

Oriana, la hija menor de don Horacio, sostenía una bandeja llena de vasos con coca cola mientras esperaba afuera del baño según órdenes de Leonora, la hermana mayor. Don Onofre se le acercó y le pidió un refresco.

–Por supuesto, saque el que quiera –respondió la mujer, extendiéndole la bandeja.

El hombre retiró uno de los vasos dando las gracias.

–Mijita, mire, no quiero ser impertinente, disculpe si la ofendo con mi pregunta…

–Pregunte no más –respondió Oriana.

–¿Ha visto usted a los gatos?, ¿los ha visto en alguna parte?

Oriana lo miró con el rostro impávido.

¿Los gatos? –preguntó.

–Disculpe mijita, es una tontera, no quise importunarla más de lo que ya debe estar, lo siento –dijo sorbiendo de su vaso.

–Los gatos se fueron, tío Onofre –respondió la mujer sin sacar los ojos de su rostro.

–¿Se fueron?, ¿cómo se fueron?, ¿así como así no más?

–Se fueron.

–Comprendo.

–Los gatos se fueron cuatro días antes de que mi papá falleciera, tío, sin hacer ruido y sin chistar, simplemente, se fueron y dejaron agua y comida. Una mañana simplemente ya no estaban.

Don Onofre observó sus facciones rígidas. Miró sus ojos que se habían humedecido y apartó la vista.

–Comprendo, disculpe mijita, no quise ser impertinente. En realidad los gatos son animales misteriosos que actúan a veces sin que uno pueda saber qué van a hacer.

–Los gatos ven la muerte, ¿sabe? –dijo Oriana bajando la mirada hacia los vasos llenos de bebida sobre la bandeja. Don Onofre la miró.

–¿Cómo dices?

–Los gatos ven la muerte, tío, y traen mala suerte.

De pronto la mujer vio por el rabillo del ojo que Leonora la observaba desde la puerta de la casa. Se giró de golpe golpe, casi volteando los vasitos de la bandeja.

–Lo siento tío, no puedo seguir hablando, lo siento, debo seguir ofreciendo bebida. Y salió rápidamente caminando hacia el dormitorio que había ocupado hace pocas horas el compadre Horacio. Leonora le siguió y cerró la puerta al entrar. Estuvieron adentro alrededor de 15 minutos y luego salió Leonora y posteriormente Oriana, quien tomó la bandea y continuó repartiendo los vasitos sin mirar a don Onofre, que se había vuelto a sentar con la primera de mil preguntas dándole vuelta por la cabeza. ¿A qué se refería Oriana? ¿Había dicho que los gatos veían la muerte? ¿Y por qué había actuado de esa forma tan extraña cuando vio que su hermana la miraba desde la puerta? Onofre observó el costado del cajón frente a él y se fijó en los angelitos tallados sobre la superficie. Deseó por primera vez haber aprovechado mejor el tiempo con su compadre.

Leonora había vuelto a la entrada de la casa y se había ubicado en un pedacito de sombra que daba el techo. Al lado suyo, algunas cartas que los nietos habían escrito al abuelo se encontraban pegadas en la pared, todas cerradas en sus sobres con sus remitentes bien escritos por el revés. Resaltaba  una, la de la niña más pequeña, Cecilia, recortada en forma de corazón y pintada con lápiz de cera. Sobre el papel un adiós tata escrito con letras infantiles había sacado lágrimas a más de alguno. Habían decidido entre todos que el plan era meterlas adentro del cajón antes de dejarlo en el cementerio. Para ello, se habían reunido algunos días antes en la casa del árbol, lugar ahora casi místico pues había sido construida con la ayuda del mismo abuelo hace varios años. Tras el debate, se había resuelto por unanimidad que todas las cartas debían incluirse. De esa forma el anciano se entretendría leyendo en el más allá cada una de las misivas de sus nietos. Era la forma de demostrar que lo amaban. Solo tía Leonora había mostrado inicialmente reparos en aceptar la propuesta, pero cuando se le explicó que las cartas serían depositadas sobre el vidrio, bajo la tapa, la mujer se mostró un poco más de acuerdo en permitir lo que a su gusto era solo folclorería sin mucho sentido. Según la idea de la mujer, el ataúd debía descender lo más pulcramente posible, sin alborotos de ningún tipo ni misivas que pudieran restar solemnidad a la ceremonia. Después de todo, al morir el anciano la responsabilidad de la casa pasaba automáticamente a sus manos, como lo habían definido notarialmente cuando todavía don Horacio estaba vivo. Se entendía por tanto que su palabra pesara más que la del resto de sus hermanos, incluso todavía antes de que su padre fuera sepultado. Por esa misma razón, Leonora se había tomado atribuciones que sin discutir si eran o no pertinentes, aplicaba con rigor a todo el que quisiera presentar sus respetos. No dejaba entrar a nadie que no demostrara en sus vestimentas la tristeza que decían sentir en el alma. Todos debían ir de riguroso negro. Los zapatos de los hombres debían estar lustrados y las mujeres con el pelo tomado. Un joven retrasado mental se había colado a la reunión en shorts y se había echado a llorar sobre el cajón ante el horror de la mujer que, al darse cuenta, lo tironeó hasta la salida escoba en mano y le indicó que si quería volver, debía venir de negro, corbata y zapato. El retrasado le mostró el dedo desde la esquina de la calle pero la mujer lo ignoró por completo.

