Artículo: Sergio Alejandro Amira

El cuento chileno de terror    

 

El cuento chileno de terror

          Yo tenía trece años y cursaba octavo básico cuando un compañero de curso, que pudo ser tanto Héctor Aguilar como Jorge Almonacid, me prestó un libro llamado El cuento chileno de terror, publicado ese mismo año (1986). Lo leí con avidez, y lo regresé a Héctor (o Jorge). No fue sino hasta el 2009 o 2010 que volví a reencontrarme con aquel libro en casa de mi buen amigo Rodrigo López, que me lo facilitó y luego me dijo que me lo quedara. Como ocurre con muchos libros, sobretodo de “género” en Chile, El cuento chileno de terror jamás volvió a reeditarse y si bien es posible encontrar copias usadas en sitios como MercadoLibre, no es un título que sea muy conocido ni siquiera entre mis colegas escritores aficionados al terror. Además de las razones usuales por las que no se reeditan libros en Chile, creo que hay un factor extra en el caso de El cuento chileno de terror que ha contribuido a que se haya “corrido el tupido velo” sobre él, (parafraseando al cura Ibacache). Pero sobre esto me referiré más adelante.

          Yo recordaba que el libro era producto de un concurso de cuentos de terror organizado por la revista Vea, que era una que se leía en mi casa, pero ocurre que no se trataba de esa publicación, sino de una llamada La Revista del Mundo que tenía un isotipo blanco sobre fondo rojo similar al de Vea y que trataba sobre los mismos tópicos faranduleros.

          El prólogo de El cuento chileno de terror está a cargo de alguien qué, hasta donde yo recuerdo, no tenía ninguna figuración mediática cuando leí el libro por primera vez, pero que a partir de mediados de los 90s, se convertiría en un destacado divulgador cultural radial y televisivo: Héctor Velis-Meza.

           En una entrevista publicada en la edición de mayo del 2008 de la Revista Nos el 2008, se dice de Velis-Meza: “No sólo es un investigador metódico e incansable de curiosidades culturales como el origen de las palabras o las causas y porqués de diversos usos y costumbres cotidianas, sino un pedagogo innato, que difunde y enseña sus conocimientos a través de los programas Palabras con historia y El archivo de Héctor Velis-Meza de Radio Cooperativa (desde hace 14 años), y también por el noticiero de Canal 13 Cable. Viudo, agnóstico y sin hijos, su labor docente se extiende a la educación superior, donde imparte cátedras de Expresión Oral en las universidades de Humanismo Cristiano y de Las Américas, entre otras. También es una personalidad en el mundo del negocio editorial: es director editorial de Ediciones Cerro Huelén, dueño de Ediciones Bizarras (donde da rienda suelta a sus gustos por géneros más estridentes como el gore) y representante de la Feria Chilena del Libro (empresa a la que llegó como asesor en 1974) en el directorio de la Cámara Chilena del Libro”.

          El dato sobre Ediciones Bizarras y su gusto por el gore, me ayuda a entender como este circunspecto y elegante caballero, al cual yo relacionaba únicamente con la más alta y refinada cultura, estaría involucrado en un concurso de cuentos de terror ochenteros. Supongo que Velis-Meza ocuparía algún cargo editorial en La Revista del Mundo, y que dado el antecedente de su gusto por el terror, fue idea de él la del certamen ya que, como asevera en el prólogo: “Nuestro país no ha sido pródigo en este tipo de literatura, y son muy escasos los ejemplos que se pueden exhibir al respecto”. Parece una hipótesis razonable y suficiente a efectos de este escrito que es, después de todo, una suerte de memorias y no una investigación periodística.

          Según lo relatado por Velis-Mesa en la presentación del libro, la respuesta al concurso fue masiva, e incluso superior a la esperada. “Se recibieron 266 trabajos, de los cuales, en una primera y estricta evaluación, se seleccionaron 49 narraciones. Luego, tras nuevos, y cada vez más rigurosos criterios de análisis, la lista se fue reduciendo hasta llegar a veintiuno”. El primer lugar lo obtuvo Enrique (Poli) Délano con su cuento Adivinanzas. Délano ya tenía seis novelas publicadas para 1986 y sus cuentos habían sido publicados en una decena de colecciones en Chile, Argentina, Cuba y México. De entre los seleccionados, de cuyas señas biográficas no hay dato alguno salvo sus nombres, Délano es el que tenía mayor trayectoria, por lo que no es de extrañar que obtuviese el primer lugar, aunque a mí me gusta mucho más el cuento del segundo lugar,  que fue de Rodrigo Ferraro con La isla de los muertos. El tercer lugar lo compartieron tres autores, Gonzalo Contreras (que llegaría a ser considerado uno de los autores más representativos de la Nueva narrativa chilena) con Gente para todo servicio, Rodolfo Gambetti con La playa del paraíso, y Todos huíamos, todos de Nicolás Ferraro (que supongo ha de ser pariente de Rodrigo). Luego vienen las menciones honrosas, y es aquí en las que se haya la que al menos yo creo es aquella razón extra por la que este libro no se ha reeditado. Esa razón se llama Mariana Callejas.

