Cuento: Iván Tapia Saavedra

Anoche desperté en el baño de mi casa

Anoche desperté en el baño de mi casa. No sabía cómo había llegado ahí, ni por qué tenía la cabeza mojada. Miraba el techo, pero no había razón para hacerlo. ¿Buscaba algo?, ¿por qué en el techo? Sentía frío, tenía los pies entumidos y las manos bajo la silla. La silla, una silla de ruedas volteada a mi lado y yo sin saber la razón de nada. Llegó alguien a mi lado, decía ser mi hermana. Gritaba con desesperación, sin que yo pudiera explicarle lo sucedido. Me preguntaba qué había pasado, mientras yo le preguntaba quién era ella y qué hacía ahí. Tu hermana, soy tu hermana, no paraba de repetir. Yo, ¿tengo hermana?, y volvía a repetir una y otra vez soy tu hermana, soy tu hermana. Llegaron más personas a mi alrededor. De ese momento recuerdo a un anciano que se me acercó y con lágrimas en los ojos me decía que todo estaría bien. ¿Algo estaba mal?, me preguntaba yo. Aún intentaba explicarme lo que había pasado. No entendía por qué había ido a dormir al baño, un baño desconocido. La lámpara del techo era hermosa. Todo estará bien, seguía repitiendo el anciano. Le costaba encontrar frases, pero me había levantado como si no pesara nada, como si fuera un plumero. Puso la silla a mi lado y me sentó en ella. Era una silla de ruedas. Sospeché que algo no iba bien. ¿Una silla de ruedas? Oh, por Dios, miré hacia abajo. Me faltaban las dos piernas. En ese momento dejé de sentir.

            Anoche desperté en el baño de mi casa. No sabía cómo había llegado ahí ni por qué la cabeza me sangraba. Miraba el techo como buscando algo, pero no sabía qué era. Pronto lo supe. Mi hermana llegó a mi lado y su cara apareció frente a mis ojos. Seguramente la buscaba a ella. Sentí un zumbido en mis oídos y todo enmudeció de repente. Me quedé a oscuras sin saber ni sentir nada. Era como estar flotando en el interior de un cubo negro y vacío, sostenido por hilos invisibles, algo parecido a estar en el espacio, según he leído. Un gran útero convertido en una oscura caja, y yo aún sin nacer. No sé cuanto rato estuve así. ¿minutos?, ¿días?, ¿meses?, ¿meses y días? Sentía el tiempo alargándose en un solo punto infinito. Un tiempo que me alejaba de mi mismo. ¿Había nacido o aún estaba nadando en un cálido líquido?

            La cara nuevamente. Dice ser mi hermana, pero no sé si me está mintiendo. ¿Tengo realmente una hermana? Me preguntan por la fecha. No lo sé, les contesto. He estado meses en un inmenso cubo oscuro y cálido. Las personas que me acompañan escriben mis palabras en pequeñas libretas blancas. Ellos también están vestidos de blanco. Al medio de todos se encuentra la mujer que dice ser mi hermana. No llora ni sonríe, sólo me mira. Le comentan cosas al oído y ella sólo mueve la cabeza en un gesto de sí o no. Tiene un pañuelo que se lleva a los ojos cada cierto rato. No logro comprender la situación. Me faltan las dos piernas, digo de pronto levantando la vista para mirar a los hombres que me miran de vuelta. No dicen nada. Alzan sus lápices y anotan en sus libretas. ¿Qué anotarán? Un hombre alto y ya mayor se me acerca y repite mis mismas palabras. Así es Matías, te faltan las dos piernas. ¿Por qué?, le pregunto. Me responde pausadamente que hace algunos años, cuando yo era chico, tuvieron que amputar para evitar que la gangrena subiera por todo el cuerpo. ¿Las cortó usted?, ¿las puede poner de vuelta? No, dijo él, y volvió a sentarse en silencio.

            Me comenzaron a arder los ojos y nuevamente quedé en la oscuridad. Volví a la gran caja negra que me contenía, mi morada. Escuchaba voces a lo lejos, como cuando se es chico y los mayores hablan en las piezas contiguas y semi dormido de pronto se escucha que están hablando de uno. Decían mi nombre y creo que también me hacían preguntas. No me eran comprensibles. ¿Me las puede poner de nuevo?

Desde entonces, desde esa lejana vez, aquí me he quedado. Nunca he tenido hambre ni sueño. La experiencia sólo es comparable con una gran vigilancia sin cansancio. De pronto siento empujones pero cuando miro a mi lado no hay nada. Tampoco me he aburrido. Sólo estoy, sólo soy en algún momento, en algún lugar.

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Iván Tapia Saavedra

Santiago,Chile (1982)

ivan

Iván Tapia Saavedra  es psicólogo de la Universidad Diego Portales y magíster en Literaturas Hispánicas de la Universidad de Concepción. Comenzó a escribir cuentos tempranamente, pero es en esta última Casa de Estudios donde profundiza sus intereses y empieza a concretar algunas ideas narrativas desarrolladas con anterioridad.

Durante el año 2012 participa en el grupo de Investigación de Literatura Chilena de la misma universidad, y desarrolla su proyecto de tesis de magíster en relación a la literatura fantástica nacional: La literatura neogótica chilena, a partir de una novela de Francisco Ortega.

Entre sus publicaciones académicas cuenta con “El héroe romántico, a partir de un cuento de Gustavo Adolfo Bécquer”, “Lo fantástico en Las ruinas circulares, de J. L. Borges”, entre otras.

Editorial Forja publica el año 2013 su primera novela, El cuarto de al lado, postulada al Premio Altazor del mismo año.

 

 

 

 

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