Cuento: Cristian Geisse

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…estábamos viendo la novela con mi hermana y de pronto apareció. Afuera estaba oscuro y lo vimos ahí en la ventana. Miró fijo para adentro. Es negro, chico, tiene la cabeza cuadrada y los ojos grandes…

…nos pusimos a gritar y se fue…

…a mi tía le aparecen unas marcas en los brazos, ella dice que es un duende negro que la persigue desde que es chica. Todos pensaban que estaba loca hasta que un día nos mostró los brazos y vimos cómo le empezaban a aparecer unas rayas rojas, como si un animal le estuviera pasando las garras. Algunas sangraban, poquito, pero sangraban. Yo creo que es él, el hijo de la muerta…

…dicen que lo vieron de nuevo en la casa quemada. Y lo vieron con ella de la mano…

*

Ya no me hago muchas preguntas sobre nada. Al principio sí. No entendía las cosas de esta tierra, así es que me rebuscaba mucho. Me cuesta entender la forma cómo se engendran y también cómo se destruyen los espíritus de donde sale todo. Sé algunas cosas y desconozco las más. Sé cómo nací, pero no sé cómo voy a morir. Quizás nunca muera, cómo saberlo.

Nací hace muchos años, en el campo, en el campo mismo, en esos pueblitos feos y deslucidos, donde todo parece tan tranquilo, pero donde hay tanta mala leche, tanta cosa turbia, tanta cosa rancia. Es increíble cómo la gente vive con miedo siempre, cómo están de acostumbrados, cómo de un momento a otro se desesperan y hacen que todo reviente.

Seres como yo nacen cuando alguien se decide y acepta que tiene algo oscuro en el corazón y comienza a envenenarlo todo hasta obtener lo que desea. Cuando dan el primer paso hacia el portezuelo y traspasan el límite. Casi sin darse cuenta están al otro lado, sin poder volver por más que quieran. La maldad. Entonces hacen el pacto, invocan, y engendran. Engendran seres como yo.

En este caso, el finado Lucho quería plata. Y quizás lo que quería no era plata, sino dejar de sentirse humillado, tomar el lugar de macho alfa que consideraba era su lugar por derecho propio. Entonces habló con el brujo Ponce.

*

Me voy a morir dentro de poco, ya lo tengo asumido. Cumplí hace poco los doce, pero no soy tonta. Mi mamá cree que porque una es chica no se va a dar cuenta de que esto no tiene vuelta. La tonta es ella que me hizo ir al iriólogo, que me ha llevado donde las meicas, que quería que tomara mi propio pichí todas las mañanas. Menos mal que ya se aburrió y me dejó en paz. En el hospital le dijeron que lo mejor era tenerme en la casa, que era cosa de tiempo, que no había nada que hacer. Yo lo escuché clarito desde la camilla mientras ellos hablaban al otro lado de la cortina: lo siento mucho, pero… y el llanto de mi madre.

Mi mamá me dijo que había que rezar. Ha pasado el tiempo y yo no me muero, pero sigo empeorando. Igual para mí es mejor estar acá que en un hospital. Y eso que Toro Muerto es feo, pura tierra, puro polvo, nunca llueve, aunque siempre está nublado. Y tiene ese relave gigante ahí en el centro del pueblo, queriendo comernos. Hay días en que se levanta un viento gris que arma remolinos, que se mete en las casas, como si fuera el dueño de todo, dejando plomas las cortinas y los muebles, haciendo gris a la gente. Es todo horrible, todo seco, todo triste. De cualquier forma mucho mejor que el hospital y los tubos y los que se mueren.

Hay días en que simplemente quiero que todo termine. El dolor, los ahogos, esa cosa horrible en el pecho que siento algunas noches, y lo peor: esas explosiones de colores brillantes que me llenan la cabeza de dolor hasta hacerme desmayar. Para qué hablar cuando me dan las arcadas y salta el vómito. También de las veces en que me hago caca y amanezco toda embarrada. Los remedios ayudan, pero no pueden con la pena que siento, sobre todo porque ella no quiere aceptarlo y se va a quedar tan sola cuando yo ya no esté.

*

Antes siempre había un brujo Ponce por ahí; uno que sabía lo que los otros no sabían. Ahora ya es distinto, pero entonces sí. Y el brujo Ponce le dijo: cría desde chiquita una gallina negra hasta que te dé los primeros huevos, esos que salen con sangre. Entonces entiérralos, di esta oración, riega el lugar donde lo enterraste con la sangre de la misma gallina y espera, espera. Siguió sus instrucciones y así me empecé a incubar yo, como una larva oscura en medio del frío, como un pequeño tumor en el alma de un incauto.

