Cuento: Kevin Finnerty

La espera

 

Ayer

de tumbo en tumbo

Hoy

de tumba en tumba

            Nicanor Parra

 

Hoy

En el 2009 me fui de la casa. En realidad me echaron. Ándate maricón concha de tu madre fueron las palabras que ella usó. Palabras que me quedaron grabadas por mucho tiempo o tiendo a pensar de esa manera para recordar que alguna vez estuve enamorado de ella, de María Soledad.

Nuestra relación ya venía marcada por varios momentos álgidos y de duras peleas. No hacíamos el amor hace varios meses y cuando se emborrachaba siempre me lo sacaba en cara.

Realmente no me importaba, la escuchaba mientras me fumaba el último cigarro de la noche. El último de la cajetilla azul de los Pall Mall, el cigarro huacho, como le decía mi viejo. Al otro día me pedía disculpas, hasta que se volvía a emborrachar y me lo volvía a sacar en cara.

Cuando dejó de disculparse supe que la relación se había terminado, que todo se había ido a la mierda.

Pero continuamos, ese fue el error.

Mi error.

Ayer

Conocí a María Soledad en la Universidad, cuando ella recién cumplía los 18. Yo tenía 21. Demás está decir que la diferencia de edad no se notaba. Al contrario, muchas veces fue ella la que parecía mayor. No por un tema de apariencia sino, más bien, un tema de actitud.

Entramos a primer año de arquitectura el 2002. Mismo año del mundial de fútbol de Corea del Sur/Japón. Primer mundial organizado por dos países. Primero en realizarse fuera de América y de Europa. El primero en Asia. El primero donde dejé de tomar cerveza y comencé con la piscola. Lo que más recuerdo de ese mundial, algo que pocas personas recuerdan, son las mascotas: Ato, Kaz y Nik, tres extraterrestres que llegaron a la tierra para ver de qué se trataba el mundial. Una completa insensatez. Miré la final (Brasil contra Alemania, Ronaldo metió los dos goles que le dieron la copa número cinco a la selección de Brasil) en una tele que se desintonizaba con el viento. Los últimos 15 minutos de partido no los vi, no por el viento, sino porque estaba borracho. En el 2002 era un borracho de mierda.

En el 2009 también.

En el 2005 me retiré de la carrera. Motivos no me faltaron, entre ellas puedo mencionar la vagancia, problemas familiares, desmotivación, aburrimiento. La principal creo que fue esta última: aburrimiento. Aunque hasta los días de hoy, no estoy muy seguro de que esta haya sido la verdadera razón.

Ese mismo año comencé a trabajar en un quiosco, vendiendo diarios, café, cigarros sueltos y revistas porno.

María Soledad, por su parte, continuó estudiando y siguió conmigo. En el 2006 terminó la carrera, se tituló y comenzó a buscar trabajo. Yo, en cambio, seguí en el quiosco y me aumentaron 10 mil pesos en el sueldo. Por antigüedad y porque le caía bien al dueño.

En el 2007 María Soledad consiguió un muy buen trabajo y continuó conmigo. No por pena sino porque me amaba y la hacía reír. Nunca me lo dijo pero yo lo intuía y con eso me bastaba. Con eso siempre me bastó.

En el 2007 María Soledad, sacó un préstamo y se compró una casa. Me dijo que viviéramos juntos y le dije que sí, que quería vivir con ella. Me dijo que cambiara de trabajo y le dije que no, que no me iba a cambiar de trabajo. Me gusta mi trabajo le respondí, aunque la palabra usada creo que fue hábito y creo que también usé la palabra miedo, aunque de esta última, no estoy completamente seguro. Me dijo que no importaba, que me amaba y que quería vivir conmigo. La discusión duro 25 minutos, pero conversamos solo 15.

Así pasaron 6 meses.

