Cuento: Olivia Guarneros

Odas

Miró su imagen en el espejo ovalado que le permitía apreciarse de cuerpo entero. Se quitó la blusa de cuello de tortuga con mangas largas; no soportaba el calor que le producía, pero qué le iba a hacer, era necesario. Recogió el pelo que caía en cascada sobre sus hombros. Un destelló de sol, resaltó el naranja zanahoria. Desabrochó el pantalón de casimir, deshaciéndose de él con parquedad. Un juego de ropa interior, de tono verde esmeralda, contrastaba con su piel lechosa. Tomó una mota de algodón, la empapó en un líquido azul para retirar el maquillaje del día. Mientras descubría un tono oscuro alrededor de sus ojos, observó en el espejo una especie de manchas purpureas que aparecían diseminadas en los dos senos. Parecía como si un pequeño duende hubiera entintado sus zapatitos para saltar sobre esas nevadas colinas. Algo llamó su atención en el pezón derecho; si se miraba bien, en la aureola, casi en el perfecto montículo que lo remataba, una minúscula costra evidenciaba una ulceración reciente. Un mechón de pelo sin recoger, hacía sombra a una franja azulada que atravesaba el cuello de forma horizontal, trazando un camino ignominioso. Combinaban, sin querer, con una mordedura en el centro del labio inferior, la cual había podido ocultar con una gruesa capa de maquillaje. Su reflejo de perfil ante el espejo, le dejó rastrear algunos moretones en la espalda superior. Alcanzó a tocar uno de ellos. El tacto despertó un dolor leve. Presionó otra vez para calar la sensación, percibir la magnitud del daño. Tentó con sus dedos algunas líneas que surcaban su espalda baja, incluyendo las nalgas; delgadas estrías rojizas dibujaban un mapa siniestro. Lucían frescas. La sangre no había hecho costra aún. Un profundo suspiro como sollozo la hizo mirar de nuevo de frente. Observó sus tobillos, las muñecas. Amoratadas en su derredor, mostraban las huellas temibles de ataduras recientes. Las frotó con devoción, como queriendo sanarlas. Levantó la vista. Recorrió con la mirada el espacio entre su cuello y la oreja izquierda; una mancha de sangre remolida mancillaba el nimio tatuaje de hada que la decoraba. Acercó sus dedos. Inspeccionó a detalle su forma. En ella podía rastrear los dientes que la habían provocado. Deslizó su mano entre las piernas. Estaba húmeda. Recordó su última sesión de sado. La sola imagen le encendió el deseo.

