Cuento: Cristián Vila Riquelme

BABILONIA

                                          para el Bicho chico

En el pueblo algunos decían que estaba poseída, otros sencillamente les parecía que era una vergüenza que deambulara por aquí, pero también había quienes se divertían con el personaje, ya fuera porque no tenía límites para la transgresión o porque los sacaba de sus preocupaciones habituales.

Había aparecido en la década de los setenta en un viaje de estudios, cuando era una más de las señoritas pronta a graduarse de su colegio en la ciudad de Villalemana, y nada hacía presagiar en que se transformaría en lo contrario de lo que era en esa, ya lejana, visita de estos lugares. Ese día recorrieron las playas y almorzaron en uno de los pequeños restaurantes del lugar. Pero, como si se tratara de una marca del destino, el borracho del pueblo, que solía delirar con apariciones de dragones marinos, inmensas tortugas y cachalotes alados, le regaló una especie de corona de algas con una sonrisa que lo sacó de sus sopores habituales y declamó, urbi et orbi, un extraño poema sobre las reinas de las profundidades:

 

Ellas van y vienen como la tormenta

Suben y bajan como las velas de un bergantín

Sus ojos brillan al igual que el horizonte

Y sonríen tal si estos días fuesen los últimos…

 

A ella jamás se le olvidaron esos versos, según contaría años después, incluso cuando el borracho del pueblo –quien existía a falta del loco de la aldea- se le ocurrió dárselas de imitador del poeta chino Li Po y, una noche de luna llena, se fue adentrando hacia alta mar para abrazar furiosamente al que algunos les ha dado por llamar el astro de la noche. Eso a ella tampoco se le olvidó, cuando a veces derramaba unas lágrimas a la luz del plenilunio y a la vera de unos cuantos sorbos del pisco de la botella que alguien le había regalado, recitaba esos versos incomprensibles con la voz medio quebrada no tanto por la emoción de los versos, sino que por las profusas libaciones de pisco y otros alcoholes.

Un día de los tantos que se suceden a lo largo de los años, mientras trabajaba en la contabilidad de una empresa con varias ramificaciones, se quedó parada en la puerta del baño de damas y, con los ojos enturbiados por ensoñaciones insólitas, procedió a orinarse de pie y sin mayores aspavientos. Luego, igualmente extraviada en quién sabe qué limbos o paraísos perdidos, se sacó la ropa, la dejó tirada en el lugar de los hechos, salió al pasillo, subió al ascensor, se dirigió después a la calle y se hizo arrestar por faltas a la moral en la vía pública.

A los pocos días salió, no de la comisaría, sino que de la sección para insanos mentales del hospital, por falta de méritos, por decirlo así. Se le diagnosticó un súbito stress o una pequeña depresión por exceso de trabajo, lo que vendría a ser lo mismo si no fuese porque uno de los doctores dijo que se trataba de un típico trastorno bipolar y había que internarla. Pero más pudo la influencia de la familia y al final le recetaron un reposo en algún lugar natural que la hiciese olvidar, momentáneamente, sus tribulaciones anteriores.

Decidió irse a la caleta de pescadores donde el borracho del pueblo la había coronado reina del mar. Nadie puso objeción ninguna porque, después de todo, dicha caleta les parecía inofensiva al lado de los avatares de la ciudad de provincia en la que ahora vivía.

Llegó como una turista de las tantas, bajándose del bus con su mochila y un bolsito de mano, lentes oscuros azulados, un cigarrillo recién encendido en su boca, y una especie de rictus que recordaba a una sonrisa de satisfacción. Se dirigió de inmediato a la pensión que había conocido esa vez del viaje de estudios y a la cual había regresado en algunos de sus tantos veranos inolvidables, voceó con timidez y sonrió cuando vio salir a la señora Elsa de siempre, quien la recibió con la sorpresa y el cariño que invariablemente le prodigaba cuando ella aparecía así, de súbito, de mochila y de cigarrillo en boca.