          Recuerdo haber escuchado el apellido Callejas varias veces durante mi infancia sin nunca identificar específicamente de quién se trataba. Era parte del ruido de fondo de los ochentas, un ruido mínimo para un niño que vivía en la aislada Región de Magallanes, con un solo canal de televisión que además era el principal organismo comunicacional de la dictadura. No es raro entonces que para cuando leí El cuento chileno de terror, a cuatro años aún de recuperar Chile la democracia, se me pasara por alto que uno de los autores agraciados con menciones honrosas fuese Mariana Callejas. Pero antes de seguir, ¿quién es Mariana Callejas y por qué su presencia en un libro podría significar la obliteración del mismo? La respuesta sumamente condensada: Mariana Callejas es una exagente de la DINA y esposa del responsable material en los atentados a Orlando Letelier, Ronny Moffit y Carlos Prats bajo instrucciones de la CIA y de la DINA: Michael Townley. Callejas fue acusada de coautora del asesinato de Prats y se le condenó a veinte años de cárcel en primera y segunda instancias, pena que después sería rebajada a cinco años sin cárcel. No puedo dejar de pensar aquí en el monólogo del coronel Kurtz en Apocalyse Now, en especial cuando dice: “El horror y el terror moral deben ser amigos, si no lo son se convierten en enemigos terribles, en auténticos enemigos”. Dados los antecedentes de Mariana Callejas, uno está tentado a pensar que la razón por la que obtuvo no una, sino dos menciones honrosas en un concurso de cuentos de terror, es porque como Kurtz se había hecho íntima amiga de aquel terror lo conocía bien. No en vano en la misma casa de Lo Curro donde la Callejas realizaba sus talleres literarios se torturaba en el sótano y se realizaban experimentos con armas químicas. Porque como  posteriormente se supo, aquella no era una casa normal sino una casa cuartel que contaba con dos agentes permanentes (que realizaban labores tales como servir  churrascos y llevar antes del toque a los talleristas a la micro), una secretaria que llevaba las cuentas y asistía a Michael Townley en tareas administrativas, un jardinero, una cocinera y dos químicos: Francisco Oyarzún y Eugenio “Hermes” Berríos, que se pasaban el día encerrados en un laboratorio subterráneo experimentando la efectividad de su gas letal con ratones y conejos.

          Gonzalo Contreras, que como mencioné antes obtuvo un tercio del tercer lugar del concurso de cuentos, fue uno de los talleristas de Mariana Callejas. Según ha contado el propio Contreras, conoció a Callejas en un taller literario de Enrique Lafourcade en 1974, cuando cursaba cuarto medio. A Callejas, que destacaba entre todos los alumnos por su personalidad fuerte, le pareció que el taller de Lafourcade no bastaba y organizó otro en su casa al que invitó a Contreras y Carlos Franz. “Nosotros éramos pendejos y ella nos esperaba con unas bandejas de churrascos, cartones de cigarros, botellas de pisco”, relata Contreras a Catalina May para The Clinic. “En cierto modo, ella había organizado el taller para ella misma, que era quien leía más y era más prolífica. Todas las clases ella tenía un texto, mientras a mí sacar un cuento me tomaba dos meses”.[1]

          Sobre el taller de la Callejas y la “casa del horror” donde se realizaba han escrito Roberto Bolaño, Pedro Lemebel, y Carlos Iturra, aunque yo solo he leído lo consignado por Bolaño en Nocturno de Chile, cosa que hice a instancias de mi amiga y colega escritora Carolina Yancovic (de hecho, hasta ahora es el único libro de Bolaño que he leído). Dicha novela corta, la séptima publicada de Bolaño, versa sobre las memorias del sacerdote del Opus DeiSebastián Urrutia Lacroix, que bajo el seudónimo de H. Ibacache publica crítica literaria. Y así como el cura Ibacache es un doppelgänger del cura Valente (que ejerció la crítica literaria casi exclusivamente durante la dictadura en las páginas de El Mercurio), Mariana Callejas figura como “María Canales” y Michael Townley como “James Thompson”. De Callejas, o Canales, Ibacache dice: “Era escritora, era buena moza, era joven. Yo creo que tenía cierto talento. Aún lo mantengo. Un talento, ¿cómo decirlo?, recogido en sí mismo, encerrado en su vaina, ensimismado. Otros se han retractado, han corrido el tupido velo y han olvidado” (¡y he aquí el origen de mi paráfrasis!).

