Cuento: Cristian Pino

Umbra

Los nocturnos dedos de un piano brotan desde los parlantes de mi vieja radio y acarician con sutileza la superficie aún húmeda de mi cuerpo. Sentado a media luz, trato de juntar las sobras de mi memoria para armar un recuerdo, como si la música pudiera pegar esos trozos y transformarlos en algo comprensible. Mi gata Noche, cruza de una pieza a otra y se entremezcla con mis recuerdos. Frente a mí, un espejo cuelga del muro. Está cubierto por sombras. Noche no se refleja en él. El opus 9 de Chopin se desliza por los espacios reales y ficticios del salón.
Hoy no tomé mis pastillas. Esta mañana desperté agitado tras un sueño que olvidé al instante. Tengo una libreta y un lápiz en el velador. La mayoría de las veces mis sueños se escabullen apenas despierto. Siempre digo que los anotaré después, pero cuando tengo tiempo de sentarme a escribirlos ya se han perdido en un mar infinito de sueños muertos. De seguro mi mente trata de mostrarme esas respuestas que tanta falta me hacen. Llevo meses sin poder recordar y en parte fue por eso que no quise
tomar las pastillas hoy. Solo en parte.
Hace un tiempo mandé a instalar ventanales en varias habitaciones. Son enormes y luminosos, modernos y horribles. Contrastan a la perfección con la arquitectura de principios de siglo pasado que tiene el caserón donde vivo. El maestro que los instaló dijo que se verían perfectos y que harían mis despertares más alegres, más luminosos. Dijo que aislaban el ruido y que apenas se escucharía si alguien los golpease. Nadie los golpea.
Cuando desperté, la mañana se había instalado en mi cuarto y los ventanales le daban una
autoridad insufrible. Toda esa luz no hacía más que resaltar lo insoslayable de mi abandono, que se expandía en todas direcciones. Esa cálida luz ponía en evidencia la ausencia de un cuerpo; de una que estuvo y ya no está más. Casi me atrapa la nostalgia pero le hice el quite. Me refugié en la rutina: huevos, tostadas, café con leche y un pomelo. Media lata de jurel para Noche. El periódico que nunca leo, trataba de mostrarme noticias que no me interesan sobre gente a la que le importo un bledo. Una mañana perfecta, como todas las demás.
Eran las ocho en punto. A las ocho con quince debía dictar una clase sobre teoría literaria. Vivo a media hora de la facultad. Mi pequeña mañana perfecta acababa de terminar. Tenía menos de quince minutos para empezar la clase. No había tiempo para duchas ni para intentar afeitar esa barba de náufrago que traigo hace semanas. Ni hablar de las bolsas negras que cuelgan bajo mis ojos. Qué más da. Mis pensamientos se volvían caóticos y se montaban unos arriba de otros sin decoro alguno. La imagen que me echaba el espejo mostraba más un vagabundo a medio consumar que un profesor universitario. Y no alcanzaba a formarse bien este pensamiento cuando era embestido por la visión de
los trastos del desayuno que miraban burlones desde la mesa. La sensación de culpa me orroía por haberme tomado tanto tiempo para comer. El cuello de tortuga se ajustaba a mi barriga inflada y luego desaparecía bajo el vestón con parches en los codos. Sonreí al notar lo corriente de mi apariencia y lo cliché de mi atuendo. ‘Me disfrazo de profesor’ le dije a mi reflejo ‘De los años setenta’ pareció responder, mientras hacía memoria de la cátedra que debía dar hoy si lograba llegar antes que se marchasen todos.
La calle estaba desierta. Quizás debí tomar la pastilla después de todo. No ví estudiantes
corriendo ni obreros colgándose de los buses como titanes. Tampoco estaba el viejo del almacén arrastrando las cajas de pan caliente como hace de lunes a viernes a esta hora. La única, cierta y terrible explicación es que debía ser sábado. No hay cátedra ni estructuralismo los sábados. ‘Si mis alumnos me vieran…’ me dije, devolviéndome a la pasividad del capullo que tengo por casa.
El espejo de la entrada me dio la bienvenida. Acusó la falta de aseo y la forma poco agraciada de mi cuerpo. Tengo los brazos demasiado largos y el abdomen crecido; las mechas grasientas y mal peinadas. Con los años me he encorvado un poco también. Me llevé las manos huesudas y blancas a la cara y entre los vellos noté manchas de sol. Tiré de la piel bajo los ojos y le grité a mi reflejo ‘¡¡soy un puto Guayasamín!!’. Pero no, no lo grité. Lo pensé solamente. Me hubiera gustado gritarlo.
