Cuento: Cristian Pino

Ángel del abismo

«La noticia tiene que escribirse, no importan los detalles. Todos somos prescindibles, lo que importa es la información. El pasado ya no existe, lo que vale es lo que viene hacia adelante. El futuro, sí, el futuro es todo. La noticia es el futuro, es el reconocimiento, es el medio para surgir. La historia es buena, debe salir publicada. Nadie o casi nadie conoce el
pasado pero el futuro podrán verlo todos. Sí, es a través de la noticia. La noticia debe llegar a la revista como sea»
Dijiste todas esas cosas mientras ibas en un bus a medio destartalar hacia un pueblucho insignificante por allá donde el diablo perdió el poncho. Te mandaron de la revista a hacer tu primer reportaje en serio. Te la confiaron un poco para ayudarte, las finanzas iban mal pero tú tenías un ojo para estas cosas y tanto talento para escribir. Había que justificar un ascenso, había otros esperando lo mismo. No te pedían tanto. Anda a cubrir esa nota y escribe una historia bien hecha, usa tu capacidad para conectar con la gente. No llegaste a ser escritora pero qué importa, en la revista puedes publicar tus historias. ¿Qué diferencia hace que sean reales y no ficción? El mismo oficio. Anda, lánzate no más. Oportunidades como ésta no se dan siempre o no se dan casi nunca y ahora se te dio. Tienes que ir. Y tú con tu
cara de espanto y un pasado demasiado cierto, una mancha horrible en la memoria que venía pegoteada desde días peores a estos. Tú no querías ir a Cabras Viejas porque no ibas a conocer el pueblo como sugirió el editor, ibas de vuelta. Eras la que regresa al infierno. Y no lo hacías con armas nuevas. Pensaste que más fuerte pero ni eso. Eras la misma que volvía y
que no había querido volver a mirar ese lugar inhóspito desde donde saliste de tan mala forma. Pero ibas de todos modos en ese bus tan incómodo que salía apenas una vez por día y que te llevaría desde Puerto Montt hasta Cabras Viejas. El viaje es de varias horas pero eso
no lo sabe el editor en Santiago que se imaginaba una media hora, si por allá son todos los puebluchos tan chicos. Y eran unas cuatro horas cruzando recuerdos y arrancando las costuras de las heridas, todavía los trapos húmedos con las primeras sangres, todavía los desgarros ardiendo allá abajo en el infierno, aún esa mirada espantosa que se clavaba encima
y que no te soltaba hasta dejarte hecha un racimo de culpas y dudas. Y al principio era tan claro que no debía ser pero después ya no estabas segura porque él te lo decía. Te hablaba al oído y te decía que sabía que tú también lo disfrutabas y tú te quedabas como muerta esperando que terminara rápido y tu mente se iba e imaginaba que estaba en otro sitio. A ese
lugar es donde ibas ahora de vuelta y nadie [casi nadie] sabía por qué no querías hacerlo.

***

El primer borrador de tu historia lo arrancaste del cuaderno y fue a dar hecho pelota junto a la chimenea del hostal donde te estabas alojando. Después te levantarías para echarlo al fuego y que se llevara tus letras porque no decían nada y a la vez decían más de la cuenta: «Fue hace ya tanto en el pueblo de Cabras Viejas, allá cerca de los farellones, ahí
donde va a morir algo más que las esperanzas, donde la tierra se termina y empieza la muerte, donde algunos se lanzan y abrazan los roqueríos y encuentran un consuelo líquido para los dolores, atontados por el golpe, hundidos en la marea, arrastrados hasta el abismo, allá donde no llega casi nadie porque nada hay más que el último suspiro, ahí en la entrada del bosque donde él tenía su casa, que ocurrieron todos estos horrores que hemos querido olvidar y que se aferran como una mancha monstruosa en el espíritu»
Cerca de los farellones corre una ventisca que cala los huesos. No hay mucha vegetación salvo uno que otro arbusto temerario que se acerca al borde como invitado por una curiosidad vegetal que nosotros no podríamos entender. Más allá hay un peladero y después empieza el bosque. Justo a la entrada es donde está esa casa en la que durante
algunos años vivió un hombre.

