Cuento: Hernán Jorquera

Disfraces

        Me conocían como Caperucita roja. Vivía en la entrada de un vasto bosque con mi madre, quien me regaló la caperuza y, entre los mil y un defectos que ella tenía, me obligaba a usarla y nunca debía sacármela porque estaba hecha de tela importada, por lo mismo, valía mis dos riñones. Bajo la caperuza que me llegaba hasta medio muslo, usaba mi querida blusa negra. Bajo ella emergían mis pantalones ajustados azules y mis zapatillas de lona. Mi otro familiar vivo era mi abuela, mi adorable abuelita, sólo ella en este mundo me importaba un bledo. Sin embargo la artritis y el colesterol la habían convertido en un despojo humano orgulloso y, en su soberbia ridícula, no aceptaba ningún tipo de ayuda. Mi madre, por supuesto, hacía la actuación de preocuparse, mas en sus pensamientos sólo cabían frivolidades. Una triste realidad.

                 Ese día mi abuelita tuvo que sentirse de verdad mal como para hacer lo que hizo. Llamó a casa diciendo “estoy enferma”. Mi madre, que contestó mientras se pintaba las uñas, le respondió con indiferencia despreciable que me enviaría hasta su casa con un pastel y unas aspirinas. ¿Por qué no le manda un médico?— pensé haciendo rechinar mis dientes. El asunto es que ni siquiera se tomó la molestia de hacerlo, me mandó a comprar uno. Tampoco había aspirinas, tuve que comprarlas con mi dinero porque me dio sólo para el pastel. Armé el paquete con las cosas y lo puse en una cesta de mimbre que cubrí con un mantel blanco que me entregó mi madre. Me veía idéntica a la novicia rebelde.

— Vuelve temprano — me advirtió poniéndose unas botas — los milicos te llevan en el furgón sin asco si te pasas de la hora del toque de queda.

        El camino bullía de senderos que conducían a cualquier parte y otros a ninguna. Sabía que ante alguna bifurcación siempre debía tomar el camino de la derecha, o caso contrario podía encontrar algún peligro o irreductiblemente perderme. El trayecto no mostraba ningún cambio: los contenedores de basura estaban desparramados por el suelo, ratas y perros hurgueteaban esos contenedores buscando algo que comer, restos de papeles pululaban por las veredas, grafitis de aerosol o navaja herían las paredes con consignas contestatarias. En una de esas bifurcaciones estaba él, amparado bajo una sombra en una esquina.

— ¡Buen día, Caperucita! ¿Qué haces tan sola por aquí?

        Me dejó perpleja la familiaridad con la que me habló. Despacio se me acercó. Se trataba de un lobo tan apuesto que de inmediato me zapateó el corazón. Parecía un rockero: usaba una chaqueta de cuero negra con capucha, unos pantalones rojos similares a los míos y unas zapatillas Converse. Sus bigotes caían largos y curvos, brillaban con la luz que traspasaba por entre los árboles y, sobre ellos, una nariz redonda y bermellón contrastaba con la profundidad de sus ojos verdes, tan verdes como un cogollo tierno de marihuana.

— ¿Cómo conoces mi nombre?

— Todo el mundo ha oído hablar de Caperucita, y ahora que te veo me resultas más interesante.

— Déjame en paz, tengo que ir a la casa de mi abuelita que se encuentra muy enferma.

— ¿Y dónde vive tu abuelita?

— Eso no te interesa. Lo siento, debo irme.

        Doblé a la derecha. Mi abuelita me necesitaba. Luego de un rato me sentí muy mal por haberlo tratado así, mas que podía hacer, no solía hablar con extraños. Seguí caminando por una calle sin pavimentar, a ambos lados casas con techos de planchas de zinc sujetas por piedras grandes o ladrillos princesas me avisaban que faltaba poco para llegar a su cabaña. Llegué. Para mi sorpresa desde el interior se oía música. Mi abuelita jamás oía música, según ella, para no perturbar el canto de los gorriones.

        La puerta se hallaba entornada. La abrí por completo, entré y le grité tres veces desde el comedor. Nadie me respondió. Puse oreja: del dormitorio venía la música y una voz que por el tono parecía explicar algo importante. Tomé el atizador del fuego como arma y empujé la puerta. Asomé mi cabeza con cautela.