El viejo Lucho me alimentaba de plomo y yo cagaba oro. Pequeñas piedras, pero a veces muchas. Con paciencia podría haber juntado una fortuna. Me tenía encerrado en una caja, en una bodega llena de ratas y de moscas. Crecí ahí, en lo oscuro, adivinando lo que era el sol, sintiendo el miedo, el asco y la rabia de los guarenes, el mecanismo oscuro de los ácaros, el frenesí demente de los gusanos. Crecí ahí, en lo húmedo, alimentándome de todo eso. Del odio que le empezaron a agarrar en el pueblo al Finao Lucho. De los ataques de rabia que le daban. De las pesadillas que tenía. Sobre todo del asco y del miedo que sentía cuando se acercaba a la bodega donde estaba mi caja y donde me echaba virutas y astillas de metal. El muy tonto: yo no necesitaba nada de eso, su miedo y su odio eran suficientes.

*

Yo le contaría a mi mamá el plan que tengo para seguir aquí después que muera, pero me da lata, porque creo que no va a entender nada, porque creo que  va a sentir más lástima por lo tonto que suena. Pero no es nada tonto, yo lo sé. Lo que voy a hacer para seguir viviendo después de muerta es inventar una leyenda, una historia de esas que no se saben si son ciertas o falsas, pero que se empiezan a transmitir de persona a persona y que duran años, hasta siglos. Así como la Llorona. O la Novia del Camino. O el lagarto sin ojos. Las personas que las inventaron murieron hace mucho, pero algo de ellas queda todavía porque esas historias siguen ahí. Así voy a permanecer yo también en esta tierra aunque ya no esté aquí. Nadie tiene que saber que la historia la inventé yo, si no, no van a creerla, pero ya tengo pensada de qué se va a tratar. Y la van a creer porque está basada en una cosa real, en algo que le pasó a la vecina.

*

No sé hasta qué punto alcanzó el finao Lucho conseguir lo que deseaba. Llegó a tener plata, pero nunca dejó de sentirse humillado. Murió mal. Lo mataron unos borrachos que no querían dejar de tomar y que llegaron a golpearle la puerta de la botillería una madrugada. Él los echó y ellos lo mataron. Sin ver nada yo me di cuenta, porque uno siente esas cosas. Los forcejeos. Los golpes. Las cuchilladas. El abismo. El terror de lo que ya no tiene vuelta. El pavor del que entiende que va a morir. Las muertes violentas, las muertes llenas de miedo, de rabia, de horror, son las mejores. Sentí como su alma entraba al infierno y me puse contento, porque iba a ser libre. Entonces rasguñé la caja hasta que se me metieron astillas dentro de las uñas y pude salir. Sentí como crujían mis pupilas abriéndose. Y el aire rajándome el pecho como un cuchillo oxidado. Los muslos palpitando. El filo de las rodillas y el frío en las plantas de mis pies. Nunca nadie va a volver a tenerme en una jaula, me dije, ahora soy libre, el pacto terminó, soy dueño de mí mismo. Y salí de ahí para siempre.

*

Las paredes son tan delgadas que yo escuchaba todo lo que decían ahí al lado. Estás rara, había empezado él. Hace rato que estás rara. No me hablas ni me quieres como antes. Me estoy aburriendo, decía él. Quiero terminar, le dijo él. Ella le hizo jurar que si le contaba lo que le pasaba no la iba a dejar. Él juró. Ella lloraba, lloraba de miedo y vergüenza. Le contó que hace algunos meses después de que habían hecho el amor había quedado embarazada. Pero no alcanzó a decirle nada a él. Tenía miedo. Su mamá se dio cuenta, ella no sabía cómo, pero se había dado cuenta. Le pegó y la obligó a ir a La Serena y abortar. Por eso andaba rara desde hace tiempo. Él se quedó callado. Ella lloraba. A pesar de que había jurado, se terminó haciendo el tonto. Nunca más volvió. Yo la escuchaba llorar siempre. A veces lo insultaba, aunque no estaba. Nunca más voy a creerle a nadie, nunca más, repetía.

