Cuento: Cristián Pino

Folie à deux

Ya sé que parecerá ridículo que salga con algo como esto después de tantos años y que será incluso peor si lo digo de la forma que está armándose en mi mente y que exponga el recuerdo de este asunto como si fuese una verdad incontestable pero siempre hallé más consuelo en la brutalidad de una certeza horrible que en la posibilidad dulce de una duda. Tuve un amigo que era un Nicolás y tuve una novia que era una Catherine. Nicolás tuvo una novia que era una gringa y que era medio putona sin que estas dos cosas se relacionen de forma alguna, salvo que por ser gringa se volvió a Estados Unidos y por ser putona hizo todas aquellas cosas que Nicolás se empeñaba en justificar como normales.

Catherine y yo partimos un día a lo de Nicolás para saber de él porque después que la gringa lo dejó no había dado señales de vida y estábamos algo preocupados. O yo estaba preocupado por él y Catherine solo me acompañaba a visitar a mi amigo a quien no conocía demasiado o quizás no conocía nada. Puede que ese mismo día los haya presentado y que hoy sea incapaz de precisar sobre este asunto.

La casa de Nicolás estaba por allá en el barrio alto aunque con él habíamos sido amigos desde los tiempos en que ambos vivíamos de Plaza Italia para acá. Ahora el vive de Plaza Italia para allá y yo sigo donde mismo. De Catherine no tengo ni idea y de la gringa menos.

Nos salió a recibir el salchicha que más parecía un juguete que un perro y que tenía la costumbre de sobajearse contra los muebles y las pantorrillas sin pudor alguno. A Nicolás le causaba mucha gracia que el bendito salchicha se hubiese abalanzado tan impetuosamente contra las piernas de Catherine y que ésta pareciera no inmutarse ante la demostración de lujuria de ese falo con aspiraciones de perro. Catherine le dio un par de vueltas y tuvo al salchicha rendido a sus pies como un guardián celoso de la hembra conquistada. Esto le causaba todavía más gracia a Nicolás que reía a carcajadas y tanto más a medida que quemábamos algo de hierba.

Vivía solo con ese perro amariconado que había sido de su gringa putona y que era el único recuerdo del que no intentaba desprenderse. La estupidez fue mía al preguntarle cómo estaba y darle pie así para que nos contara durante largas horas toda la vía crucis que había experimentado producto de la partida de su novia Amy.

Por supuesto, Catherine y yo habíamos discutido unas cuantas veces sobre éstas cosas como toda pareja. Siempre está esa idea en lo profundo [a veces no tanto] de experimentar con otro cuerpo, con un cuerpo distinto al de la pareja. Supongo que esto debe ser incluso más en aquellas parejas jóvenes que no han tenido mayor experiencia por separado. Aparece la curiosidad del amor libre, de los tríos, los cuartetos y otras formas exóticas de disfrutar del cuerpo. Y luego la curiosidad se estrella contra los celos, las inseguridades y la necesidad de posesión. Así es que mejor dejémoslo así, mejor que no, podría ser el fin de nuestra relación y no sé, no quisiera verte con alguien más.

Pero la gringa de Nicolás tenía otras cosas en mente y así se lo hizo ver de una manera un tanto explícita un día, montándose sobre uno de sus amigos gringos a quien nunca conocí. Habían estado así mismo como estábamos ahora salvo que ahora éramos Nicolás, Catherine y yo y en esa anécdota narrada por mi amigo eran Nicolás, Amy y el amigo gringo. Y Amy se montó sobre el gringo y Nicolás sobre Amy. A la semana siguiente el gringo llevó a su novia para de algún modo compensar a Nicolás y de paso aprovechar de volver a tirarse a Amy. Según Nicolás este asunto fue una maravilla y había funcionado perfectamente. El problema con Amy fue de una naturaleza completamente diferente y no se relacionaba de forma alguna con la imagen tan curiosa de su novia engullendo a otro en sus narices. Nicolás decía que los celos eran para los débiles, que si confiaba en su novia no importaba nada y que quién era él para prohibirle gozar de su sexualidad como le viniera en gana.

Entre la hierba y el Aire de Bach se me hacía dificil digerir los postulados tan modernos que planteaba mi amigo. Una sensación algo confusa respecto de la honestidad de sus ideas se estaba apoderando de lo que quedaba a esa hora de mi entendimiento. Pero Bach ha sido siempre un pantano en el que me hundo inevitablemente y que me saca de la carne misma. Nicolás y yo habíamos escuchado Bach muchas veces antes y habíamos comentado lo fácil que es perderse de la realidad escuchando Air y más todavía si se lo acompaña de algo de hierba como ese día y peor si se destapa una botella de blanco porque ahí el efecto se triplica. Catherine estaba muy interesada en saber los detalles de esos encuentros de Nicolás y su novia con la otra pareja. Habíamos hablado el asunto y ambos concluímos que para nosotros era mejor no cruzar la línea entre fantasía y realidad porque después no hay regreso posible y no se puede des-ver la imagen de tu novia cabalgando sobre alguien más o la de uno perdido entre humedades que no son las de ella. Catherine estuvo de acuerdo que verme dándole a otra lo que era de ella sería casi imposible de tolerar. Pero estaba interesadisima en la conversación que proponía Nicolás y en saber cada detalle de cómo había sido y los cuerpos y en qué direcciones y cómo les caía la luz encima y acaso en la cama o en el living ¿Pero cuántas veces? ¿Solo con ellos? ¿Quizás con otras parejas? y tal vez Amy lo había hecho antes.