***

Pensaste en incluir una descripción del personaje que ibas a investigar. Creíste por un rato que podrías inventarle una historia con algo de misterio, hacerlo aparecer como una cuestión diferente de la que tú sabías que era. Dijiste que la gente necesitaba héroes e historias que le dieran esperanza y no cuentos espantosos sobre monstruos ni bestias. Pero
costaba inventarlo, costaba mentirle a la niña que fuiste y que sabe que nada de lo que estabas escribiendo en esa hoja era cierto. Tu segundo borrador decía: «Se dice de él que no acostumbraba ser sociable más allá de lo necesario y que bajaba al pueblo cuando mucho una vez a la semana para hacerse de pertrechos. La gente que lo conoció cuenta que era quitado de bulla y que fuera de las compras no participaba de la vida del pueblo. Decían que era pescador pero jamás pasaba junto a los pescadores a beber al bar.
No se lo veía los domingos en misa ni los viernes entrando a la casa de putas. Nunca se metía con nadie para bien o para mal. Al parecer bajaba al pueblo los días jueves, compraba en el mercado, se llevaba un par de periódicos y desaparecía luego con el mismo misterio que arrastraba siempre. Cabras Viejas es un lugar pequeño, de apenas un centenar de habitantes y las personas se conocen, se saludan y comparten»
Creaste un fantasma que se aísla del resto y a quién es dificil llegar a conocer. Pero la noticia misma era tan diferente, el suceso noticioso no tenía relación alguna con ese tipo misterioso que estabas delineando con un cuidado único para evitar que tus recuerdos terminaran metidos en la noticia que fuiste a investigar. Porque tú sabías que era amigo del cura y que se lo veía a menudo hablando con la gente del pueblo y que a veces las mujeres le sonreían y tú también al principio pero después ya no y luego era solo mirar al suelo con tanta vergüenza y a veces con rabia y hubieras querido gritarlo pero quién te iba a creer si todos lo querían tanto y tú eras una mocosa. Además estaba el antecedente de otra chica del mismo colegio que había dicho más de la cuenta y le terminaron echando la culpa a ella, le dijeron que buscaba llamar la atención, que eso no se hacía, que estaba manchando la honra de una persona inocente. Entonces tú no querías pasar por esa humillación y quizás no había sido para tanto, a lo mejor estabas agrandando el problema.

***

El editor quería darle en el gusto a la jefa de prensa quien sostenía que era
absolutamente necesario incluir en cada número una historia humana, un texto que fuese edificante y que ayudara a otros. A ti no te parecía tan mala idea aunque ese periodismo casi de autoayuda que proponía la jefa de prensa lo encontrabas cursi y barato. Tus colegas preferían ir a investigar narcos, a reportear el mega recital de la banda de turno o a entrevistar
al intelectual de moda que venía de visita al país. El reportaje humano nadie quería escribirlo y tú pensaste que si lo hacías podrías exigir mejor condiciones, que con eso ibas a demostrar el talento que tenías y en una de esas te daban algo mejor después y el editor alimentaba tus
ambiciones e insinuaba que tal vez sí, que si el reportaje le gusta a la jefa de prensa, que si la gente habla de él en los almuerzos. Y alguien que también venía de Cabras Viejas te hizo el comentario en una conversación sobre otra cosa y te dijo como se hablaba de ese hombre maravilloso que había salvado tantas vidas. Tú no sabías muy bien de qué iba el asunto pero
tu amiga sugirió que podría ser la historia que buscabas. Entonces escribiste un resumen de lo que querías desarrollar: «El tipo vive solo junto al acantilado. Es una solitaria casa de madera en las afueras de Cabras Viejas, más allá del límite oficial del pueblo, en el borde mismo del bosque y mirando hacia el mar. El lugar era conocido desde hacía mucho porque decenas de suicidas lo habían escogido como su última morada en la tierra. Era un murallón altísimo que se cortaba abruptamente sobre un roquerío que la mar besaba de forma intermitente. Los cuerpos caían
sobre las rocas, el golpe los anestesiaba del mundo, la mar los arrastraba hacia las profundidades. Era una muerte fácil y rápida. Fácil y rápida.
Él solía sentarse fuera de la casa a mirar el atardecer mientras dejaba que el viento le desordenara el rubio pajoso de su cabello. Encendía un fuego, le daba un hueso al perro y cebaba mate para calentar el cuerpo. Había adquirido esa costumbre después que pilló a un hombre desesperado mirando fijamente el roquerío. Se acercó al hombre que estaba por lanzarse e intentó persuadirlo de que no lo hiciera. Para el suicida fue casi un milagro verlo aparecer y escuchar esa voz tan suave invitándolo a quedarse en este mundo y compartiéndole la calidez de su casa por un rato. Después de ese día se hizo de la costumbre de tomar el mate afuera por si algún otro desdichado se tentaba con el risco. Y pasaba más seguido de lo que hubiese deseado. Las historias se repetían: hombres abandonados, mujeres abandonadas, hijos que perdieron a sus padres, padres que perdieron a sus hijos. Siempre el motivo era una asfixiante sensación de soledad que empujaba a las personas hacia el borde. Dicen que él salvó a muchos. La gente de Cabras Viejas y de los pueblos cercanos comenzó a referirse a él como ‘el ángel’»
A ti que lo conocías, la idea de llamarle ángel te resultaba insidiosa pero el mito estaba instalado y así fuiste armando la imagen de un fantasma que fue volviéndose más alto y más rubio y más delgado de lo que tu memoria te decía. Y la nariz era otra y ya no llevaba pantalones con suspensores o tal vez sí pero sobre la camisa vestía un abrigo grueso porque siempre hace un frío horrible allá en Cabras Viejas, especialmente en la parte de arriba donde está su casa y donde tus padres tuvieron la maldita idea de dejarte varias veces, ahí mismo donde te rajaron la niñez y te obligaron a ser mujer así de golpe, donde sentiste su respiración enferma jadeando cerca de tu oído y te quedabas tiesa como un perro muerto esperando que todo se terminara pronto o a veces deseando morirte de súbito y luego sintiendo tanta culpa cuando te tocaba y sus dedos se devolvían húmedos y ¿ves que te gusta? No te hagas la tonta.

