Cuento: Muy Matrera

Contemplación en verde tinta

Un hombre que gusta medir magnitudes observa el paisaje local plano por plano: “Los objetos están más cerca de lo que aparentan”, es el pensamiento de mayor jerarquía que recorre los recovecos de su cabeza como una máxima aplicable a cada instante. “Entonces los planos, imágenes superpuestas una sobre la otra, no son más que un espejismo: lo lejos parece cerca, lo cerca, lejos. Planos superpuestos, un cuadro sobre otro con kilómetros de distancia al punto de referencia más cercano, o en perspectiva: el punto de fuga”. 

“El paisaje en su extensión es un concepto, representa una imagen mental construida sobre la base de otras imágenes ya conocidas, transformándose en una concatenación ilusoria que llena los espacios deshabitados. Esta imagen muchas veces es contradictoria con la realidad, apela a la diversidad de la percepción, aunque también puede tratarse de errores neurológicos, esos… ¿cómo los llama el de blanco? ¿deja vu?, donde pareciera que eres un dios errante en la curvatura espacio temporal”, es la conclusión que lo tranquiliza. “La existencia de planos superpuestos no es otra cosa que una invención humana para entender lo que observamos”, se repite silenciosamente, porque es la idea cómplice que congrega a las otras que deambulan en el selvático territorio de su mente. 

Este hombre percibe movimientos que son invisibles al simple ojo humano. Suceden en lapsos de tiempo relativos que no obedecen a lógicas, al menos las convencionales, donde su mente se mimetiza hasta alcanzar el blanco pétreo. Un rito de esfuerzo sobrehumano que provoca una pausa en sus funciones vitales más primarias. Lapsos de tiempo sin lógica, ni ritmo. Nada puede presagiar o dar pauta del término de uno y comienzo de otro. Blanco pétreo sobre los párpados en movimiento gravitacional.

Cierra los ojos cuando esos recuerdos llegan galopantes a su cabeza. Una pequeña gota de sudor frío corre por sus manos ásperas cada vez que logra una reflexión tajante, la que hace encarnizadamente suya a través de un discurso de convencimiento y reiteración. Luego los abre, cuando su mente aún se encuentra sumergida en la blancura que provoca la ausencia de vida
latente. Estos son los lapsos que se suceden uno tras otro sin lógica convencional. Recuerdos de paisajes, compuestos cuadro a cuadro y dado el momento estos se fragmentan, reuniendo, rearmándose en otro completamente diferente. Cuadros como piezas de rompecabezas, que rompen con todo lo anteriormente establecido. Dios creador de lo errático. Dios errante en búsqueda de sensaciones y ese placer esquivo e inalcanzable.

De los deja vu transformados en imagen, dentro de su contexto, lo que más le atrae es el paso del viento por los objetos estáticos. Goza como si fuera un niño cuando mira su dinámica cómplice. Cree percibir la interacción de los átomos cuando el óxido carcome los metales o una colonia de hongos impone su humedad perversa. El viento con su danza y sonidos a veces aterradores en las hojas verdes, color, por cierto, que lo hace palidecer de gusto porque, según él, requiere mayor acuciosidad en la observación por su amplia gama de tonos. El verde tentación irresistible.

“El verde tinta sobre los componentes de un paisaje”, acostumbra llamar tinta a los colores, pues según su concepción de imágenes creadas mediante el simbolismo humano, no cabe otra posibilidad que llamarlos tinta, pues niega la existencia del concepto color en sí mismo en la naturaleza, considerando, además, si ésta también existe como ente real, concreto. Luego, otra pausa en su reflexión peligrosa, porque es la fase de preactivación de sus motores neuronales en busca de otros pensamientos. “Es un reflejo donde la gran capacidad de distinguir, conceptuar y luego clasificar uno de los elementos constituyentes de mayor importancia en la observación”. El paso del viento sobre el verde tinta, complicidad del movimiento cromático. Cromático, el gusto por las palabras esdrújulas también era otra de sus obsesiones.

La observación: deleite de dioses, de escogidos. Razón oculta por la cual sus caminatas por el barrio le ocupan tardes o días completos. Tardes de suplicio familiar en un principio donde el desapego fue la explicación primigenia. Tardes de “caminatas reflexivas” corregía él, la pulcritud del lenguaje es la excusa que ya hace eco en las esperanzas muertas de esas personas extrañas de nariz aguileña e inquisitiva.

Solo basta seleccionar el modo automático: “¡Qué fácil es la vida, ser dueño de ella, de los elementos, de los objetos!” Apoya el pie sobre la vereda y emprende la marcha de ruta incierta y propósitos poco claros, pero que ya forman parte del variopinto escenario de las calles, donde todos le conocen como el hombre descalzo de túnica verde. Al principio con la excusa de las compras domésticas, compras que no llegaban. Ausencias materiales e inmateriales, donde los seres inconexos de nariz aguileña permanecen fatídicamente a la espera que alguien les avise del abrupto desenlace. Era el croma en todo su esplendor ejerciendo un poder místico sobre este hombre que gustaba observar magnitudes y clasificarlas en la memoria, cual cardex. Verde tinta y blanco pétreo sus conceptos predilectos, particularmente inexpugnables, peligrosamente seductores. El verde tinta: color de la creación.

Muy Matrera

(Santiago, 1977)

Priscila Alarcón

 

Muy Matrera  es profesora ciencias naturales para la educación básica. Ejerció la docencia de aula durante diez años. Paralelamente a la docencia participó en talleres literarios de la Comunidad Sefaradí y de la comuna de Maipú. El año 2007 ganó el segundo lugar en el concurso literario Mama Icha, organizado en la comuna de Maipú, con el cuento “Porota Feroz”. Integró la “Antología de poesía y cuento” (2007) de dicho taller. Actualmente escribe reseñas de libros para Diario El Pilin, y la web de BioBio Chile, mantiene su blog: Muy Matrera y escribe las notas de la agenda cultural en Acción Sindical.

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