La súbita falta de algo qué hacer devolvió a mi mente el recuerdo de esa que ya no está. Me parecía verla en alguno de los muchos espejos que hay en esta casa. Intenté recordar cómo la conocí, pero los recuerdos se aniquilaban cuando me acercaba a ellos. Por momentos la imaginé sentada en el último asiento de la sala, en la facultad, mientras daba una clase sobre métrica que sabía que a nadie le importaba. Pero a ella sí. Tomaba notas y miraba con atención. De pronto se me cruzó la Ulrica de Borges y mi mente se situó en aquella clase en la que me quedé en blanco, sin saber si hablaba de Ulrikke o de ella. El salón era oscuro e inmenso. Una luz intensa caía sobre mí y comenzaba a devorar,la escena. Me quedé tieso, sosteniendo el libro en una mano e intentando balbucear un nombre.
Entonces chocó conmigo en medio de una multitud. Debajo (tal vez detrás) de la luz se veían las calles grises del centro como en una foto que comienza a decolorarse. Me miró con sus ojos enormes y llenos de un azul acuoso y brillante. No hablamos. Nos besamos e hicimos el amor entre la gente. Caminamos de la mano desnudos por las calles del hastío, como Adán y Eva refundando la humanidad en el infierno. Su mano se sentía cálida.
Repasé sus cartas una tras otra. Me fijé en su escritura, en las manchas del papel, en los borrones, en el olor. No había nada esotérico en esas cartas, sólo un vestigio de algo olvidado. Revisé sus fotos que conozco de memoria. Esa donde sale con su hermana y la otra que la muestra a ella sobre los paisajes de su tierra polar, tan distante y distinta y tan igual. Estaba toda ahí en esas fotos, cada detalle de su cara, cada color y surco y relieve. Pero acá no hay nadie. O sí, estoy yo y mis brazos largos, mientras Chopin se pliega en mis oídos.
Quise ver las fotos que sacamos juntos pero no las pude encontrar. Creo que las perdí todas. ¡Teníamos tantas fotos! Compré una cámara cuando se vino a vivir conmigo. Es increíble como puedo ser tan descuidado y no haber hecho copias. Qué tonto soy. Ahora apenas me queda un puñado y en todas sale ella sola. No importa. Es ella la que me interesa. Para verme a mi mismo tengo espejos en toda la casa. Como el de mi recámara que doy vuelta por las noches para poder dormir.
El opus 48 parece arrastrarme de vuelta de mis recuerdos. He pasado todo el día tratando de ensamblar la memoria. Son ya las once de la noche y Chopin languidece desde la vieja radio. Pronto acabará.
Todo lo que fui, soy y seré pareció tener sentido cuando ella llegó. Creí entender cada aspecto de mi ser, por extraño que fuera. Incluso me pareció entender mis brazos largos y mis proporciones poco agraciadas, cuya fealdad desaparecía bajo su belleza. Entendí las miserias, los llantos, la locura de toda una vida. Se lo hice saber (quizás ese fue mi error) y le juré todas aquellas cosas que los mortales pueden jurar.
Estuve cerca de una hora en la tina. Trataba por momentos de ahogar la memoria y olvidar todo lo que tanto trabajo me costó recordar. A medio secar, me instalé en mi sillón de lectura y me dejé llevar por la música. Leí las entradas de mi diario con la horrible certeza de los hechos. El día que comencé el tratamiento fue también el último día que la ví. Después esperé en vano que apareciera. Me levantaba a la hora que ella se levantaba pero no estaba por ningún lado. La buscaba en los lugares que ella frecuentaba pero tampoco estaba ahí. Al cabo de unas semanas dejé de buscarla y simplemente asumí que no la vería más. El opus 55 parece decir que las únicas certezas posibles son las dudas.

Cuando la música terminó, un suave golpeteo se sintió en la ventana.

Lee también: Cuento: Muy Matrera

Ve: Arte Visual: Cristian Pino

 

Cristian Pino

Santiago, Chile (1982)

zombie

 Como Amar Azul, yo tomo vino y cerveza. Hago clases. Leo, leo, leo. Escribo compulsivamente pero no muy bien. Tengo algunos gatos o algunos gatos me tienen a mí. Ya pasé los treinta y por lo mismo no importa demasiado.

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