Nos cambiamos de casa a principios del 2008. Era una casa antigua con un patio gigante, muy cerca de su trabajo y muy lejos del mío. Ella tenía horario, me decía, que cumplía responsabilidades importantes y que no podía llegar atrasada. Yo le refutaba la idea, diciendo que mis responsabilidades eran igual o más importantes que las de ella. Pero mi justificación llegaba hasta allí. Ambos sabíamos que era mentira, pero aun así me hacía el ofendido y me amurraba por un par de horas hasta que se me acercaba por la espalda y me abrazaba diciendo que sí, que mis responsabilidades eran iguales a los de ella. O más importantes le completaba yo, y reíamos. Ella reía de forma trágica, como una forma de superación personal, yo reía de forma silenciosa, ahogada. Pero ambos nos reíamos. Nos reíamos de verdad.

Y así pasaron otros 6 meses.

El quiosco donde yo trabajaba se llamaba “El Trajín de Don Gallo“. Imagino que “Don Gallo” era Don Alberto, el dueño, aunque nunca lo confirmé, nunca lo pregunté y nunca me importó. Don Alberto era amigo de mi papá, era un tipo grande, maceteado, más joven que mi viejo pero se veía más maduro y con más experiencia en la vida. Más vividor decía mi mamá. En efecto, había vivido en París y en Barcelona por muchos años y cuando se juntaba a tomar whisky con mi papá, un whisky añejo, alardeaba sobre sus viajes, lo hermosas que eran las francesas y las italianas y su experiencia con ellas; sobre el clima y los bares, la vida bohemia y las mujeres. Sobre todo hablaba de las mujeres. Podía pasar horas hablando de una vagina y de las pequeñas y delgadas manos que le agarraban el miembro y se lo sobaban una y otra vez. Yo fingía mirar tele, los escuchaba mientras les daba la espalda, sentado en un sillón de cuero blanco. Se reían mientras yo me divertía viendo al Chacal de la Trompeta de Sábado Gigante. Imaginaba a algún concursante con problemas de ira enojándose con el trompetista, pegándole, metiéndole la trompeta por el culo y a Don Francisco gritando: “¡yyy fueraaa yyy fueraaa!” y me reía solo. Don Alberto pensaba que celebraba sus historias, se acercaba tambaleando, muchas veces afirmándose sobre un sillón que se interponía entre él y yo, y me preguntaba si me iría con él a conocer a las mujeres europeas. Yo le decía que sí, por qué no y me tocaba la rodilla y me hablaba con aliento a whisky y me preguntaba si me iría con él a París y yo le decía que sí, por qué no y subía su mano hasta tocar mi muslo, cada vez con más fuerza. Hasta que aparecía mi papá y Don Alberto me soltaba con una especie de aturdimiento. Yo seguía mirando Sábado Gigante, pero con miedo o con excitación, que en este caso vendrían a ser algo parecido, porque el miedo irremediablemente se termina convirtiendo en excitación.

Por muchos años solo vi a don Alberto de pasada. Se asomaba por la ventanilla del quiosco, me preguntaba cómo estaba y si necesitaba algo. Siempre le respondí que estaba bien y que no necesitaba nada. Me pedía un café y una cajetilla de cigarros y se iba, y que lo llame si necesitaba algo. Nunca me dio su número pero siempre repetía lo mismo, muchas veces como una rogativa. Si necesitas algo me llamas, decía, cualquier cosa.

Por mucho tiempo pensé en Don Alberto como el verdugo de Sábado Gigante.

Por mucho tiempo pensé en Don Alberto como el amigo gay de mi papá.

Por mucho tiempo pensé en Don Alberto como el que me corría mano cuando se emborrachaba.

Por mucho tiempo pensé en Don Alberto como el Jesucristo de los                                   homosexuales.

A los 2 años de trabajar en el quiosco, comencé a fumar hierba dentro, y una que otra cerveza por las mañanas. Más que vicio era aburrimiento. Siempre he creído que el vicio toma de la mano al aburrimiento y lo lleva por un camino que termina en desesperación y, éstos, en intermitentes momentos de lucidez. Cosas que a mí, lamentablemente, nunca me llegaron.

