Cuento: Beda Estrada

El vaquero que contaba las estrellas

 

El sheriff avanzó con paso firme hacia la puerta, sus pesadas botas hacían rechinar la madera del suelo. Se ajustó el cinturón, y cruzó el umbral. El brillo exterior le hizo parpadear un par de veces, luego, levantó sus manos hacia el conglomerado humano que se hallaba afuera de la comisaría. La conversación que bullía bajo el sol caluroso del mediodía, poco a poco, comenzó a declinar hasta convertirse en un suave murmullo. El sheriff escupió la tierra arcillosa y reseca, esa fue la señal para que todos, definitivamente, callasen.  

Hombres y mujeres llevaban la cabeza cubierta con sombreros, cada cual tenía la convicción de que así evitarían que el sol les terminase achicharrando el cerebro. Pero la transpiración no la podían evitar. Las gotas de sudor corrían por sus cuellos para luego ser absorbidas por sus ropas de tosca tela.

—Habitantes de esta tierra nuestra —comenzó a decir el sheriff, alzando su voz—, los rumores que han perturbado la pacífica existencia de sus almas, pronto yo aclararé. Y, le aseguro a cada uno de ustedes —y su dedo índice se paseó por toda la audiencia— que esos rumores son una mentira, una mentira formada por una mente enferma.

—Sheriff, todos aquí presente conocemos a Samuel Reynolds, ese muchacho jamás mentiría —dijo un viejo detrás de sus bigotes espesos como una bosta de dos semanas.

—Mi esposo tiene razón —cacareó la anciana que estaba al lado del viejo que acababa de hablar.

—Puede que sea un redomado ignorante, pero es honesto y eso me consta —aportó una mujer pintarrajeada mientras las tres plumas púrpuras de su sombrero se movían al son de sus palabras y caderas.

—Lo que queremos, sheriff, es que confirme la veracidad del joven Reynolds —dijo un hombre de elevado sombrero negro.

Cada uno de los presentes movió afirmativamente la cabeza.

Los comentarios fueron aumentando en volumen hasta convertirse en un mar de agitadas olas, las que terminaban por estrellarse contra la placa que el sheriff ostentaba en el pecho.

El sheriff volvió sobre sus pasos y cerró la puerta con el taco de su bota, a pesar del calor acumulado dentro de su asfixiante oficina de reducidas dimensiones. Se desató el pañuelo que llevaba al cuello y se secó con él la frente. Resopló un par de veces antes de volver a ajustarlo en su posición original. Después, avanzó por un pasillo que terminaba en una puerta de barrotes. Aunque estaba entre penumbras, no dejaba de ser también calurosa.

El sheriff tosió y una figura se alzó desde un tablón, en donde estaba recostada.

—Samuel Reynolds, no permitiré que soliviantes al pueblo con tus excentricidades —dijo el sheriff.

El rostro de un hombre joven se acercó a la luz, dejando al descubierto unas facciones de rasgos duros, dibujadas en una piel tostada por el sol. Su barbilla estaba mal rasurada, pero su mirada era clara.   

—Sheriff, usted lee muchos libros, yo lo he visto hacerlo, estoy seguro de que me cree —dijo Samuel, aferrándose a los barrotes.

—Vamos, Samuel, tu eres un buen vaquero, un buen muchacho que cumple la ley. Tu familia ha vivido por generaciones en nuestro territorio, no vengas a contarnos más esa disparatada visión tuya.

—Pero es verdad, Sheriff, he visto nacer estrellas, incluso, las he contado. Allá arriba, hay más de las que yo siempre he visto en nuestro cielo nocturno —contestó Samuel, completamente sereno y con una simplicidad casi infantil.

—Samuel, las estrellas no nacen del suelo —contestó el sheriff, alzándose y balanceándose sobre la punta de sus botas.

—Yo las he visto, lo juro, las he visto salir de la tierra. Allá en la montaña —dijo Samuel, alzando su mano en la dirección que su orientación de vaquero le indicaba—, cierta noche, yo velaba, cuidando el ganado, cuando vi un globo de luz que centelleaba. Lo seguí con mi vista y luego, luego, otra más salió de la tierra y se alzaron hasta el cielo nocturno. Y allí quedaron brillando, acompañando a las estrellas. Noche tras noche las he visto surgir de la tierra. He contado más de veintiocho de ellas, no sé, en realidad, si son estrellas o no, pero a mí me lo parecen.

