Cuento: Oscar Luna Osorio


MEDIANOCHE

              Las horas se volvieron silentes e incorpóreas frente a tu retrato, el pulsar de este añejado errante se volvió más denso y presuroso. La roca desnuda fue mi manta en aquella lánguida mañana con la ventisca que venía del sur poniente. Aquel riachuelo cesó su marchar y se secó por completo, y la escasa vida que proveía a los animales que bebían sus aguas, se evaporó con el sol de octubre. Si tus ojos fueron una vez faros que iluminaban la pesada y fría noche de invierno, hoy no son más que territorios abandonados en unas ruinas sin nombre en la cumbre de aquella colina ficticia. Atrapado en las horas que dividen la noche y el comienzo de un nuevo día, los segundos se vuelven carceleros de una frontera inexorable, no pertenezco ni al día o a la noche, mi patria me fue arrebatada en un instante que vuelve una y otra vez a mis recuerdos y que esparce fragmentos del pasado en este momento. Dejé de pertenecer a la muchedumbre danzante al son del crepitar de las horas y minutos, pasé a ser un reflejo de vida, una proyección de algo que dejó de ser, una apariencia, una difusa sombra en la conciencia y me volví una penumbra en la brisa del alba. Ambos reinos reclaman mi presencia y luchan entre sí para ajusticiar lo que aparenta ser mi alma y ejercer soberanía por sobre la llama que se extingue con el correr de los días. La noche y el día, como extremos opuestos, plantearon sus argumentos para expropiar mi ser de este cuerpo fatigado. Ni la luz ni las sombras me convencen, y aquí me encuentro en los parajes contiguos del límite entre el fuego y la oscuridad, sin pertenecer a ninguno.

 

 

 

CRONOLOGÍA DE UN VIAJE

              La madrugada me recibe con su pálido azul y mis manos tiemblan con la brisa del nuevo día al querer sentir el frescor que recorre mis dedos. Intenté respirar y tragué una bocanada de aire que llenó mis pulmones hasta agotar el último espacio dentro de ellos. Caminé hacia el comedor donde me esperaba mi boleto de salida y lo contemplé por unos segundos intentando comprender lo que se avecinaba. En mi mente se concentraron dos ideas totalmente opuestas pero dependientes entre sí. Algunos decían que este era un acto de cobardía, que era rendirse y dejar de luchar y arrodillarse frente a la negritud eterna. Otros, en cambio, son partidarios de la hazaña que significa tomar una decisión con consecuencias ramificadas a todos los seres que te rodean. Asimismo, en mi cabeza yo no tomaba partido por ninguna de esas dos posturas, sólo me encontraba en un estado de abstracción en el que el nihilismo se convirtió en mi centro de fuerza interior. Así que luego de sopesar un momento aquella invitación a iniciar el tan anhelado viaje sin retorno, decidí abordar aquel vagón surrealista. Entonces, sin mayor preámbulo, busqué un punto firme en el techo y me subí. Luego de unos segundos, el aire se hizo más pesado y el tiempo pareció detenerse. Es interesante lo que pasó por mi cabeza en esos últimos momentos, sólo podía pensar en aquellas cartas que dejé sobre el escritorio de mármol, aquellos escritos estaban dedicados a mis seres queridos en los que intentaba- a mi modo- invitarlos a percibir el mundo como yo lo vivía y sentía. No les pedía perdón ni nada por el estilo, sólo buscaba algo parecido a la empatía. Esta era MI decisión y esperaba que los demás vieran eso luego de que lograran descifrar las palabras que les destiné a cada uno de los míos. Cuando el oxígeno estaba a punto de hacer su retirada una lágrima brotó de mis ojos cansados, yo creo que aquella ínfima porción del mar que me estaba ahogando surgió como un reflejo rebelde de la vida que me abandonaba es ese preciso instante, esa lágrima simbolizaba la inconmensurable amalgama de emociones que surgirían luego de este viaje que había emprendido.

 

 

 

LA RARA

              Mírala allí como se desliza entre la gente con su andar preocupado. Cada vez que debe pasar entre un grupo de personas, pide permiso con una voz humilde. Como si el permiso fuera algo obligatorio. Miren todos a la rara que se pasea entre la muchedumbre capitalina y que esquiva los hombros de los demás. Rara mujer de mirada sumisa, su voz se quiebra al exigir sus derechos. Una y otra vez recibe empujones y golpes de los viajeros apilados unos sobre otros en los vagones que avanzan saturados de jaurías de terno y corbata y de bandadas de vestidos coloridos. Una vez, la rara se puso de pie para ceder su asiento a un anciano que lucía una fisionomía agotada por el turno extenuante que acababa de terminar. Claramente las personas que la rodeaban le regalaron su desprecio por tal fechoría realizada. Otro día, se le vio tomar de la mano a un ciego para ayudarlo a cruzar la calle, a la rara le gustaba perpetrar tamañas jugarretas. Por suerte, ya pasadas varias tardes de verano e invierno, la rara salió de su casa en busca de nuevos crímenes, en su camino al trabajo dobló la esquina como muchas veces lo había hecho antes y dos hombres se cruzaron frente a ella e intercambiaron unas palabras. Estos caballerosos seres le quitaron todas sus pertenencias y gentilmente acabaron con su vida, dejándola así a la intemperie y en la desolación. Benevolente fue la acción de estos 2 bienhechores pues la rara merecía el repudio de todos nosotros en este zoológico de cartón.

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Oscar Luna Osorio

(Chile, 1987)

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Oscar es por profesión profesor de inglés y amante permanente de la literatura. Como profesor, ha estudiado en Chile y Australia, país donde se enfocó en los cuentos infantiles y juveniles para la alfabetización en el idioma inglés. Respecto a la literatura, Oscar tiene especial interés en los estudios de género, algunas teorías feministas, literatura queer/gay y los estudios culturales. Además, tiene un pos título en literatura de la Universidad de Chile y está en su proceso de tesis de magíster en la misma universidad.

 

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