Así se mantenía la rutina de ambas hermanas, una en la puerta de entrada controlando que todo aquel que pasara, lo hiciera bajo sus criterios de entrada, mientras la de adentro servía refrescos a los deudos sudorosos que ya comenzaban a preguntarse a qué hora llegaría la carroza fúnebre. Una radio tocaba chicharreante los tangos favoritos del finado, esos mismos que había escuchado especialmente durante las dos últimas noches, en que su estado se había agravado y lo único que parecía mantenerlo despierto era el sonido de su adorada música. Don Onofre recordaba una de las visitas en que Leonora le había abierto la puerta vestida entera de blanco y lo hizo pasar directamente hasta el dormitorio del anciano. En ese momento le había tomado la mano a su antiguo camarada y le había expresado todos los saludos que le mandaban del Club de Rayuela “La Patria” n°23, al que ambos asistían hace por lo menos 20 años. Don Horacio solo había atinado a levantar la mano derecha para buscar la cabeza felina que dormitaba a su lado y comenzar a hacerle cariño. El gato se había puesto de pie y tras darse algunas vueltas en círculo, se había ido de espaldas mostrando su abultado vientre en un gesto de confianza total. Horacio, viendo que su amigo miraba al animal con simpatía, le contó en un susurro que la gata se llamaba Clotilda y que parecía estar preñada. Le dijo que por las noches le ponía la mano sobre su abdomen y podía sentir que algo se movía allá adentro, como patitas peleando entre ellas. Solo esperaba que Leonora no se diera cuenta porque era capaz de ahogar ahí mismo a la gata con todos los cachorros adentro y dejarla muerta con los críos encerrados bajo el cuero. Luego de la confesión se puso el dedo índice sobre los labios. No te preocupes Horacio, respondió Onofre, soy una tumba. Ni que lo digas, dijo Horacio, formando una sonrisa amarillenta en los labios. El amigo se había ido ese día con la sensación de que a Horacio le quedaban pocos días de vida y que él lo sabía. Salvo los pocos comentarios referidos al gato, no pudo decir mucho más. Había murmurado algo sobre Leonora pero en ese momento Oriana entró a la habitación para cambiar la chata y dejó la puerta abierta. Adoraba sus cuchos, y ellos y los tangos lo mantuvieron con vida hasta que ya no pudo más.

Onofre se separó del ataúd y giró la cabeza hacia la puerta de la casa y se encontró con la mirada de Leonora, que le sonrió y le ofreció a la distancia otro refresco. Onofre le gesticuló que muchas gracias, pero ya había bebido suficiente. Leonora le sonrió y continuó con la bandeja ofreciendo vasitos al resto de las personas de la sala. Había cambiado de actividad con su hermana. Onofre volvió su vista al ataúd pues había tenido la impresión de escuchar algo.