*

Después de años de viajar llegué a Toro Muerto. Vivo en esta casa que está ardiendo desde hace años. La mayoría de la gente no es capaz de darse cuenta, pero en este pueblo hay un fuego que arde con rabia y que no se va a apagar nunca. Aquí me puse a vivir después de mucho tiempo de andar de acá para allá, sin rumbo fijo. Digamos que me trajo el olor, el olor a podrido. Este pueblo está maldito, todos tienen una yaya; por una u otra razón, todos tienen miedo y tienen el alma descompuesta ¿qué lugar mejor para un pequeño demonio como yo? En esta casa mataron al Colorado, lo atravesaron a puñaladas, después le tiraron la cómoda en la cabeza, y siguieron apuñalándolo. ¿Quién fue? Lo más seguro es que haya sido su hija, esa tetona a la que se violaba desde que era chica. Lo hacía cada vez que se curaba. Y con el tiempo se curaba cada vez más seguido. Pudo ser ella, pudo ser también el socio ese al que se cagó con la plata y más encima con la señora. El viejo era malo, era cosa de tiempo para que algo así le pasara. Y entonces le prendieron fuego a la casa, para que no quedaran huellas. Y se quemaron también dos casas más, pero solo ésta sigue quemándose después de años, este fuego se va a quedar aquí por mucho tiempo. Yo escucho al Colorado; el tonto todavía no entiende nada, no se da cuenta de que está muerto. Y sigo viéndolo ahí botado, quemándose. A veces lo veo caminando, tratando de afirmarse de las cortinas, o de las cosas que se queman, tropezando, cayéndose, gritando con esos gritos callados, esos gritos callados que escucho igual. Me gusta verlo así confundido, atormentado. Cuando empieza la cosa puedo sentir una reverberación, un sonido fuerte que me quema los oídos. Entonces me preparo para pasar un rato de aquéllos: me quedo viéndolo ahí desconcertado, sufriendo; no sabe muy bien qué es lo que le está pasando, habla solo, se cae, grita, tiene miedo. Cree que sigue vivo. Yo sonrío y siento cómo me brillan los ojos del gusto.

*

Ella nunca dejó de llorar. Pobrecita. Y él nunca volvió.

Después se fueron, se cambiaron de casa a otro pueblo, o eso fue lo que me dijo mi mamá cuando le pregunté. A veces pienso que quizás fue por mi culpa, para no escuchar mis gritos y mis arcadas y mi vómito. Los entiendo, qué se le va a hacer. Si hubieran tenido un poco de paciencia, no habrían tenido que preocuparse más, porque me queda tan poco.

Pero como dije, tengo un plan para permanecer en este mundo.

Sucede que hay una mancha de humedad en una esquina de esta pieza. A veces, cuando despierto en medio de la noche, la luz del poste de la calle traspasa la cortina y se ve como si fuera un duende, un duende negro y feo. Pero es una mancha. No sé por qué, pero a pesar de que mira con odio, a mí me parece que no es malo. Ahí está ahora mismo, en el rincón, mirándome. Entonces se me ocurrió esto: quiero inventar que la guagua que abortó esa niña anda por ahí, buscando a su mamá; que es un ánima que quedó perdida cuando se fueron, quedó huachita –huachito, porque es niño. Es un niño negro y flaco, como la mancha de mi pared. Mira fijo, con los ojos grandes de curiosidad. Y se asoma por las ventanas, y recorre Toro Muerto, buscando a su madre.

El problema es cómo hago para que empiece a correr la historia, porque estoy sola y nadie me viene ver

*

Sucede también que me aburro, y prefiero ir a dar vueltas, a mirar por las casas de este pueblo de mierda.  El último tiempo me he puesto a mirar a una niña muy linda que se va a morir dentro de poco y que vive acá al frente. Quizás la mamá se hace la tonta, pero es fácil saber que el agua está envenenada en este pueblo muerto. La madre es una histérica; en una de esas sin saberlo quiere que se muera, todavía no me queda muy claro. En las noches llora, pero tampoco puedo saber muy bien por qué, si es porque está envenenando a su hija, o si es porque se le va a morir. Y yo veo cómo su hija se acerca al túnel, o cómo el túnel se acerca a ella.