A don Alberto no le importaba gran cosa. Se hacía el desentendido cuando veía una lata de Escudo vacía en el piso, o restos de un cogollo a medio consumir sobre las boletas. Solo me decía que si sacaba cigarros los pagara, o si comía algo lo pagara, cosa que, indudablemente, nunca hice.

Cuando cumplí los 3 años trabajando en lo mismo, pasaba más tiempo en el quiosco que en mi casa. Comencé a sentir más libertad dentro de esos pocos metros cuadrados a comparación de la tremenda casa que me esperaba después de mi jornada laboral.

María Soledad, por su parte, se iba muy temprano en las mañanas y volvía en la noche. Salía los fines de semana con sus colegas y llegaba en la amanecida. Nunca se portó así en la Universidad, al contrario, fue una alumna modelo, tranquila y lejos de sus compañeros carreteros. Por eso sentí que lo hacía como una venganza, una revancha consigo misma. Esa siempre fue mi justificación. No nos veíamos mucho y las fantasías de una vida familiar se esfumaban poco a poco dentro de una neblina incauta de inseguridades. Inseguridades que en mi caso coartaba mi trabajo: los adictos a la nicotina y a la pornografía, a mi alcoholismo (de cierta manera, más aceptado pero nunca, por ningún motivo, tratado) y a mi insomnio cada vez más tolerable. Me masturbaba con las revistas Playboy que sacaba delicadamente de sus envoltorios, como si de un trabajo de neurocirujano se tratase. Las hojeaba lentamente y me masturbaba con imágenes de mujeres rubias y sus miradas y tetas falsas. Lo hacía con desdén, como una especie de arte, como un desafío y, a veces, como un crimen. Esparcía el semen, todavía tibio, por las hojas y las cerraba y las dejaba en sus envoltorios. Listas para vender.

Creo que vendí todas esas revistas. Creo que las vendí por el solo hecho de que estaban con mi semen. Creo que las compraban por eso y yo las vendía por eso. Por mi semen.

Por mucho tiempo pensé en Don Alberto como la Virgen María de los maricones.

Un día me emborraché con una botella de pisco. Un Capel de 35. Comencé bien temprano. A las una de la tarde ya estaba completamente ebrio. Recuerdo que les gritaba a las personas que pasaban por fuera del Trajín, como un imbécil. Recuerdo que le grité a una chica parecida, o que en ese momento encontré parecida, a María Soledad. ¡Te odio! ¡Odio tu risa falsa y tus amigos profesionales! ¡Tus amigos arquitectos que construyen puras weas! dije en un aullido. Creo que ni siquiera se dio vuelta. Creo que ni siquiera abrí la ventanilla para gritar.

En realidad odiaba ese mundo. Mundo al cual nunca pertenecería, mundo vetado para mí y por mí, pero no para ella y no era por el solo hecho de que ella hubiese estudiado. Yo me sentía incapaz de codearme con gente así. En medio de mi borrachera se me vino a la cabeza la vez que me invitó a una cena de trabajo. Si te preguntan en que trabajas, di que atiendes un negocio familiar, una distribuidora, me dijo. No me avergüences decía. No la cagues repetía, una y otra vez. Los vinos Carmenere y Syrah, las copas gigantes que se llenaban solo hasta la mitad, todo rodeado de buenos modales y dientes que usaron frenillos sonreían. Yo miraba y no me reía. Las bromas no me causaban gracia, no las entendía. A la memoria me llegaban imágenes de Don Alberto y lo imaginaba con francesas e italianas. Con franceses e italianos. Franceses e italianos con mi rostro, altos y bellos. Una belleza sin tinturas de pelo o maquillaje. Una belleza real, sin adornos.