–¡Llegó la carroza! –dijo de pronto una voz en la entrada de la casa. Don Onofre se puso de pie para estirarse disimuladamente antes de salir. Con decisión se acercó al cajón y tomó la manilla para sacarlo junto a las otras personas que ya comenzaban a ubicarse alrededor de la urna. Al apretar la mano en la manilla sintió un temblor que no había percibido hasta ese instante. Era como si el ataúd estuviera vivo y al tomarlo estuviera tomando un brazo o una pierna, algo que al momento de tocarlo diera la impresión de que a pesar de estar quieto, no perdía la tonalidad de las cosas que aún no mueren. Apretó con más fuerza y se dio cuenta que vibraba. Miró a las otras personas alrededor suyo para ver si efectivamente sentían lo mismo que él, pero nadie parecía notarlo. La tapa del cajón estaba cerrada. A la cuenta de tres levantaron el ataúd entre seis y se encaminaron hacia la puerta de entrada. Una vez afuera, lo acomodaron sobre los rieles de la carroza fúnebre y un empleado lo deslizó hacia adentro y puso las flores sobre el cajón.

–¿Con quién se va usted? –le preguntó Rosa.

–Pensaba irme en la micro que puso la municipalidad.

–Váyase conmigo, mi hijo va manejando el auto, van a ir otras personas también.

Don Onofre se subió al automóvil y bajó la ventana. Hacía un calor sofocante y se arrepintió de no haberse mojado el pelo. Intentó respirar tranquilamente, como una vez le había indicado el médico, no fuese a ser que justo en ese momento la presión le jugara una mala pasada.

Desde adentro del auto, don Onofre miraba expectante el ataúd, con la sensación de que en cualquier momento pegaría un salto. ¿Había visto en realidad a su amigo adentro del cajón?, ¿podía estar seguro de que en realidad la persona que estaba ahí adentro fuera realmente su compadre? O es más, ¿podía estar realmente seguro de que lo que fuese que estaba allá adentro estuviera realmente muerto? Pensamientos tontos, se dijo a la vez que miraba su mano temblando por el esfuerzo.

Los automóviles de la caravana encendieron sus motores casi al mismo tiempo. Las dos hermanas iban dentro de la carroza fúnebre, sentadas adelante del cajón. Don Onofre observó que ambas llevaban puesta una mano sobre la urna, que no movieron durante todo el trayecto hasta que tuvieron que bajarse del vehículo una vez llegado al camposanto. Solo ahí se detuvieron frente al ataúd y esperaron que los hombres del grupo tomaran a cada lado una manilla para sacar la caja del interior de la carroza. Don Onofre caminó hacia el lugar y tomó la primera manilla que encontró disponible. La apretó dentro de su puño pero esta vez no sintió nada. Pensó que la presión sanguínea le había jugado anteriormente una mala pasada y todo se debía a un mal entendido producto de su excesiva imaginación. Mejor escribe cuentos, viejo tonto, se dijo. Miró a los hombres a su alrededor, que mantenían la misma seriedad de un comienzo, impertérritos, sin siquiera mirarlo a él, que habría sido reconocido como el extraño del grupo, de serlo. Un empleado del cementerio se acercó al carro que transportaría el ataúd hasta su sepultura, tomó la manilla y comenzó a tirarlo hasta poner al pequeño vehículo en movimiento. Leonora se le acercó a medida que avanzaban y le indicó al oído algunas palabras que Onofre no pudo entender. Le extendió un papel doblado que el hombre introdujo inmediatamente en el bolsillo de su pantalón, mientras asentía con la cabeza sin mirarla en ningún momento. Cuando Leonora volvió al lado de Oriana, don Onofre se aproximó hasta ellas e intentó hablarles pero ambas estaban tan imbuidas en lo que fuese que pensaran, que no lo escucharon, o si lo hicieron, no lo consideraron. A medida que avanzaban, don Onofre no podía despegar los ojos de la cubierta de la urna mientras se repetía que no debía prestar atención a sus intuiciones.  Intentaba, sin saberlo, detectar cualquier movimiento fuera de lo común, a pesar de que el cajón parecía bailar arriba del carrito a medida que tropezaba en los baches del pavimento. Las dos hermanas caminaban en silencio, mirando, podría haber dicho, las ruedas traseras del carro. El hombre que tiraba se pasaba un pañuelo por la frente para secarse el sudor, notoriamente cansado. Atrás de ellas, el resto de la gente avanzaba ahora sin necesariamente ir de negro pues algunos vecinos se habían sumado al cortejo cuando vieron que sacaban el ataúd de la casa, sin haber ido a presentar sus respetos a la casa. Solo los ancianos mantuvieron rigurosamente el negro.