—Samuel Reynolds, muchacho, debes retractarte de esa sarta de mentira —dijo el sheriff, adoptando el tono de voz de quien espera que no se hagan más travesuras—. De lo contrario, me veré en la obligación de enviarte a la gran ciudad, y, ¿sabes lo que allí harán contigo?  

Samuel negó con la cabeza.

—Pues, te encerraran junto a locos y no podrás salir jamás. ¿Quieres eso?

Samuel volvió a negar.

—Entonces, dirás que todo lo que has visto es mentira.

Samuel, nuevamente, negó.

Samuel Reynolds estaba decidido a mantener su testimonio, aunque a él bien poco le importaba que le creyesen. Para él lo que había visto era cierto y eso le bastaba. ¿Qué culpa tenía él de que, sin querer, le contase a otro vaquero de sus visiones en la montaña? Y ese vaquero se fue con el cuento a sus viejos padres y su viejo padre se fue con el cuento a un burdel y del burdel se expandió la noticia por la mitad del pueblo, y la otra mitad se enteró por boca de la vieja madre de ese mismo vaquero que se fue con el chisme a cada una de las tiendas que encontraba a su paso.   

El sheriff se acomodó el cinturón, parecía apretarle más de lo normal; deseaba que acabase pronto el día y poder quitárselo de encima.

—Samuel, escúchame bien, dejaré la reja de la celda abierta esta noche, y la puerta trasera de la comisaría sin llave. Es mejor que te largues del pueblo. No quiero ajusticiarte por loco, ¿de acuerdo?

El vaquero no dijo nada, se limitó a volver a la oscuridad de su celda y sentarse sobre el tablón pegado a la pared.

A la caída de la noche, el sheriff cumplió su palabra. Dejó la celda abierta y la puerta de la comisaría sin llave.

Samuel Reynolds aceptó abandonar el pueblo, pero no por miedo a que lo llevasen al manicomio. Samuel Reynolds era un vaquero, su caballo era su compañía y las montañas su hogar, y en aquel hogar podía contar sus estrellas como una manada que debía vigilar. Montó su caballo que lo esperaba amarrado a un poste cercano a la comisaría. El pueblo estaba en silencio, solo se oyó el correr de los cascos de un caballo.

Pronto, la llanura y el suave contorno de las montañas se extendían ante la vista extasiada de Samuel Reynolds. El encierro le había cantado las bondades que estaban más allá de los barrotes y, en aquel instante, el veía que eran ciertas.

Samuel Reynolds desmontó y dejó que el caballo abrevase en un escuálido riachuelo. Un par de coyotes, aullando, se comunicaban a través del difuminado horizonte.

El vaquero se quitó el sombrero, alzó su vista al cielo y, allí estaban, tal cual él las había dejado la última vez, ni una más ni una menos. “Quizás hoy vea nacer otra…”, Samuel Reynolds había comenzado a pensar, cuando oyó un disparo antes de caer al suelo. Detrás de él, apareció el revólver que sostenía la mano del sheriff, aún emitía un hilillo de humo.

El sheriff se quitó el pañuelo y limpió con él el arma mientras un brillo, surgido de la tierra, se reflejaba en el metal del arma y en la placa de su autoridad.   

El sheriff no iba a permitir que se viera perturbada la paz de su pueblo. 

 

 Lee también: Cuento: Cristian Geisse

Cuento: Oscar Osorio Luna

Convocatoria Primer semestre 2017

 

 

Beda Estrada (Chile, 1979)

 fotobedaestrada

Beda nació en Tomé, VIII Región de Chile. En dicha ciudad costera cursó sus estudios de primaria y secundaria. Estudió Dibujo y Proyecto en la Universidad Federico Santa María, Sede Talcahuano, Chile. En el año 2001 ingresó en el Monasterio Benedictino de Las Condes, en donde reside actualmente y desde donde han volado al espacio literario novelas, cuentos y cómics.

3 Comments Add yours

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s