Por alguna razón la niña me cae bien, quizás porque dice que no tiene miedo de morir, aunque en realidad está aterrada. Irradia algo bello, afilado, oscuro, que combina muy bien con toda esta mierda. Sé lo que quiere hacer, sé que inventó una historia para vivir por siempre, lástima que no sabe a quién contársela para que empiecen a hacerla correr. Nadie los viene a ver nunca, excepto el lacho de la mamá, que es un viejo flaco y negro, bueno para el trago y bueno para nada. Sé algunas cosas, sé algunas cosas de él y de otros; no me cuesta mucho presentirlas claramente en ciertos corazones. Cuando los corazones están totalmente podridos, o perdidos del todo, puedo ver algunas cosas muy bien. El viejo negro esconde algo, llega a esta casa como a esconderse ¿de qué? No lo sabía muy bien hasta que me metí en su cabeza y entendí que es todo chueco y siente miedo de que lo pillen o de que se venguen. Esa es una cosa que puedo hacer. Me pongo en la sombra y me encojo hasta que nadie pueda a verme. Sólo debo ser paciente y esperar la oportunidad para pegarme a la mugre de los zapatos del que busco. Entonces subo cosquilleando por las piernas, bien agarrado de los bordes de las escamas de piel, desprendiéndolas, dejándolas caer. Me muevo con gozo dentro de la ropa, entre los diminutos parásitos que le chupan ávidos el pellejo. A veces son viajes largos que disfruto mucho, estirando el tiempo, sobre todo cuando los poros exudan miedo y odio, que es casi siempre. El miedo y el odio me embriagan y subir por la piel de un hombre con el alma a medio podrir es para mí un paseo lleno de deleites. Los imperceptibles zarpullidos, o bien los surcos, hendiduras y grietas, son parajes vastos y complejos, de una belleza infernal. Las adiposidades, los hematomas, el brote de una cicatriz: paisajes deleitosos.  Suelo refugiarme en la oscuridad de los pliegues cerca de las axilas, después me monto en las arrugas del cuello, me deslizo por los retorcidos y oleaginosos canalones de las orejas y entro, entro a mirar su interior envenenado, no sin antes lamer y luego masticar las aciduladas costras del tímpano.

Entonces lo voy a hacer otra vez, voy a entrar en su cabeza, en la cabeza del viejo negro, y voy a ponerme a hablar, a decirle cosas para confundirlo más, para que haga lo que yo quiera. Pero todavía no, hay que ser pacientes; ya llegará la hora y se me ocurrirá qué decir.

*

El tiempo pasa y yo estoy peor. El problema es cómo hago para que empiece a correr la historia, porque estoy sola y nadie me viene ver. Estoy tan sola y nadie me viene a ver nunca. Veo a mi madre y ella tampoco mejora. Sé que en esta casa pasan cosas mientras duermo. Pienso que alguien viene y visita a mi madre, pero mi madre no quiere que yo lo sepa. No estoy muy segura de que esas visitas le hagan bien. Está pálida y ojerosa. Tampoco huele bien. Cada día está más triste y creo que ya empieza a odiarme. No me habla mucho y cada vez viene menos a la pieza. A veces siento una pena tan grande que creo que me voy a morir de la pena y no de enfermedad. Ya estoy empezando a desear morirme sin permanecer, sin quedarme de ninguna manera, ni siquiera por haber inventado una historia que todos conozcan y que me ayude a seguir entre la gente

*

Esto lo hago por ayudarla a ella, para ver cómo logra vivir después de su muerte, para ver si usamos al viejo malo para que haga correr la historia. Estando dentro de su cabeza la bulla sorda me llena los sesos. El viejo está bien podrido, pero va a vivir mucho, porque es de cuero duro.  Mandó a matar a su socio para quedarse con la plata. Esa es una cosa muy frecuente en estos pagos. Tiene una mujer en La Serena. No quiere a ninguno de sus dos hijos. No quiere a nadie. Quizás porque su padre era alcohólico y le pegaba. Quizás porque una vez vio a su madre en su propia cama culiando con uno que no era su padre y nunca se atrevió a decirle a nadie. Yo veo esa imagen: sobre la cama los dos, a medio empelotar, retorciéndose. Ella gimiendo falsamente para calentarlo, él lanzando bufidos breves, como cumpliendo una tarea pesada que hay que hacer porque sí. Y él, de muchacho ahí, lo suficientemente grande y vivo como para entender lo que están haciendo. Ahora ya es mayor y se viene a comer a esta pobre mujer, sólo porque entendió que hay que ser malo y ganarles a todos, aunque haya que cagárselos a todos. Entonces le miente, diciéndole que la va a ayudar cuando le llegue una plata grande que está esperando. Lo hace para darle la ilusión de que la quiere, pero el hombre no siente nada, y esa plata no va a llegar nunca, por lo menos a ella, porque pronto quiere arrancarse con el sueldo de más de treinta trabajadores. Por ahora le gusta tomar con la mujer. Toma pisco y fuma como condenado. Después, si no está muy borracho, se la mete. De hecho, le gusta metérselo de la misma manera en la que vio que se la metían a su madre.

