Cuento: Beda Estrada

 

¿A quién mira?

 

Cuando mi amigo me contó el caso que estaba investigando quedé perplejo.

Encontraron el cuerpo desnudo de una mujer joven flotando en la piscina del Club de la Unión. Le habían sacado los ojos y se los habían colgado al cuello con una cuerda de piano, la misma cuerda con la que antes había sido estrangulada.

Mi amigo estaba contento de poder investigar en aquel club, ya que tenía comida excelente; de vez en cuando, podía fumar puros, aunque reconocía que no era un gran fumador; beber algún coctel extravagante; y jugar billar, aunque, de igual modo, reconocía que no era un gran jugador, siendo lo mejor de todo, el hecho de que todo aquello le resultaría completamente gratis. El pago de los gastos correría por parte de su cliente.

El hombre que le pidió investigar aquel asesinato era un hombre anciano y adinerado que amaba a esa pianista. Ah, porque ella era una de los pianistas que contrataban para amenizar las tardes de los gentiles hombres.

—¡Pero si usted es casado! —exclamó mi amigo, creyendo su deber, en ese momento, el recordar al caballero su estado.

—Verá, las teclas blancas y negras me conquistaron el corazón y ahora extraño esas tardes de piano. A un anciano se le puede conceder esa debilidad, ¿no le parece? —fue la respuesta del caballero.

—Y ¿cómo le sacaron los ojos? —pregunté a mi amigo, cómo si eso tuviera importancia.

—Bueno, si quieres saberlo, le vaciaron los ojos con una pinza para el hielo —y, sacando de su bolsillo dicho objeto, me lo mostró.

Yo me arrepentí de haber hecho esa pregunta, pues, el ver la pinza e imaginarme la situación, fue un todo que me descompuso el estómago. Claro que la pinza no era precisamente esa, pero él se había conseguido una de la misma clase en la cocina del club, “por si servían para algo”, me dijo.

También me iba a mostrar fotografías del cadáver, pero yo me apresuré a pedirle que, por favor, no lo hiciera, que me bastaba con oír su relato.

—Bueno, si así lo prefieres —me dijo con su acostumbrado gesto de peinar hacia atrás su escasa cabellera, utilizando una peineta tan pequeña que más pasaba a ser un cepillo de dientes que una peineta para el cabello.

Y ¡claro que lo prefería! El solo hecho de negarme me hubiese impedido seguir oyendo el relato.

Luego, seguí con la pregunta de que si tenía una lista de sospechosos y si ya los había interrogado. Mi amigo me respondió, o, mejor dicho, exclamó casi como ofendido ante mi curiosidad:

—¡¿Lista de sospechosos?! ¡Oh, no, nada de eso! Me basta con moverme entre las dependencias del club.

Eso incluía, el comer helados en el salón de té, leer el periódico con un vaso de whisky en el salón (le pregunté por qué no bebía cerveza, me dijo que era como tomar orina, utilizó otras palabras, pero la idea es la misma; además, mi amigo siempre saca argumentos que para él son irrefutables), hojear libros en la biblioteca, una que otra partida de billar y conversar con los músicos. Con ellos, precisamente, me dijo que había recordado las clases de piano que había tenido cuando niño en su escuelita. Eso le había servido para saber ver qué cuerda estaba cambiando el pianista suplente con el fin de completar la cuerda faltante, era la cuerda del Si de la octava más alta. En ese momento, se vio en la necesidad de dejarme en claro que con dos dedos hacía maravillas entre las teclas del piano. Pero se preguntaba cómo podían interpretar música estando en el balcón del comedor principal, mientras los demás comen y comen. A él se le abriría el apetito con la consecuente anulación de cualquier intento de interpretar pieza alguna. Los músicos reían con sus ocurrencias y más de alguno le dijo que el ver comer a los miembros del club le tenía sin cuidado. Pero, precisamente, la muchacha que asesinaron, era de aquellos músicos que más gustaban de ser admirados en el balcón.

Mi amigo también se había aventurado a participar de los baños turcos, pero, tanto el calor como el sudor excesivo, le habían hecho desistir de participar una segunda vez en esa arcaica forma de higiene corporal.

Su lugar favorito era un salón redondo, llamado el salón rojo. Le habían dejado estar allí todo el tiempo que deseaba, por propia petición de su cliente. Con decir que una vez había encontrado a dos hombres conversando muy acaloradamente, y al verlo entrar en aquel redondo salón, se pusieron en pie y, tras una inclinación de cabeza, salieron. Al oír a mi amigo, me pareció que la privacidad reinaba con su mejor etiqueta en aquel sitio.