        Para mi perplejidad se encontraba ahí, sentado en la cama, el mismo lobo que me había topado antes usando con descaro despreciable un pijama de mi abuelita. ¿Cómo habrá hecho para llegar antes que yo?— me pregunté. A su lado estaba ella, radiante y vestida, bebiendo con fruición un vaso de jugo que parecía de naranja. Al verme ambos guardaron silencio y me sonrieron. El lobo me hizo señas para que me aproximara.

— Te esperábamos, nietecita — me habló.

        Quedé petrificada. ¿Acaso con el lobo se conocían?

— ¿Qué significa todo esto? — fue lo único que se me ocurrió preguntar.

— Es una historia muy larga — añadió el lobo — si estás dispuesta a oírla empezaré a contártela enseguida.

        Fue así como supe que el lobo pertenecía a un frente que combatía a la dictadura y luchaba por el retorno de la democracia. Mi abuelita facilitaba la casa para sus reuniones clandestinas y, de paso, ella misma se había vuelto miembro y también me enteré que no estaba enferma,  fue una farsa que inventaron para hacerme ir ese día y evitar que sospechara.

— Tu abuela me habló sobre ti, Caperucita, y me encantaría que quisieras participar de esta noble causa.

        El lobo se levantó entonces y colocó un disco de The Smiths. No podía decirle que no a aquel lobo tan apuesto y que me suponía valiente. Creo que en ese momento me enamoré de él: nunca antes tuve un novio y él tiene que ser el primero— me dije. Me explicó que se vestía con el pijama y usaba el maquillaje de mi abuelita para pasar inadvertido en sus correrías, eso lo encontré hasta tierno. Hay que hacer chirriar a la dictadura— decía muy apasionado, tal vez con algo de idealismo romántico— el pueblo jamás se rinde, tarde o temprano se sacude a los tiranos, el dictador asesinó a nuestro presidente democráticamente electo, según él salvó al país del desastre y no ha hecho más que enriquecerse a costa de nuestro sudor y lo tiene que pagar, lo tiene que pagar. Me hechizaban sus palabras, oía su voz con una fascinación tal que el mundo a mi alrededor perdía toda consistencia y toda coherencia. Acepté sin cuestionamiento alguno y desde ese día mi vida giró en torno a atentados justicieros, escapes heroicos, lágrimas ingratas, reuniones en sótanos soterrados y, por supuesto, en torno a él. Por otra parte, no dejaba de admirarme y supuse que se estaba prendando de mí. Debo esperar el momento correcto para declararme— me decía con paciencia— no apures las cosas, Caperucita, ya verás que ese momento muy pronto llegará. Ya lo verás.

        Un día, luego de una protesta que sin saber por qué se volvió en nuestra contra, en la que tuvimos que arrancar como ratas abyectas de la policía, ese momento llegó por fin.

       Estábamos solos en casa de mi abuelita. Ella había ido a realizarse un chequeo médico del cual no nos había comentado. Veíamos con el lobo una película tratando de calmar nuestros corazones aún amedrentados por el fragor del escape. De pronto se levantó y fue hasta la cocina. Al volver traía una botella de vino y dos copas. Sin mediar alguna palabra la destapó y vertió su contenido bermejo dentro de las copas. Hicimos un brindis sin dejar de mirarnos a los ojos. Yo misma me pude ver, pequeña y asustada, reflejada en su par de ojos verdes refulgentes.

— Hace mucho tiempo he querido decirte algo — dijo.

— Yo también — respondí.

        Me costaba controlar la emoción que burbujeaba en mi corazón. Y por primera vez en mi vida sentí que la libídine me dominaba. Refregaba mis piernas una contra otra tratando de apaciguar a la bestia que amenazaba con despertar. Me saqué la caperuza con el fin de disipar el calor.

— Lobo, qué ojos tan grandes tienes.

— Son para verte mejor.

— Y qué orejas tan grandes tienes.

— Son para escucharte mejor.

        Me volvían loca sus respuestas. Supuse que me decía de forma implícita, pero también perspicua, que me quería tanto como yo a él.

— Y qué manos tan grandes tienes.

— Son para tocarte mejor.

       No podía contenerme más, estaba a punto de besarlo. Comencé a temblar.

— Y … ¡Y qué boca tan grande tienes!

— Es para decirte lo que quiero decirte.