He pensado que por ahora, quizás sea él el único capaz de escuchar la historia de la niña, pero no sé cómo lograr que llegue a hacerlo. No puedo hacer que traiga a sus hijos. No puedo hacer que él se encariñe con ella, o le ponga atención. De hecho cuando viene, la mamá duerme a la niña con pastillas y cierra bien la puerta para que no sienta nada. Al otro día amanece con la mierda hasta el cuello, pero aun así la madre lo prefiere de ese modo. El hombre sabe que la niña existe, pero ni siquiera pregunta por ella. O pregunta muy poco, de manera tal que no se vuelva un tema para la mujer. Nunca la ha visto, de hecho. He pensado que quizás pueda hacer que un día se la viole y la mate, para que siempre hablen de ella en este pueblo de mierda, y así no se muera del todo, como ella quiere. Eso sucede: la gente se revuelca en la morbosidad, le gustan esas historias sucias, se engolosinan con ellas y las terminan exagerando. Tal vez sea para no olvidarse de ellas. Tal vez sea porque están todos enfermos y sienten fascinación por la maldad.  Creo entonces que puedo conseguir que ocurra un escándalo grande, un veneno oscuro, de esos que son tan buenos para el alma. En una de esas la niña queda igual de confundida como el Colorado; muerta, pero sin darse cuenta, y yo la convierto en mi mascota. Sería bueno, los niños sufren tanto, su tormento es más precioso que el de los adultos, es mucho más sabroso, más nutricio para los que son como yo. Además, así me pagaría el favor que le estoy haciendo.

*

…esta historia es vieja…

…dicen que el niño negro que se aparece es el hijo de la niña enferma que vivía al frente de la casa quemada…

…la niña tenía cáncer a los huesos, o no sé qué enfermedad; era un esqueleto andante, ya no tenía pelo, la frente redonda, los ojos hundidos, la boca grande, de dientes largos, casi transparentes…

…algunos vecinos más antiguos dicen que las últimas veces, cuando la sacaban para llevarla al hospital, cojeaba feo, moviendo los brazos como un pájaro envenenado…

…aullaba de dolor en la noche, unos llantos largos, unos gritos de niña…

…los que vivían al lado escuchaban unas arcadas fuertes que los hicieron salir cascando de ahí…

…se fueron de Toro Muerto y nunca más volvieron; mientras ella estuvo enferma, nadie quiso irse a vivir a la casa que ellos abandonaron, precisamente por los gritos terribles que se escuchaban…

…dicen que una noche se empezaron a escuchar otro tipo de gritos….

…fue un viejo negro visitaba a la mamá…

…era su lacho, un contratista flaco que llegaba en una camioneta grande; era largo el viejo, tanto que tenía que agacharse cuando le abrían la puerta y entraba en la casa. De ahí salía la mujer a cada rato a comprarle pisco y cigarros. Cada vez que salía la mujer, iba más curada, de lado a lado, afirmándose de las paredes. Dicen que el hombre ése, negro, largo, flaco, la emborrachaba hasta dejarla dormida…

…una noche se violó a la hija…

…la mamá lo pilló, pero como estaba borracha en vez de ensañarse con el viejo negro, le pegó a la niña hasta que la mató…

…el viejo negro desapareció, se escapó y no se lo vio más. No falta el que dice que en realidad era el diablo…

…la mamá quedó en el infierno, en el infierno que está acá mismo eso sí: en la cana, con ganas de no haber nacido nunca…

…antes de morir el hombre la alcanzó a preñar.a la niña, y el hijo siguió creciendo en el vientre del cadáver…

…dicen que nueve meses después, cerca de la tumba de la niña se vieron unas huellas chiquititas, unos piecitos de guagua que salían de ahí mismo…

…dicen que es negro como el viejo que se violaba a la niña; ahora se pasea por ahí, mirando por las ventanas, buscando a su madre muerta…

…dicen que es fácil verlo en la casa del frente, donde vivían antes de que pasara la tragedia…

…no es broma, dicen que a veces se lo ve, moviéndose con la velocidad de los lagartos; hay unos que lo han visto sonriendo, con su madre de la mano, recorriendo la casa…

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Cristian Geisse

(Vicuña, Chile 1977)

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Licenciado en Letras por la Pontificia Universidad Católica de Santiago de Chile, magíster en Literatura por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y responsable de un proyecto ganador de un Fondo del Libro (Chile) mediante el cual publicó una colección de tres libros que reúnen parte importante de la obra de Alfonso Alcalde. Ha publicado también sus libros de cuentos: “En el regazo de belcebú”(Ed. Perro de puerto 2011) , El infierno de los payasos”(Ed. Altazor 2013),”Ñache” (Bordelibre ediciones, 2015) y su primera novela “Ricardo Nixon School” (Emecé , 2016).

8 Comments Add yours

  1. Increíble me ha gustado tu blog, buen tema buen gusto sigue así.

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    1. Muchas gracias y sigue leyendonos!

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