También me contó de un hombre que siempre llegaba al salón de lectura de la biblioteca a las once de la mañana, se tomaba un café en diez minutos, leía el periódico en quince y en tres se fuma un puro. En total a los once y veintiocho minutos estaba listo, se levantaba y se iba.

Otro caballero gustaba de mirarse y arreglarse la corbata siempre frente al espejo del salón francés, un espejo ubicado sobre la chimenea de mármol rosado.

U otro caballero que siempre jugaba al billar con el mismo taco, el cual tenía su nombre grabado.

O su mismo cliente, que en cada comida con músicos veía como lloraba al llegar el piano a las notas más altas. Un pobre anciano enamorado, pensé yo.

O el joven colega de su cliente que recién comenzaba a ejercer la oftalmología y ya empleaba todos sus honorarios para verse metido en el club, intentando saludar a todos y congeniar con ellos, y era claro que desentonaba en todos los registros.

Precisamente, ese mismo joven invitó a mi amigo a un banquete. A esa cena había que ir vestido de frac. Como él no tenía ese tipo de traje tuvo que arrendar uno. Al llevarlo puesto se sentía tan encartonado que hubiese preferido llevar un chaleco blindado bajo una camisa de fuerza.

En el banquete estaban todos los más altos dignatarios del país, y si no era así, al menos lo parecían. Mi amigo no se empequeñeció frente a aquel desafío, sino que se mezcló como uno más entre ellos. Aunque, pensándolo bien, quizás no tuvo el resultado que esperaba, porque no le ofrecían ni champaña ni bocadillos, se los tenía que proporcionar él mismo. Pero, tal vez, no le ofrecían, porque, sencillamente, ya tenía más de unos cuantos entre las manos. Aunque debo concederle que no comía los canapés de caviar, es que le sabían a pescado y él detesta el pescado. Es una de las escasísimas menudencias culinarias que están excluidas de su dieta, ya hemos visto lo que ocurría con la cerveza.

Al banquete también había asistido su cliente. El cual estaba impaciente por saber los resultados de la investigación. Entonces, mi amigo le dijo:

—Muy bien. Acompáñeme al salón rojo.

Fue en el salón rojo donde mi amigo se entrevistó por última vez con su cliente, aquel hombre anciano enamorado de la víctima.

Llegaron al salón rojo. Mi amigo cerró las puertas y dijo:

—Puede tomar asiento.

El anciano tomó asiento.

—¿Está disfrutando de la fiesta? —preguntó mi amigo a su cliente.

—Por supuesto, señor. Claro que la disfrutaría mejor si oyese a aquella pianista.

—Solo tengo otra pregunta: ¿Por qué me contrató para resolver su crimen?

Mi amigo me contó que cuando formuló esa pregunta el anciano volvió a llorar, desplomándose en la silla.

—Es que deseaba que alguien más lo supiera, pero no tenía el valor de confesarlo abiertamente —respondió entre sollozos—. Pero, ¿desde cuándo sabe que fui yo? —preguntó, sorbeteando por la nariz.

—Desde que le vi llorar cuando llegaban a interpretar las notas más altas del piano, en especial la nota Si de la octava más alta. Pero no debió quitarle los ojos, ese es un trabajo muy macabro, señor, no es propio de un caballero como usted. Y solo porque ella gustaba que se le admirase, no es motivo para que le quitase la vida. ¿Es que no sabe que era un artista?

Mi amigo me dijo que el caballero lloraba a mares. Y que solo pudo formular una última pregunta:

—¿Por qué no me dijo desde el principio que sabía que fui yo? Yo siempre lloro cuando tocan esa nota.

Era la misma pregunta que yo le iba a formular a mi amigo, ¿por qué no había aclarado desde un principio el caso? Él me repitió la respuesta que dio al anciano, contestando con su habitual gesto de peinarse hacia atrás:

—Mi buen amigo, debía afianzar mis sospechas, y, además, es que iba a extrañar el club, sus privilegios y todo sin pagar.

Eso me aclaró el asunto.

 

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Beda Estrada (Chile, 1979)

fotobedaestrada

Beda nació en Tomé, VIII Región de Chile. En dicha ciudad costera cursó sus estudios de primaria y secundaria. Estudió Dibujo y Proyecto en la Universidad Federico Santa María, Sede Talcahuano, Chile. En el año 2001 ingresó en el Monasterio Benedictino de Las Condes, en donde reside actualmente y desde donde han volado al espacio literario novelas, cuentos y cómics.

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