Tibia

Nos citamos a las cuatro para tomar un café. Llegaste retrasada y corriendo como casi siempre. Te vi desde mi mesa, con el rojo pelo al viento, la mochila al hombro y las invariables gafas oscuras para evitar que el sol se encontrara con tus ojos verdes. Me diste un beso casi rozando las comisuras y ese abrazo apretado y restaurador que me acercaba sin sospechas a tu aroma. De inmediato contaste lo que querías decirme desde hace días. El panorama lucía más oscuro que nunca; sin embargo, estabas segura que ahora sí la gente iba a salir a las calles y exigiría todo aquello que durante años se había guardado.
Es un momento histórico, apuntaste.
Yo te observaba estupefacta. Amaba esa forma tan tuya de decir las cosas. La vehemencia de tus palabras, la fuerza de tus ademanes, el brillo en tus ojos, la sonrisa esperanzada. Me compartiste la logística, los nombres de algunos conocidos que iban a estar y lo importante de mantener lo más secreto posible todos los movimientos. Me asaltó un pesar que tú notaste en mi rostro.
¿No vas a decirme que tienes miedo?
Evadí tu mirada y la fijé en el horizonte, tratando de disimular mi pesar mientras las nubes anunciaban tormenta. Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer…
El sonido del agua me mantiene despierta. Doy vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño. Algo me tiene anclada al insomnio. El murmullo líquido se enclaustra en mis oídos; parece un río ascendiendo poco a poco; es constante, profundo. Cierro los ojos. Te imagino, flotando en el agua, nadando en ella. Pero no, no es un río lo que escucho. Es el agua que cae por tu cuerpo cuando te pienso tomando un baño al anochecer…
Tomaste mi mano entonces, asegurando que nada iba a suceder.
Ahora sí no podrán con nosotros, ¡Somos miles!
Fingí una sonrisa optimista mientras seguías contándome con detalle todo lo que habría de pasar.
Me pides entonces que te acompañe; aseguras que Humberto tendrá cosas que hacer el fin de semana y no notará mi ausencia. Me sorprende tu petición pues siempre he sido la confidente de tus luchas pero nunca he participado en ellas. Retraigo la mano que has tomado y me entretengo con ella, tratando de explicar que no puedo ir, alguien podría verme y eso es algo que no conviene a los intereses de Humberto.
Me dices que es necesario tener una postura; no es suficiente con escuchar y estar de acuerdo; debería salir y marchar, en contra o a favor, pero hacer algo. Molesta comentas que no se puede ser tibia. Recuerdo entonces las lecciones del catecismo “Dios a los tibios los vomita”; resuena la frase en mi cabeza en voz de la monja directora.
Agacho la mirada y afirmo: Sabes que no puedo, sí sólo fuera yo, podría… pero en la posición de Humberto…
Tú guardas silencio, cruzando los brazos mirando al infinito.
Luna llena, quemada por el sol; te imagino así, mojando tu largo cabello, con tus diminutos dedos entre sus hebras, buscando algo que se perdió en él. Examino tus senos, aquellos que alguna vez amamantaron; uno es más grande que el otro, su ligera asimetría despierta mis sentidos; pero no, no es eso, me enamoran tus pezones, capulines maduros invitándome a que los muerda. Notas mi presencia. Ríes. Sabes que quiero tocar tu piel de albaricoque. Sentir la firmeza, la carnosidad de los frutos.
Vuelves a la realidad, como si despertaras después de una siesta. Me miras amorosa, tomas mi barbilla y afirmas: No te preocupes, no pasa nada.
Te despides jurando que te comunicarás cuando puedas, diciendo que todo saldrá bien. Me muerdo los labios para no hablar, te abrazo con fuerza, tratando de que se extienda y no termine. Te beso en la mejilla. Me dices adiós mientras cuelgas al hombro tu mochila y enfilas entre la muchedumbre que llena la calle.
Regreso a casa. Está vacía. Humberto no se encuentra y el fin de semana se anuncia largo, terrible. Me adentro en la recámara ordenada y espaciosa, descalzo los pies para tomar un baño en el jacuzzi; acompañada de una copa de cabernet, recuesto la preocupación en la almohada.
Ahora pasas las manos por tu cuerpo, me invitas a estar contigo, a rozar con mis manos los muslos, las nalgas, el abultado vientre. Me muestras entonces tu sexo hipnotizante, mojado: palpitante orquídea de mar. Coloco mis dedos en su centro buscando el clítoris que la sonroje. La mimo, la seduzco: mi boca inquiere un ósculo que se convierte en mordisco, frenesí por la succión de tu lengua. Los dientes chocan, se acompasan, ya no estorban. Los labios se envuelven en una ambrosía de saliva. Todo al compás de un solo tiempo.
Despierto con el sonido que anuncia un mensaje en el celular. Ahora sé que vas en camino. Quisiera estar a tu lado, tomar tu brazo y caminar contigo. Envolverme entre la gente como tú lo sabes hacer.
Escucho las consignas. Los pasos y las voces se vuelven estridencia, como tus jadeos rítmicos en la hora del placer. Tienes razón, son miles. Marchan unidos sin temor. Recorren acompasados mis dedos tu piel. Piensan que la verdad los protege: la razón está con ellos. La adrenalina recorre las venas. Un humor quemante viaja nuestros cuerpos. Aumenta la emoción transformándola en euforia. El vaivén de mis dedos comienza a hacer efecto. Abandono tu boca y voy a los pezones. Los muerdo con ternura para sorberlos, llenarme de ti. Tu mano responde a mis impulsos y hace lo mismo que la mía. Noto que los dedos se humedecen y lubrican; nuestro deseo se enardece al roce; me hinco ante tu orquídea, detengo mi emoción para adorarla: la curo con saliva; con vaivenes suaves y furiosos la mojo; el movimiento rinde fruto: agua consagrada llueve de tu gruta; me inunda y desborda hasta las comisuras; late en mi ápice dador, tu perla rosada. Niña nube, colapsas en un sonido ahogado tu cúspide.
Llueve, no un chipi chipi, un aguacero. Los tienen rodeados, los encapsulan. Con toletes se abalanzan contra ellos para acallar el reclamo. Gases tóxicos emergen entre los cuerpos; las tanquetas obstruyen las calles impidiendo la salida. El agua comienza a mezclarse con algo más. Se escuchan gritos. No se puede distinguir quien cae y quién no. Se sueltan de los brazos, todos tratan de huir. Corres hacia una calle cercana intentando ponerte a salvo, en tanto escuchas pequeñas abejas que zumban a tu rededor. Todo es inútil. Un policía te toma de la cintura y con fuerza azota tu cuerpo contra el asfalto; un sonido oscuro aparece cuando la cabeza rebota en el suelo. Tu cabello es más rojo que nunca.
Escucho la lluvia. El agua corre en pequeños riachuelos, como caminos en la regadera cuando te duchabas. Ya no soy tibia. Dios y yo somos cómplices en la omisión. Es tarde y no estarás más. Sólo el insomnio y la advertencia de Humberto me acompañan: No salgas querida, es muy peligroso. Hoy todo se acaba.

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Olivia Guarneros Rodríguez

(México, 1978)

 

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María Olivia Guarneros Rodríguez nació en la Cd. de Puebla. Estudió la Licenciatura en Lingüística y Literatura Hispánica y la Maestría en Ciencias del Lenguaje en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
Ha trabajado como docente en distintas instituciones en el nivel medio superior y en la Escuela Normal Superior Federalizada del Estado de Puebla (ENSFEP)
Actualmente labora como docente en el Bachillerato Digital 263. Ha publicado en diferentes medios, cuento, poesía y minificción.
Ganó el primer lugar del “Concurso Mujeres en vida”, 2017, en la categoría de cuento, con el texto “La cita”, convocado por Centro de Estudios de Género de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

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