        Suave como un remo que toca el agua me lo dijo. El mundo iluso y estúpido que había construido en torno a él se desmoronó como un castillo de naipes. Entendí con claridad su preferencia por el pijama de mi abuelita, el maquillaje y bandas como Pep shop boys o The Smiths. Mi lobo de apuesto tenía lo de gay, un gay de tomo y lomo, una florcita llena de espinas, el objeto prohibido de mi deseo amoroso. ¡Qué desperdicio!

— Espero esto no cambie las cosas entre nosotros — Concluyó.

— Claro que no — respondí aún aturdida y forzando una sonrisa hipócrita.

— ¿Oyes eso? — me dijo poniéndose en alerta.

— ¿Qué cosa? — no escucho nada.

        Olvidaba la agudeza de su oído. Sólo comprendí la situación cuando derribaron la puerta de entrada de un golpe. La brigada Lautaro irrumpió zumbando como avispas, violando la paz de nuestro cuartel general. Con fuerza impelida nos agarraron y esposaron. El lobo trató de resistirse, pero unos golpes atroces lo tumbaron. En forma infame me vendaron los ojos y me llevaron dentro de un furgón lúgubre y de hálito nauseabundo quien sabe donde. Al rato sentí que me bajaban. A empujones me hicieron caminar varios pasos. Me sacaron la venda de los ojos. A mi lado vi al lobo y me alegré para mis adentros. Frente a nosotros se hallaba de pie un hombre que parecía ser el jefe del operativo.

— ¡El cazador! — dijo el lobo al verlo.

— ¿Y quien es ese? — le pregunté.

        Me explicó como pudo que el cazador era el milico más temido por los activistas y que nada podíamos hacer, que había llegado nuestro fin. El cazador nos encerró dentro de una pieza vacía, excepto por tres sillas de madera, y sin ventanas, pero con un tragaluz pequeño. Dentro de la pieza estaba mi abuelita que también había sido capturada. Nos abrazamos y dejamos fluir nuestras lágrimas. El lobo se sentó en el suelo, apoyó su espalda en una pared, bajó la cabeza y  bisbiseó algo entre dientes.

— No te preocupes — me dijo mi abuelita sonriendo — alcancé a avisar a tu madre antes de ser atrapada. Ella, con todas sus influencias y dinero, nos sacará de aquí muy pronto. La plata vale más que la libertad.

        De esto ha pasado una semana. Nadie nos interroga, nadie se acerca para torturarnos. Sólo nos tienen aquí, envueltos de incertidumbre. De pronto la puerta de la pieza se abre y entra una mujer con una caperuza igual a la mía, pero negra, acompañada de dos soldados con un fusil al hombro y con una jeringa en su mano derecha. La mujer se cuadra en posición firme, hace sonar los tacos de sus botas (usaba botas) y nos enseña la aguja de la jeringa de la cual escapan unas gotas. Con mi abuelita nos abrazamos temiendo lo peor, el lobo se levanta del suelo y se pone delante nuestro para protegernos. Los dos soldados le apuntan con sus fusiles en el acto. La mujer se quita la caperuza y sonríe. Casi me desmayo de la impresión al ver de quien se trata. En ese momento comprendo. Comprendo que ella siempre fue nuestra enemiga, que también representaba a un personaje cínico para no ser descubierta.

 

Hernán Jorquera

(Santiago, Chile 1983)

hernanjorquera

Hernán Jorquera, escritor nacido en Santiago de Chile en mil novecientos ochenta y tres. Su afición por la literatura viene desde la adolescencia. Como narrador obtuvo el primer lugar en el VI concurso de poesía y cuento corto “Gronemeyer” en Quilpué en el año 2013, mención honrosa en el concurso de cuentos de auspiciado por la Corporación de letras de Chile. También fue finalista en el concurso de microrrelatos “Valparaíso en cien palabras” versiones años 2014 y 2015. Fue finalista en el II Certamen Internacional de cuento breve Logo Ediciones, México entre otros. Cuenta con una publicación: Circo de silencio, relatos unificados por una columna vertebral editado por Ediciones Alféizar, Córdoba, España. También ha colaborado en diversos blogs y revistas electrónicas, como la revista de Minificción Brevilla , revista Cinosargo, revista Nocturnario y en con microrrelatos para la Corporación de Letras de Chile. Como poeta fue incluido en una antología de nueva poesía latinoamericana por la paz, Literaty Edition, Seattle, EE.UU.

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