          A propósito de esto, el sexto episodio de la primera temporada de la serie Los archivos del Cardenal, estrenada en julio de 2011 en TVN, trataba justamente sobre la Casa de lo Curro. El nombre dado por Bolaño a Mariana Callejas se mantiene en este capítulo, aunque a Townley le llaman “Thomas Parker”. Cabe mencionar que Nona Fernández, una de las tres guionistas de Los archivos del Cardenal (junto a Josefina Fernández y Luis Emilio Guzmán) escribió una obra de teatro basada en estos mismos hechos llamada El taller. Obra que no he tenido la oportunidad de ver, pero que de acuerdo a Carla Cortez Cid: “rescata parte de esta tétrica realidad en que los horrores estaban frente a las narices de quienes frecuentaban dicha residencia, y en medio de la ceguera y de la falta de voluntad de observar, se mezclaba una terrible  realidad con la ficción literaria de cuatro escritores inéditos[2]”.

          Todo este detour que me he debido tomar demuestra lo disruptiva que es la presencia de Mariana Callejas dentro de la antología. Tanto así que ya se me termina el espacio y aún no he mencionado los títulos de sus cuentos premiados, que son: Los dientes del demonio y El hijo de María. Subsanada esta omisión, aprovecho de agregar  La novia de Gabriela Boza, El paquete de Margarita Prado, La sombra en la puerta de Felipe Retamal, El último rito de la moda de Francisco Javier Muñoz, y Los paquetes de Rubén de Perla M. Devoto.

          Aún me toca leer una compilación de cuentos chilenos de varios autores (en cualquier género) que posea un nivel de calidad similar al de El cuento chileno de terror,  por lo que puedo aseverar que Velis-Meza no recurre a una hipérbole al referirse a los rigurosos criterios de análisis que les llevaron a los veintiún cuentos seleccionados. A diferencia de muchas obras creativas que disfruté de niño u adolescente, este libro no decepciona en una nueva lectura, y los cuentos que más me gustaron inicialmente como son La isla de los muertos de Rodrigo Ferraro, La playa del paraíso de Rodolfo Gambetti, y Los paquetes de Rubén de Perla M. Devoto[3], siguen siendo mis favoritos y no han perdido nada de esa emoción que el maestro Lovecraft definiera como la más antigua y más intensa de la humanidad: el miedo.

 

Obras citadas:

[1]   http://www.theclinic.cl/2010/07/24/gonzalo-contreras-y-las-visitas-a-casa-de-mariana-callejas-y-su-marido-“townley-ese-conchatumadre-nos-detestaba”/

[2]   http://www.absentamusical.com/el-taller-una-comedia-negra-sobre-cegueras-y-destinos-fatales/

[3]        Que se me vino a la memoria cuando estaba viendo el final de Los Siete Pecados Capitales (Se7en, 1995).

Sergio Alejandro Amira

(Chile, 1973)

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Sergio Alejandro Amira fundó junto a Rodrigo Mundaca el ezine de ciencia ficción TauZero (2003), del que fue editor durante veinte números y varios especiales. En su faceta de escritor ha publicado las novelas: Identidad suspendida (2007), Kitsune (2014) y Mad Love 500 (2015), además de ser coautor junto a Daniel Guajardo de Psique (2010) y con Martin Muñoz Kaiser de WBK (2013). Sus cuentos han sido publicados en Visiones 2005 (2005); Años Luz, mapa estelar de la ciencia ficción en Chile (2006); Bordecerro (2007); Alucinaciones.TXT, (2007); CHIL3 (2010); Octocéfalo (2011); Poliedro (2007-2014); Café Tacvba. A través de las persianas (2016); y Espacio austral (2016). Su labor como guionista de cómics la ha desempeñado principalmente en títulos de MitomanoCómics como Los Nuevos Próceres, Atómica y Zeta. Junto a Pablo Santander cocreó el webcómic Atom Candy (2012) que actualmente sigue desarrollando junto a Jossy Alburquenque.

3 Comments Add yours

  1. Charissa says:

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