Cuento: Cristián Vila Riquelme

DE LA IMPORTANCIA DE LOS RELOJES

PARA LOS BUENOS MODALES

Nunca se habían dado cuenta de que Jacinto veía todo al revés, o sea, lo que estaba arriba lo veía abajo, la derecha a la izquierda, como si permanentemente estuviera haciendo la posición invertida (por decirlo de alguna manera). El problema más grande era con los colores, porque ni siquiera era como frente a un espejo, sencillamente los colores no sólo cambiaban de lugar sino que de intensidad e, incluso, a veces el verde era azul o el amarillo celeste, sin que por eso sufriera de algún tipo de daltonismo pues un día descubrieron que tenía catalogados correctamente los colores, salvo que en vez de azul estaba escrito luza, en vez de rojo ojor, en vez de amarillo lloriama, lo que indudablemente era más complejo. En vez de restar sumaba, en vez de dividir multiplicaba, solía sonarse las narices hacia adentro con un pañuelo en los ojos. Cuando llovía cantaba con la voz ronca de un cantante de blues y cuando había que llorar solía mirar hacia otro lado.

Siempre lo habían encontrado raro, pero nunca se habían preguntado por qué. Sólo comenzaron a preocuparse cuando Jacinto contaba con trece años y, según consignaron sus profesores y el psicólogo del establecimiento, procedió a sentarse contra una pared sollozando “¡no yo, por favor, no yo!” luego que la chica más hermosa del curso le regalara un beso en los labios y trató de abrazarlo. Luego, medio aturdido, se incorporó y corrió por todo el patio con los brazos abiertos, siempre mascullando “¡no yo, por favor, no yo!”. Era especialmente ducho en astronomía y decía que la geometría ponía al mundo de cabeza.

Nadie se explica cómo había logrado aprobar todas las materias exigidas en la educación primaria y parte de la secundaria, hasta que ocurrió el incidente con su enamorada. Pero no le habían dado mayores vueltas al asunto y pensaron que eran sobresaltos propios de la pre-adolescencia. Sólo se inquietaron de veras cuando el profesor de educación física comentó que nunca había conocido a un chico que no pudiera hacer la posición invertida, ni siquiera con ayuda, porque decía que no era necesario. Es más, los cien metros planos no los corría, sino que los caminaba lentamente, como si se tratara de un pequeño paseo dominical.

Fue por esas épocas en que comenzó a tomar su desayuno a las tres de la mañana y a ponerse la camiseta encima de la camisa a eso de las siete de la tarde. Lo consideraban un excéntrico. Seguramente es un artista, había comentado una prima lejana de su madre, pero nunca manifestó mayor interés ni condiciones para ninguna de las manifestaciones artísticas. Alguna vez le habían regalado una guitarra, pero estuvo más interesado en su forma que en pulsar las cuerdas. Le fascinaba, sin embargo, llenar los tapabarros de su bicicleta con pedazos de cartón de tal manera que, al contacto con los rayos de las ruedas, armaran un ruido semejante a los motores de alguna motoneta. Solía silbar imitando el canto de los pájaros. Comenzó a cepillarse los dientes como si estuviera moliendo ajos en el mortero.

Una tarde de sus quince años lo encontraron, bajo un ceibo de la plaza cercana a la casa, declamando unos poemas en italiano que estaban escritos en alemán. Y tal si se tratara de la prima lejana de su madre, comentaron que tal vez era políglota y que, como tantas otras cosas, no habían reparado en ello. La chica que lo había besado a los trece años se había transformado, con el tiempo, en su enemiga irreconciliable. Pasaban cada uno por su lado, ella mirando hacia el cielo, él haciendo como si volara mientras silbaba imitando cantos pajarísticos. Alguna vez se comió un completo en una Fuente de Soda, pero desechó la salchicha. Después había ido al cine a ver una película de moda, esperando que estuviera en los últimos minutos para entrar, sentarse y aplaudir rabiosamente en el momento de los créditos finales. Su nombre lo escribía ni siquiera estrictamente al revés y no era zurdo.