Don Onofre caminaba atrás de las hermanas rememorando los pasajes que quedaban olvidados en el tiempo tras el último adiós. El nacimiento de las hijas, lo extraña e inusual que había sido Leonora desde el comienzo, sin llorar si quiera al momento de llegar al mundo, como si una estrella maligna hubiese coronado toda su existencia desde incluso antes de abrir los ojos a su primer día. La extraña muerte de la madre que los médicos no pudieron catalogar bajo ningún criterio más que el de muerte por causas desconocidas. Una vez el compadre le reveló una verdad que nunca más volvió a tocar luego de declararla: tenía la convicción de que su hija no tenía alma. Era rara, extraña, maligna. Sí, esa palabra había utilizado, maligna, estaba seguro.

Los que caminaban detrás comentaban también sobre Leonora. Recordaban aquella ocasión hace muchos años atrás en que delante de los todos vecinos, la niña se había orinado para luego salir corriendo mientras reía, casi como la posesa del exorcista. El compadre y su esposa se habían apresurado para limpiar el desastre deshaciéndose en disculpas por el comportamiento de su hija. Nunca había ido a la escuela, nunca se le había conocido novio, pocas veces se le había visto reír. La niña opaca había crecido hasta transformarse en la mujer que era, misteriosa y oscura frente a los ojos del resto de las personas y que ahora caminaba tras el último de sus padres. Una cáscara vacía, murmuraban algunas viejas susurrando detrás del ataúd de don Horacio.

El sol comenzó a salir cuando las nubes se adelgazaron un poco y los rayos de sol pudieron pasar. El hombre que tiraba del carro sudaba a pesar de que la tarde se iba poniendo helada. De pronto el empleado viró por una callejuela hacia la izquierda y siguió tirando del carro hasta el fondo. Se detuvo al lado de un naranjo que comenzaba a dar frutos. Leonora se puso al lado del féretro e intercambió miradas con el empleado y ambos asintieron declarando tácitamente que era el momento de bajarlo. El hombre se hizo a un lado, se sacó la gorra y se secó la frente. De uno de los pasillos aparecieron dos empleados más en ropa de trabajo y se detuvieron a una distancia prudente dando espacio a la familia para la última despedida. Leonora miró a las personas que comenzaban a congregarse alrededor suyo. Don Onofre se había detenido al lado del ataúd y con una mano encima aguardaba el momento en que ambos empleados se acercarían, tomarían el cajón y lo introducirían a la sepultura con un par de cuerdas. Los nietos de don Horacio todavía venían caminando. Leonora miró fríamente a la menor de las niñas, que se aproximaba hasta ella con las cartas bajo el brazo, como una pequeña ejecutiva pronta a cumplir su primera tarea de real importancia. Leonora le preguntó si quería que ella misma las introdujera al cajón. La niña negó tímidamente moviendo la cabeza para ambos lados.

–¿Quieres dejarlas tú misma? –preguntó Leonora.

La pequeña niña gesticuló que sí.

–Bien.

Entonces Leonora se acercó con la pequeña al costado del cajón y le preguntó si las tenía todas. La niña movió de nuevo la cabeza afirmativamente. Leonora levantó la tapa de la urna con ambas manos hasta formar una tenue abertura no más grande que la rendija de un buzón. La niña estiró los brazos hacia arriba y fue metiendo las cartas una a una en el pequeño orificio. En ese momento don Onofre se aproximó al cajón bajo la mirada nerviosa de Leonora y, sabiendo que era el único momento para atreverse, levantó con decisión la tapa de la urna.

–¡No! –exclamó, clavando los ojos aterrorizados hacia adentro de la urna.

Onofre retrocedió y trastabilló. Leonora cerró al instante la tapa del ataúd, apretando los dedos de la niña quien al instante se echó a llorar.

–¡Mire lo que hizo! –gritó Leonora al anciano.