Dvorak, requiem. Mis sentidos iban ya por el quinto cielo. Otro caño, otra botella y esa sensación de estupidez voluntaria que me transforma en una bolsa humana, capaz solo de seguir absorbiendo y no de mucho más. Incapaz completamente de usar el juicio racional y por lo mismo desprovisto de toda defensa. Veamos Ojos bien cerrados. Y era como una recreación. Tom Cruise echado sobre sus celos y su cama. Nicole Kidman narrando sus fantasías con el marino. Perdón, los personajes, no los actores. La simulación, no la realidad. El doctor diciendo en el humo de un caño que ardía de celos por la confesión de su mujer. No le había tocado un pelo al marino pero lo hubiese hecho. El doctor que invitaba en su imaginación al tercero a la cama y su fiebre celosa que se multiplicaba hasta volverse obsesión. Catherine a mi derecha, Nicolás a mi izquierda y los tres ebrios y volados sobre la cama de Nicolás viendo Ojos bien cerrados a las cuatro de la mañana.

Catherine y Nicolás tenían en común esa capacidad para hablar durante horas casi sin tomar aire. Yo jamás he podido hacer algo así ni me interesa aprenderlo. Mi locuacidad es limitada y la hierba, el vino y el sueño la reducen casi a cero. Era, por supuesto, esperable que ambos pudiesen hablar animadamente y sin mediar pausa alguna incluso si a ambos se les desaparecían los ojos de la cara producto de la borrachera.

No recuerdo haber visto el final de la película. Catherine tenía frío y se apegaba a mi cuerpo. Yo la rodeaba con el brazo derecho e intentaba mantenerla cómoda. Nicolás estaba a mi izquierda siempre, no tan cerca como Catherine pero bastante cerca. Había sido un día largo, el vino y la marihuana. Entonces me dormí con los ojos bien cerrados.

Cuando desperté estábamos los tres en la misma posición en la que recordaba haber estado antes de dormir.

Nicolás y Catherine ya no hablaban de la gringa sino de cualquier otra cosa que ya no recuerdo. Fue como si apenas hubiera pestañeado y en ese pestañeo murieron unas seis horas. El sol había salido hacía rato en el barrio alto y Nicolás ofrecía huevos con tocino y café con leche.

La conversación derivó al tema de los tatuajes. Catherine tiene varios de ellos en zonas estratégicas de su cuerpo. Nicolás siempre decía que quería hacerse un tatuaje y tengo la impresión que al repetir este deseo incluyó un ‘como el tuyo’ al final de su oración y Catherine siguió hablando de los diseños y de su amigo tatuador quien le había hecho el otro y Nicolás asentía diciendo que ese no le gustaba tanto. Al final de ese ‘tanto’ vino un tiempo eterno como de horas metidas a la fuerza en un disfraz de segundos y las expresiones se congelaron en una nada que podía ser un todo pero del que no había ninguna certeza y del que hoy solo tengo el recuerdo del salchicha aún afanánfose con la pantorrilla de Catherine bajo la mesa de Nicolás.

Yo sentí una repentina necesidad de irnos y Nicolás insistió en que volviésemos la próxima semana, que tenía un vino excelente por llegar de pedido y que podríamos ver otra película y a ver si es que esta vez no te quedas dormido y ha sido un gusto. Catherine es encantadora y se ven muy bien juntos, de verdad que hacen buena pareja y Catherine casi chuteando al perro le hizo saber que su reinado de salchicha depravada había terminado en ese momento y hasta luego Nicolás, para la próxima me cuentas qué pasó con la otra pareja y la mirada de Nicolás cayendo justo al centro de la mirada de Catherine y el tema de las parejas que de pronto se volvía a encender y a adquirir tanta importancia. Después el golpe de la reja al cerrarse tras nosotros y ¿te pasa algo? pero no, no me pasa nada, es solo que me carga ese perro maricón.

Y después de todos estos años parecerá medio ridículo que lo diga de esta forma pero nunca más volví a su casa.

Imagen destacada: Cisnes reflejando elefantes, por Salvador Dalí. óleo sobre tela.

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Cristián Pino
Santiago, Chile (1982)

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Como Amar Azul, yo tomo vino y cerveza. Hago clases. Leo, leo, leo. Escribo compulsivamente pero no muy bien. Tengo algunos gatos o algunos gatos me tienen a mí. Ya pasé los treinta y por lo mismo no importa demasiado. Publiqué mi primer libro de cuentos “Una persona” en 2017.

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