Nunca más volví a juntarme con los amigos de María Soledad. En realidad María Soledad nunca más me invitó.

Ese día, día de mi borrachera en el quiosco, me quedé a dormir en el Trajín. Tenía un pequeño calefactor que puse a mis pies, dejé mi chaqueta como sábana y dormí con los brazos entrecruzados, como un vampiro. Como un vampiro borracho y maricón.

Soñé que estaba en la cima de un edificio. Un edifico que se usaba como un mirador y como una torre suicida a la vez. Habían 2 puertas, una café y una amarilla, y antes de salir a la azotea, un tipo de tez negra con traje azul marino y una sonrisa casi perfecta te recibía y preguntaba qué puerta querías cruzar: la café para mirar la ciudad. Mirar una ciudad lleno de rascacielos y nubes que daban la sensación de estar pisando una alfombra completamente sucia o la puerta amarilla, la puerta de los suicidas, la puerta de los valientes. Elegí la puerta amarilla. El tipo de sonrisa casi perfecta me felicitó por mi decisión, una decisión de la que no te arrepentirás me dijo, casi en un sollozo, al oído. Su sonrisa ya no me generaba confianza, más bien generaba intimidación, pero en ningún lugar generaba algo parecido al terror. Crucé la puerta sin vacilar. Para mi sorpresa, me encontré con varias personas que me produjeron una especie de esperanza, como si se tratasen de viejos conocidos. Había una niña que me trataba de explicar por qué no crecía. Una señora de edad que me sonreía con una dentadura postiza echa de teclas de piano. Un pianista de un pub con brazos postizos que los dejaba en una caja con forma de guitarra. Todos se encontraban en una fila ordenada, esperando su turno para saltar. Cuando llegó mi turno me encontré de frente con la ciudad, una ciudad horrorosa. Una ciudad totalmente desconocida. Cerré los ojos y me lancé. Desperté con la camisa pegada a mi cuerpo y con un dolor de cabeza espantoso. Comenzaba a amanecer y tenía 7 llamadas perdidas de María Soledad. Apagué el celular, me serví un café y me fui a la casa. Esperando evitar un encuentro con María Soledad. Esperando un desencuentro. Un encuentro inexistente.

Llegó la época de vacaciones. Llegó el verano y llegó el tedio. La venta de cigarros bajaba notoriamente aunque la venta de revistas porno se mantenía. Incluso aseguraría que se incrementaba un poco. Tal vez los profesores no encontraban nada mejor que hacer, que masturbarse durante todo el verano, como una enfermedad. Como un desquite. Como una terapia.

Sentía que María Soledad igual estaba de vacaciones, ya no la veía. No me importaba verla. Y a ella no le importaba verme.

(Siento que el amor es un acumulo de errores perdonables, que de eso se trata. Cuando los errores pequeños se tornan grandes después del tiempo y, sobre todo, después de que la tolerancia es menor que en un comienzo, es momento de terminar y comenzar un nuevo proceso o, mejor aún, no comenzar nada y pudrirte en tu mierda).

Pero continuamos. Ese fue su error.

¿O nuestro error?

Una tarde llegó Don Alberto, medio borracho y asustado. Entró al quiosco y sacó una petaca de whisky y me tendió un poco. Acepté y me confesó que hacía tiempo que el negocio iba mal, que ya no vendía, que solo lo mantenía por mí, pero ya no podía seguir trabajando allí, que había tomado la decisión de vender el quiosco y volver a Europa. Lloró, lo traté de consolar pero él no quería que nadie lo consolara. Siguió tomando. Seguimos tomando. Tomando y fumando. De un momento a otro comenzamos a tocarnos, a besarnos, a quitarnos la ropa, a hacer el amor. Con fuerza, con rabia, con dolor. Nos quedamos esa noche allí, en el suelo duro, húmedo y sucio. Tapamos la ventanilla con su chaqueta y usamos la mía como almohada. Desnudos. Inquietos. Nos sentíamos prófugos. Escapábamos de algo.