Luego de instalarse en el pequeño cuarto, salió a caminar a la caleta donde, con la súbita alegría que da el estar en lugares conocidos, entró a su negocio preferido y procedió a sentarse en el mesón que daba hacia el mar pidiendo un vaso de vino y una empanada de mariscos. Respiró el aire salino del atardecer y entrecerró los ojos. Cuando regresó a la realidad se sobresaltó al ver a su lado al borracho del pueblo con una ancha sonrisa de plenilunio nublado, apenas dos dientes en la amplia boca, el pelo desgreñado, una colilla medio encendida entre los dedos índice y anular de su mano derecha. Se besaron en las mejillas con un abrazo cariñoso. Un perro ladró en la distancia y un chucho anunció que ya venía la noche, aunque algunos dijeron que se venía una muerte segura. Y quién sabe por qué meandros inexplicables del destino humano, esa noche murió alguien del pueblo a quien todos querían. El chucho no se había equivocado, pero no faltó quien dijo que ella había traído la mala suerte a esa pequeña caleta perdida en el Pacífico Sur al venir a instalarse en ella. Desde ese día se dedicó a dormir al buen aro de los botes o en medio de los bosques de las cercanías. Por más que Elsa trataba de que regresara a la pensión, ella, con los ojos llenos de lágrimas, reclamaba que estaba maldita y que sólo podía vivir a campo traviesa.

Se arregló algunos lugares estratégicos donde pasar las noches al buen garete y cada una de las tres noches del plenilunio se bañaba desnuda en la caleta, en medio de los gritos de ánimo de todos los habitantes masculinos del lugar. Los carabineros procedían a llevársela cuando ella salía del agua y efectuaba unas danzas paganas sobre la arena de la playa. Hasta que una de esas danzas la efectuó en pleno mediodía de un domingo de ramos y carabineros la introdujo a la fuerza, luego de cubrirla torpemente con una manta gris de lana, en el vehículo policial. Nadie sabe cómo logró salir del interior de la cuca y subirse, desnuda, al techo, desde donde saludaba, urbi et orbi, a quien pasara cerca de la furgoneta sin que los carabineros se dieran cuenta.

Se transformó en la muchacha y luego la mujer que tranquilizaba los apetitos carnales, como dicen los que saben, de todos aquellos que quisieran calmarlos. Era célebre, sobre todo porque ella misma se rebautizó, en una ceremonia extraña una noche sin luna y rodeada de restos de velas, como Babilonia. Sin olvidar de recitar los versos que el borracho del pueblo le había dedicado hacía ya varios años. Los recitó como en una especie de furia epiléptica, una y otra vez, hasta que cayó en la arena, desnuda y sudorosa, con los ojos en blanco. Varios hombres que allí estaban procedieron a violarla uno tras otro, hasta que carabineros se la volvió a llevar al retén donde, como parece era costumbre, procedieron a abusar de ella profusamente antes de dejarla, igualmente con los ojos en blanco, al interior de una celda.

Ella parecía ser ya indiferente a esos avatares. Seguía sus ritos paganos de sacerdotisa perdida en este siglo demente de guerreros sin dioses y de guerras sin heroísmo. Tanto así que cuando alguien puso, en una casetera a pilas, el trillado Bolero de Ravel, se desnudó como tantas veces y danzó arriba de unas rocas con lo que logró dejar sin respiración a varios señores musicólogos por cerca de dos días. Sus brazos eran serpientes que se deslizaban sobre las serpientes de sus piernas, sus ojos cerrados dejaban desordenarse sin testigos a su crespo pelo negro, los pechos daban vueltas sobre sí mismos como aspas de molino y las nalgas eran el estruendoso homenaje a las edades de la tierra. Varios caballeros de lo que ahora se llama la tercera edad, cayeron extenuados. Las mujeres se encerraron, bajo cuatro llaves, en sus casas y exiliaron a sus maridos durante una semana. Carabineros, esa vez, no pudo hacer nada, salvo rascarse la testuz como si se tratara de un descubrimiento.

Desde ese día, la Babilonia se instaló en un lugar especial, camino a Las Rompientes, en el cual gozaba de las bondades de una vertiente que formaba una pequeña fuente. Allí se armó una especie de carpa de campaña con ramas de eucaliptus, pinos y boldos, donde puso una colchoneta que había sacado quién sabe de dónde y unas mantas bolivianas, como las que alguien dijo que habían cubierto el féretro del presidente Allende.