Pero el horror que Onofre había visto superaba con creces el grito de la mujer: el instante había bastado para darse cuenta que los gatos habían sido encerrados vivos adentro del ataúd en compañía del muerto. Tras el vidrio de la urna había visto gotas de humedad que colgaban hacia la negrura, desde donde una maraña de uñas felinas se esforzaban por arañar el vidrio trabajosamente sin lograr nada. Vio cómo por lo menos cuatro animales desesperados se agolpaban contra el cristal. La gata Clotilda que, con tanto amor había acariciado Horacio, ahora reposaba al lado de la cabeza del muerto moviéndose en trabajo de parto. Vio cómo unas pequeñas pelotitas envueltas en membrana salían de su interior y comenzaban a moverse sobre el rostro del cadáver. Aquellas pequeñas bestias se convertían en un montón de movimientos azarosos que, silenciados por el pesado vidrio, movían sus hocicos pequeños gritando y maullando sonidos que nunca nadie escucharía. Más abajo, en la casi oscuridad completa, Onofre vio el cuerpo muerto de su amigo con los ojos entreabiertos y la boca desencajada en un grito silencioso y antinatural. Un rasguño lo cruzaba desde la sien izquierda hasta perderse por la mejilla hacia abajo, dejando a la vista una carne blanquecina que le hizo dar arcadas.

Intentó aproximarse al ataúd y con la mano hizo esfuerzos por mover la tapa hacia arriba, pero Leonora la mantuvo cerrada con firmeza.

–¡¿Qué haces, Leonora?! –gritó el padre de la niña mientras caminaba directo hacia su hija.

–¡¿Tío, qué hace?! –gritó Leonora a don Onofre, quien se detuvo en seco con la mano puesta sobre la tapa del ataúd.

–¡Levántala! –gritó don Onofre a Leonora frente a las personas, que al escuchar el grito guardaron silencio –¡levanta la tapa!

–¡Oriana! –gritó Leonora–, llévate al tío de aquí, no está bien.

Oriana salió de la multitud y se acercó al anciano para tomarle un brazo.

–Tío, venga, vamos a sentarnos mejor –le dijo Oriana tirándolo de la chaqueta.

–¡Abre la tapa, Leonora!, ¡abre la tapa! –intentó gritar el anciano pero solo le salió un murmullo. Comenzaba a sentirse mareado.

Pobrecito, dijo una mujer que miraba la escena expectante desde atrás, quiere ver a su amigo… se volvió loco parece.

–¡Tú eres cómplice! –gritó a Oriana intentando zafarse.

–Tío venga –continuó jalándolo Oriana hasta sacarlo de la multitud– ¡Señor!, ¡señor! –dijo Oriana hacia uno de los trabajadores del cementerio mientras caminaba sosteniendo al anciano que ya comenzaba a fatigarse– ¿tiene un vasito con agua que me dé?

–Sí, señora, se lo traigo de inmediato. –respondió el empleado antes de perderse de vista por uno de los muchos pasillos del cementerio. Tras un par de minutos, el auxiliar llegó con un vaso con agua. Oriana lo recibió y sacó un frasco con endulzante de su cartera y le echó un par de gotas.

–¿Tú sabías? –le preguntó el anciano.

–¿Saber qué, tío?

–¡Los gatos!, ¡los gatos están encerrados vivos adentro del ataúd!

Tío, no sé de qué habla, tranquilo. Tome, bébase esto, es agüita no más– Oriana le pasó el vaso con agua y don Onofre lo bebió a sorbitos sin tener mucha conciencia de lo que hacía.

–Esto está amargo –le dijo a Oriana sintiéndose mareado. –Mi presión, me siento mareado, Oriana, mi presión… creo que… creo que me voy a… me voy a desmay… en el bolsillo tengo los medicam… oscuridad.

Don Onofre abre los ojos pero no ve nada. ¿Qué pasó?, se pregunta. ¿Dónde estoy?, ¿fue todo un mal sueño? Observa a un costado y unos puntos de luz que se cuelan desde el exterior rebotando sobre las paredes, le hacen recordar un sueño que de niño se le hacía recurrente. En él se ve a sí mismo subiéndose a un barco sin poder despedirse ni avisarle a nadie. Adiós a todos.

Cierra los ojos por un instante y se pregunta si ha vuelto a revivir la pesadilla de despertar sin poder moverse. Le había sucedido hasta los doce años hasta que un golpe en la cabeza había solucionado todo. Pero ahora nuevamente vuelve a sentirse igual, de esa forma tan terriblemente familiar en que algo parece manejar su voluntad. Algo al interior de la habitación, algo que le observa pero que él no puede ver.

