Cuento: Beda Estrada

Pan quemado

La señora Anderton, de ochenta y ocho años, compró un tostador de pan por teléfono. El tostador llegó metido en una caja de cartón corrugado y, ésta, en manos de un cartero. El cartero tuvo la amabilidad de dejar la encomienda sobre la mesa del comedor. La señora Anderton se lo agradeció con una de sus amables sonrisas y con una propina generosa. El cartero mismo, al recibirla, quedó asombrado y ella se sintió satisfecha, pensando que él se lo merecía.
Cuando el cartero se fue, la señora Anderton avanzó hasta la caja, dando pequeños pasos, enfundados en unas pantuflas rosadas y mullidas. Con la ayuda de un cuchillo para el pan que estaba sobre la mesa, desprendió el sello de la caja y, luego, abrió las solapas, bajo las cuales reposaba el tostador. Mientras realizaba aquella operación, su rostro se tornó melancólico, pues, el recuerdo de su esposo parecía imprimido en la cubierta de la caja.
El señor Anderton siempre se mostraba muy animoso cuando llegaba el cartero trayendo a casa una carta o, mejor aún, una encomienda. Pero su esposo ya no estaba a su lado, y ella lo extrañaba. Las únicas noticias que podía recibir de él, eran las que anidaban en su corazón.
La señora Anderton vio que el tostador había llegado en buenas condiciones. Quitó la amarra del cable del enchufe y lo estiró. En ese instante, ella podía oír la voz grave del señor Anderton indicándole cómo debía hacerlo. Sus indicaciones siempre iban cargadas de bromas y risas. Pero, segundos después, ella solo oía el silencio y miraba la soledad a su alrededor.
Luego de liberar el cable, la señora Anderton, con manos temblorosas, quitó las cintas adhesivas que recubrían la carcasa del tostador. Fue despegándolas una a una, tenía todo el tiempo del mundo. Su esposo de seguro le hubiera dicho que guardase las cintas para una segunda ocasión. Él tenía la costumbre de envolverlas en un bolígrafo. Entonces, ella se quedó unos minutos tratando de recordar dónde había puesto los bolígrafos, pero seguro que ya no había ninguno en casa, hacía mucho tiempo que había dejado de escribir. Ni siquiera la redacción de la lista del supermercado corría por su cuenta. Resignándose, la señora Anderton regresó su atención al platinado y nuevo aparato para tostar el pan.
“Pero, ¿para qué voy a tostar el pan si mi dentadura está muy mala?”, se preguntó de repente. Pero ése fue solo un pensamiento casual, porque la señora Anderton lo dejó pasar y siguió preparando el tostador.
Lentamente, quitó las últimas cintas adhesivas que estaban sobre la ranura por donde se introduce el pan. “Dos rodajas de pan, muy bien”, se dijo mientras dejaba, una a una, las cintas prendidas en su camisón. Último de los regalos hecho por el señor Anderton en su sesenta y nueve aniversario de matrimonio.
Después, sostuvo en una de sus manos uno de los extremos del cable del tostador, mientras que con la otra, buscaba en el aparato dónde conectarlo.
“Nunca fuiste buena para las cosas mecánicas”, la señora Anderton oyó la voz de su esposo que le volvía a decir por enésima vez.
—Lo sé, lo sé, pero, así y todo, me amas —contestó la señora Anderton, dándose cuenta que estaba hablando sola, justo cuando encontró la conexión del cable.
El tostador estaba listo para ser enchufado a la electricidad y ponerse en funcionamiento. Entonces, la señora Anderton fue a la cocina, llevando consigo el tostador.
—Al menos es liviano —dijo mientras arrastraba sus pantuflas rosadas, sin siquiera ocasionar ruido en su cansino avance.
Al llegar a la cocina, puso el tostador sobre el mueble donde guardaba la loza que había conservado desde el día de su matrimonio.
—No fui buena para las cosas mecánicas, pero soy maravillosa bailando —dijo con una leve sonrisa, al recordar el día de su boda con el señor Anderton.
Enchufó el tostador y bajó la palanca que comenzó a poner al rojo vivo las hebras de las resistencias. Después, se puso a buscar la bolsa con el pan integral que siempre guardaban refrigerado.
En el piso superior de la casa, el señor Anderton despertó sobresaltado, al percibir el olor a humo que se filtraba por debajo de la puerta de la habitación.
Los bomberos no pudieron hacer nada, la casa no tardó en estar completamente en llamas.
—Pobre señor Anderton —dijo una mujer a otra, observando en medio de la calle las infructuosas maniobras de los bomberos—, hace solo unos días que su esposa había muerto.

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Beda Estrada (Chile, 1979)

fotobedaestrada

Beda nació en Tomé, VIII Región de Chile. En dicha ciudad costera cursó sus estudios de primaria y secundaria. Estudió Dibujo y Proyecto en la Universidad Federico Santa María, Sede Talcahuano, Chile. En el año 2001 ingresó en el Monasterio Benedictino de Las Condes, en donde reside actualmente y desde donde han volado al espacio literario novelas, cuentos y cómics.

4 Comments Add yours

  1. ME GUSTO ESTE CUENTO, MUY BIEN CONSTRUIDO

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  2. Gracias por tu comentario. Te invitamos a seguir leyéndonos. Saludos.

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