La tarde que murió su abuela, la cual había sido, por decirlo de algún modo, la única persona que en verdad lo había comprendido y sabía quién era y por qué, se dedicó a comer con una voracidad inusitada, rompiendo todas las reglas de los buenos modales de mesa. Jacinto veía todo al revés y de eso nunca se habían dado cuenta a cabalidad, porque jamás lo veía estrictamente al revés y no le había resultado difícil hacer de su vida un enorme simulacro ni, cuando las cosas lo ameritaban y no le quedaba otro remedio, transformar todo eso en mera disimulación. Cuando los chicos de su edad comentaban lo que querían ser cuando grandes, Jacinto solía guardar silencio. Sólo una vez lograron que dijera algo, y fue que si debía crecer le gustaría llegar a viejo. Los bomberos le eran indiferentes, casi al igual que las fuerzas policiales o los amos que paseaban a sus perros. Alguna vez cumplió con los requisitos de un chico de su edad y pidió una jirafa de peluche, a la cual hizo crecer de tal manera que la transformó en un rinoceronte, sin que nadie supiera cómo ni cuándo. Le gustaba jugar con piedras y con gusanos. Cada vez que pasaba un manisero con su buque de rulo, desandaba tres pasos y avanzaba siete. Siempre tuvo una capacidad asombrosa para saber la hora exacta del día o de la noche.

Al terminar la secundaria no quiso asistir a su graduación sino que dedicarse a deambular por los suburbios de la ciudad. Como, a pesar de todo, había egresado con honores, no le dijeron nada y toda su familia vio graduarse a los demás y escuchó su discurso de despedida en ausencia, el cual le habían pedido con la esperanza que su extraño comportamiento se debiera a que era un escritor o un poeta secreto. Sin negarse, se limitó a enviar un poema de Rafael Alberti que fue leído, entre lágrimas, por la muchacha que alguna vez le había regalado un beso, a la cual había designado para dicho menester:

 

Se equivocó la paloma.

Se equivocaba.

 

Por ir al norte, fue al sur.

Creyó que el trigo era agua.

Se equivocaba.

 

Creyó que el mar era el cielo;

Que la noche, la mañana.

Se equivocaba.

 

Que las estrellas, rocío;

Que la calor, la nevada.

Se equivocaba.

 

Que tu falda era tu blusa;

Que tu corazón, su casa.

Se equivocaba.

 

(Ella se durmió en la orilla.

Tú, en la cumbre de una rama.)

 

Cristián Vila Riquelme

Colina el Pino, La Serena, mayo 2017

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Cristián Vila Riquelme

Villa Alemana, Chile (1955)

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Cristián Vila Riquelme es narrador, poeta y ensayista. En 1975 se exilió en París, Francia, donde ejerció los más diversos oficios y obtuvo un Doctorado en Filosofía política por la Universidad de Paris-Sor­bon­ne. Regresó a Chile en julio de 1991. Fue columnista de diversos periódicos y revistas. Actualmente es catedrático en la Universidad Central Sede La Serena y en la Universidad Católica del Norte Sede Coquimbo. Ha publicado Procreaciones (relatos, Editorial Nascimento, Chile 1979), Finis poética(poemas, La Parole Gelate, Ro­ma, Italia, 1987), Crónica del niño lobo(novela, LOM Ediciones, Chile 1999), Divertimentos Transilvánicos (relatos, Bravo y Allende Editores, Chile 2001; edición francesa en Le Visage Vert, Francia 2012), entre otros. Varios de sus libros y textos han sido traducidos a distintos idiomas y ha ganado algunos premios, entre los cuales el de las Mejores Obras Literarias 1998otorgado por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile y el Premio de la Crítica 2000otorgado por el Círculo de Críticos de Valparaíso.. Su libro de ensayo Ideología de la Conquista en América Latina (entre el axolotl y el ornitorrinco)fue distinguido en el Premio Internacional de Ensayo Jovellanos 2001 de España y fue publicado por Ediciones Nobel(España, mayo 2001).

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