***

Estabas llorando en la soledad más negra de la memoria. El hostal estaba casi vacío y tenías para ti el comedor, la sala de estar y la chimenea. Podías ser una reina de ese mundo sin tiempo y mirar el fuego y perderte pensando que acá no ha pasado nada. Pero había pasado todo y justo acá mismo, en el infierno que estabas visitando ahora de adulta, temiendo que las cicatrices estuvieran frescas, que de pronto se abrieran y desde adentro salieran los demonios que trataste de enterrar cuando te fuiste. Y no te diste cuenta cuando entró ese chico alto y delgado como el fantasma que estabas armando en tu relato. Se sentó en el sillón frente al tuyo porque venía con frío y te sacó de los recuerdos para preguntarte si querías un café. Bastien hablaba un español malísimo pero era su forma de preguntarte si estabas bien sin tener que decirlo. Tú lo miraste pero no viste a Bastien, viste al hombre del abismo ofreciéndote algo que no le habías pedido. Tu llanto se transformó en miedo por un momento casi tan breve que hubiese pasado desapercibido si Bastien no te hubiese estado mirando con atención. Y tu le hubieses aceptado ese café después de reaccionar y quizás te hubieras disculpado por tu conducta extraña y él hubiera entendido que te pasaba algo y se hubiese
quedado un rato haciéndote compañía y hablando sobre temas intrascendentes para arrastrarte de vuelta a la vida. Tú le hubieras preguntado de dónde venía y él te hubiese contado de su vida en París, de su casa cerca de Montmartre y de las tardes en que vendía marihuana en la plaza que lleva al Sagrado Corazón. Tú no hubieses querido revelar mucho aunque le habrías contado que eras periodista y eso hubiera hecho un poco más visible la diferencia de edad entre ustedes. Bastien hubiera tratado de contarte que tenía una tía chilena que lo había invitado a conocer porque de otra forma se le hacía difícil pagarse el viaje y los gastos siendo todavía un estudiante. Es muy posible que después del café se hubieran tomado algo más fuerte, quizás una botella de vino o ya de plano una de pisco y después de unos cuantos vasos la diferencia de edad hubiese ido disminuyendo hasta terminar en su cama o en la tuya. Todo eso hubiese ocurrido esa noche si no te hubieras levantado del sillón para ir a llorar a otro lado, si no cargaras todavía con esas sombras pesadísimas que se te encaraman en el cuello y que de cuando en cuando te hacen despertar a gritos. Bastien quedó solo junto a la chimenea pensando que eran extrañas las mujeres en este lugar y nunca sabrá que quizás en otra línea de tiempo hubiesen terminado juntos en una historia maravillosa.