De pronto escucha un sonido rasposo y siente contra su mejilla un punto húmedo. Miau. ¿Clotilda? Abre los ojos nuevamente y esta vez se encuentra con la habitación iluminada, y a su lado, una gata preñada. No es Clotilda. Al fondo, Leonora observa sentada en una de las sillas de la habitación con los ojos puestos sobre el animal. Sostiene una escoba. Se pone de  pie y comienza a barrer el piso mecánicamente, pero sin sacar mugre, el piso está impecable.

Don Onofre se mira a sí mismo acostado en la cama, amarrado con las correas de su antiguo camarada.

Alguien golpea la puerta desde el exterior. La voz de una mujer que se acerca gritando que ya va. Es una voz familiar, Oriana. ¿Qué pasó?

–Hola vecina, venía a ver cómo sigue don Onofre, ¿está bien?

–Hola Sra. Rosa, no sabría decirle, a don Onofre lo vino a buscar una hija suya en la tarde, ya se fue a su casa.

–¡No! –intenta gritar Onofre para darse cuenta en ese momento que tiene la boca sellada con cinta adhesiva. Siente los labios entumecidos

–Ahh, me alegro que esté mejor. Oiga ¿y por casualidad no tendrá usted su número, m’hijita mía?, quisiera llamarlo para preguntarle cómo está, me dejó preocupada, ¿le subió la presión?

–Sí, parece que le subió la presión y se desmayó. Pobrecito, piense que fueron amigos de toda una vida. Al final quería abrir el cajón… menos mal que pude atajarlo antes que se desmayara. Bueno vecina, pero esperemos que esté bien ahora, ¿le aviso si sé algo de él?

–Por favor, Orianita, se lo agradecería. Pásele mi número si quiere, no hay problema.

–Muy bien, tía Rosa, yo le voy a dar su recado, que esté bien, hasta luego.

–¡Chau, chau!

Oriana abre la puerta del dormitorio.

–Hola, tío. Han venido a preguntar por usted, pero le dije que ya se había ido ¿Usted tiene hijas tío?, porque le dije que su hija había venido a buscarlo ¿tiene hijos?, ¿tiene gatos?

Leonora ha dejado la habitación y se escucha que barre el living, donde hasta hace pocas horas estaba instalado el cajón.

–Eso es mala suerte, tío –dice Oriana indicando hacia afuera del dormitorio– no hay que barrer después de los velorios.

Oriana camina hacia el catre donde permanece don Onofre acostado.

–¿Tiene gatos, tío?

Onofre mueve la cabeza diciendo que no. Una lágrima cae por su mejilla.

–Tranquilo, tío –dice Oriana mientras toma a la gata que descansa sobre la cama al lado del anciano–, ésta se salvó, tío. Se escapó. ¿Sabe por qué está al lado suyo, tío?, ¿sabe por qué apareció ahora?

Onofre gesticula nuevamente que no con la cabeza.

-Apareció tío, apareció justo ahora y al lado suyo, porque los gatos ven la muerte tío, los gatos ven la muerte.

Iván Tapia Saavedra

Santiago,Chile (1982)

ivan

Iván Tapia Saavedra  es psicólogo de la Universidad Diego Portales y magíster en Literaturas Hispánicas de la Universidad de Concepción. Comenzó a escribir cuentos tempranamente, pero es en esta última Casa de Estudios donde profundiza sus intereses y empieza a concretar algunas ideas narrativas desarrolladas con anterioridad.

Durante el año 2012 participa en el grupo de Investigación de Literatura Chilena de la misma universidad, y desarrolla su proyecto de tesis de magíster en relación a la literatura fantástica nacional: La literatura neogótica chilena, a partir de una novela de Francisco Ortega.

Entre sus publicaciones académicas cuenta con “El héroe romántico, a partir de un cuento de Gustavo Adolfo Bécquer”, “Lo fantástico en Las ruinas circulares, de J. L. Borges”, entre otras.

Editorial Forja publica el año 2013 su primera novela, El cuarto de al lado, postulada al Premio Altazor del mismo año.

 

 

 

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