Mucho tiempo después ya andaba con una especie de bastón que era como la vara de San Pedro. Se había caído una noche de plenilunio cerca de unos acantilados, borrachera de por medio y algunos cuantos pitos de hierba que la aumentaron. No se recuperó nunca más porque entre los exámenes que le hicieron, le diagnosticaron sida. Entonces se dedicó a caminar sosegadamente por las calles del pueblo, con una sonrisa demente y un caminar flojo e inconmovible, proclamando a quien quisiera oírle que tenía la enfermedad maldita. A pesar de eso, una de las últimas cosas que hizo fue encamarse con uno de los asesinos de un muchacho al que todo el pueblo quería mucho, para vengarlo.

Desapareció dos años seguidos. Nadie supo nada de ella, todo era puras conjeturas. Que estaba en un hospital para sidosos. Que su familia la había encerrado en un psiquiátrico. Que se había largado para el sur de este largo país de desastres con la esperanza de morirse en el empeño. Que había sido degollada por unos camioneros cuando había hecho dedo hacia el norte y luego de copular con ellos les había confesado lo del sida. Que se había transformado en una virgen de los sicarios que pueblan las fronteras de México. Que estaba en los EEUU siguiendo un programa experimental de cura contra el VIH y se había transformado en una actriz de telenovelas.

El día que reapareció, con la misma sonrisa de siempre, su vara sanpedrina y los harapos remendados, alguien de inmediato la invitó a tomarse un trago. Ella se sentó en ese lugar tutelar que la había acompañado desde la primera vez que había arribado a la caleta y pidió un mango sour, ese trago que había descubierto en una de sus tantas peregrinaciones por los asados y tomateras que se hacían en las casas de los alrededores. Se tomó cuatro, cargaditos, sacó una potera que alguien le había regalado en una noche de lluvia y se sirvió un poco de sus contenido en la copa vacía, pidió dos hielos y una ginger ale, tomándose la mixtura de un trago. Luego se dirigió calmadamente hacia la playa, procedió a sacarse todas sus ropas, dejó su vara apoyada en una roca y se adentró en el mar, poco a poco, ritualmente, sin proferir ninguna exclamación ni de frío ni de miedo, sólo recitando el poema que el borracho del pueblo le había dedicado hacía ya tantos años:

 

Ellas van y vienen como la tormenta

Suben y bajan como las velas de un bergantín

Sus ojos brillan al igual que el horizonte

Y sonríen tal si estos días fuesen los últimos…

 

y se perdió en el horizonte marino de esa noche sin luna.

 

Bergantín del Irredento, febrero-abril 2011

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Cristián Vila Riquelme

Villa Alemana, Chile (1955)

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Cristián Vila Riquelme es narrador, poeta y ensayista. En 1975 se exilió en París, Francia, donde ejerció los más diversos oficios y obtuvo un Doctorado en Filosofía política por la Universidad de Paris-Sor­bon­ne. Regresó a Chile en julio de 1991. Fue columnista de diversos periódicos y revistas. Actualmente es catedrático en la Universidad Central Sede La Serena y en la Universidad Católica del Norte Sede Coquimbo. Ha publicado Procreaciones (relatos, Editorial Nascimento, Chile 1979), Finis poética (poemas, La Parole Gelate, Ro­ma, Italia, 1987), Crónica del niño lobo (novela, LOM Ediciones, Chile 1999), Divertimentos Transilvánicos (relatos, Bravo y Allende Editores, Chile 2001; edición francesa en Le Visage Vert, Francia 2012), entre otros. Varios de sus libros y textos han sido traducidos a distintos idiomas y ha ganado algunos premios, entre los cuales el de las Mejores Obras Literarias 1998otorgado por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile y el Premio de la Crítica 2000otorgado por el Círculo de Críticos de Valparaíso.. Su libro de ensayo Ideología de la Conquista en América Latina (entre el axolotl y el ornitorrinco)fue distinguido en el Premio Internacional de Ensayo Jovellanos 2001 de España y fue publicado por Ediciones Nobel (España, mayo 2001).

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