***

Te levantaste bien temprano al otro día porque ya era hora de ir a conocer al ángel del abismo, ese hombre santo que había evitado tantas muertes, que había devuelto a la vida a muchos. Si no hubiese sido por él ahora serían apenas el rumor del mar en una noche de tormenta, la espuma que se pega al farellón, la memoria y el llanto de los familiares. Como la memoria tuya que recordaba, que recordaba, que aún recordaba. No sabías por qué odiabas tanto que la gente haga ruidos con la boca cuando come.
No era una molestia normal de cualquier persona con modales, era un ardor visceral, era un deseo criminal de silenciar sus bocas invasoras de forma violenta y lo entendiste mientras subías penosamente en busca de la casa sobre el risco. Recordaste los sonidos que hacía con su boca asquerosa cuando estaba sobre ti o cuando urgueteaba tus rincones y luego la imagen del tipo sentado a la mesa, sorbeteando la comida, agarrando el pan con sus dedos mugrientos, llamándote a comer con él, tu plato enfriándose de a poco y el asco por el sorbeteo interminable. Lo habías olvidado pero esa subida te hizo recordar. La habías hecho antes cuando tus padres te dejaron a su cuidado. No había ahora razones que pudieran justificar algo así. Te acordaste del cura cuando intentaste contarle lo que te había pasado y le dijiste que tenías un secreto horrible. El cura te dijo que esos secretos eran a menudo malos. Tú le preguntaste por el infierno. Querías saber si él se iría al infierno o quizás tú o los dos. Y el cura respondió que el infierno existe y es aquí y ahora. Después viste al cura hablando con él y te sentiste desnuda. Le va a decir todo, le va a contar. Nunca más volviste a entrar a la iglesia.
Terminaste de subir por el camino serpenteante y llegaste a esa casa tan familiar que debías retratar como un bastión de cobijo en tu reportaje. Habías escrito sobre el contraste del frío en el ambiente y la calidez de ese hogar donde vivía un ángel que salvaba a la gente de lanzarse contra la muerte. Las piernas temblaban cuando golpeaste la puerta. No salió nadie y pensaste en irte. Las piernas temblaban pero no iban a ninguna parte. Sentiste que te atravesaban con una espada de hielo cuando la puerta se abrió. Esperabas ver a ese hombre alto y delgado con su cabello rubio y pajoso cubriéndole gran parte de la cara. Imaginaste los suspensores y el brillo de un diente de oro en una de las piezas de al fondo. Tu mente no procesaba la imagen tan distinta de ese anciano acabado que se ajustaba los lentes para mirarte y que fruncía el ceño intentando capturar algo de luz. De su boca desdentada salieron palabras sencillas en una voz menos suave de lo que habías escrito y te preguntaba qué se te ofrecía y en verdad te costaba encontrar en él al monstruo que fuiste a buscar y que vive dentro de ti. Le hablaste con la voz entrecortada sobre las razones [la razón] que te habían llevado a buscarlo y conversaron como dos extraños cuyos cuerpos no se reconocen ni se encuentran. Te ofreció algo caliente y tú se lo hubieses recibido a cualquiera menos a él.
Temblabas de frío arriba del risco y le pediste que te mostrara el lugar desde donde se lanzaban los suicidas. El hombre no te reconocía. Se echó encima un abrigo distinto a los que describías en tus notas y te pidió que lo siguieras. Caminaron un rato hasta llegar al borde, hasta los farellones desde donde muchos se habían lanzado y otros habían renacido gracias al hombre que tenías al lado. Tú mirabas hacia el horizonte y sobre ti comenzaba a formarse una tormenta que se derramaría hacia la tierra. Deberías irte pronto o te verías obligada a capear el aguacero en la casa, en esa misma casa y no en otra. No lograbas reconocer al monstruo que fuiste a buscar y tratabas de no mirarlo. Al rato su cara comenzó a volverse familiar y terminaste por romper el hechizo del fantasma que inventaste para tu reportaje cuando lograste ver debajo de todos esos años al hombre que ya no querías recordar. Algo cambió en ese momento. Tus piernas dejaron de temblar y respondían a tus órdenes. Tus manos se volvieron seguras y te obedecían, incluso cuando pusiste tu palma derecha en la espalda del anciano. Estaban parados al borde del abismo, no costaba nada. Nadie los podría ver allá arriba y si decías que el hombre había resbalado no tendrían cómo desmentirlo. Un lamentable accidente, un final paradójico y terrible para un hombre tan bueno. Imaginaste las noticias de los diarios locales y la hermosa y trágica historia que podrías escribir para la revista.
Cuando volviste a la capital el editor te preguntó cómo te había ido con el ángel del abismo y tú, con una tranquilidad que hasta ese día no habías tenido, le respondiste que no lo pudiste encontrar.

 

Lee también otros textos de Cristian Pino: Umbra 

Ve algunas de sus fotografías en: Arte Visual

Para Comprar “Una persona” de Cristián Pino

Cristian Pino

Santiago, Chile (1982)

zombie

 Como Amar Azul, yo tomo vino y cerveza. Hago clases. Leo, leo, leo. Escribo compulsivamente pero no muy bien. Tengo algunos gatos o algunos gatos me tienen a mí. Ya pasé los treinta y por lo mismo no importa demasiado. Publiqué mi primer libro de cuentos “Una persona” en 2017.

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