Esa noche me habló de Barcelona y de París, dos ciudades, según él, en que se concentraba la cultura europea y a ratos, la cultura y el arte hispanoamericano.

Me habló de Las Ramblas y del Raval de Barcelona y de Montmartre de París, como lugares especiales, donde el tiempo se detenía o, más que detenerse, el tiempo se adaptaba a ti, como una sábana, me decía, o como las serpientes que actúan según tus movimientos. Mencionó otros lugares, pero ya no me importaba, no lo escuchaba. Dormimos abrazados y en silencio. Me desperté 3 veces durante la noche. Dos de ellas llorando.

Esa noche no recibí llamadas de María Soledad.

Con el tiempo seguimos tirando en el quiosco y en alguno que otro motel barato.

Por el momento seguía yendo al quiosco, más como un hábito que interés personal.

Dejé de ir al Trajín de un día para otro. Una mañana, no me levanté, así de sencillo. Dejé de fumar y de tomar durante las mañanas. Fue la parte más difícil de dejar el trabajo. No me acostumbraba a la lucidez o a la sobriedad. La realidad me era insufrible. Llevaba 4 años haciendo lo mismo, ahora eso se había difuminado. Había desaparecido para siempre y yo seguía igual que hace 4 años, solo que más viejo y más demacrado, frente a una realidad que se me presentaba de frente, sin aviso.

Don Alberto comenzó a visitarme durante las mañanas, y a veces por las tardes, aprovechando la ausencia de María Soledad. Ausencia de una manera abstracta, sabía que existía pero no la veía.

Nos quedábamos durmiendo toda la tarde después de tirar toda la mañana, o viceversa o a veces, simplemente, no dormíamos.

Muchas veces nos quedábamos en silencio. Silencios prolongados que se mantenían por largos periodos de tiempo, hasta que un aullido los rompía. Se escuchaba un ladrido de perro callejero a la distancia o un perro perdido buscando a sus dueños. Un auto estacionándose fuera de la casa. Un ruido conocido. Ruidos de llaves en la puerta mientras el ladrido del perro se repetía una vez más, pero esta vez era más cortante y breve. Hasta que la puerta se abría y los ruidos pasaban a segundo plano.

 

Hoy

La historia terminó de una forma abrupta y vertiginosa. Imágenes pasaron como fotografías por mi cabeza. Vi a María Soledad sorprendida, o más bien asqueada de encontrarme con Alberto en lo que alguna vez fue nuestra cama. Vi a Don Alberto yéndose de lo que alguna vez sentí como mi casa. Yéndose a Barcelona o a ese París soñado del que tanto me habló. Vi a María Soledad gritándome: ándate maricón concha de tu madre, con todas sus fuerzas. Como una especie de justificación. Me vi en la noche, sin paradero, con un par de cigarros en mi bolsillo y sin encendedor. Siempre faltaba algo, por la mierda, siempre falta algo.

Pienso en que pude terminar en París con Alberto.

Pienso en que pude seguir con María Soledad.

Pienso en que alguna vez pude ser feliz.

Pero la realidad era otra. La realidad era ésta. Una realidad en donde terminaba solo pero medianamente feliz. No recuerdo haberme sentido así. Con esa sensación de libertad.

Recuerdo que me senté en una banca y me puse a mirar a la gente. Pero la gente no pasó. La gente no pasaba a esa hora. Pero seguí esperando. Seguí esperando porque no tenía apuro y nadie me tomaba el tiempo. Nunca nadie me tomó el tiempo.

 

Kevin Finnerty

(Chile)

foto

Mi nombre  no interesa en lo más mínimo. Me gusta llamarme Kevin Finnerty, las razones no vienen al caso. Tengo 29 años y soy de Punta Arenas. Más que escritor me autodenomino un “buen lector” o trato de serlo. Como dijo el maestro Borges: Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído.

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