Cuento: Cristian Leyva Meneses

Cualquier Día

Despertó, con la firme convicción de seguir siendo un hijoputa. El exceso de cocaína de la noche anterior le había hecho despreciar todos los manjares que el pacifico panameño tenía para ofrecerle. Justo a la izquierda de su cama, conservaba el suficiente polvo empaquetado como para complacer a todas las trompas ansiosas que merodean por Wall Street. Sus órbitas juguetearon un poco, hasta que por fin pudo ponerle orden a sus electrocutados estímulos. Apartó a la rubia que yacía durmiendo sobre su pecho, noqueada por la borrachera. El implacable tinnitus que hacía vibrar sus tímpanos, se apartó de él. Y, como con aires de gran mercenario, se puso a pasearse desnudo por la habitación.

Le bastaron algunos minutos, miró al horizonte mañanero desde su balcón, y quiso lanzarse al vacío para morir despedazado al estrellarse con las rocas de la playa y que sus restos se los llevase el mar. La ciudad aún no despertaba, ningún vecino lo vio aferrándose a los barandales, alternaba de brazo e incluso hizo un par de dominadas. Reía con superficialidad, acomodó su cuerpo en una hábil voltereta para quedarse colgando de cabeza, mientras repetía incesante una frase que era la apertura de un poema escrito por un anciano satánico “Un círculo Ilusorio es la existencia, y su centro hipotético es la nada…”

Permaneció en esa posición, hasta que comenzó a sangrar por la nariz. Se recostó en el piso, la sangre recorría su pecho, el seguía riendo.

La prostituta trató de ponerse en pie, pero se fue de bruces y tumbó la lámpara de la mesita de noche. El estruendo fue explosivo. Se arrastró por el piso buscando los billetes de su paga, su negro maquillaje corrido contrastaba con la blancura marfilada de su rostro, los vidrios le lastimaron, temblaba, conmocionada por su torpeza y por los psicotrópicos que alteraban sus neuronas. El hombre la miró con el desprecio de quien contempla una animal herido estorbándole en la carretera. Vanessa, cariño, mira todo el desastre que has causado. Le dijo, lo mejor será llamar a una empleada para que venga a limpiar todo esto. La prostituta le miró sin comprender nada de lo que él le decía, apenas si era una adolescente descarriada, a lo mejor era su primera vez en un hotel cinco estrellas con un delincuente de alta categoría: de los que pueden comprarse la lealtad silente de cualquier administrador.

El hombre le tiró una manta para que se cubriese y dos generosos fajos de billetes. Mandó a pedir el desayuno por teléfono y fue a ducharse. Al cabo de un rato, una empleada obesa llamo a la puerta para entregar el pedido. El hombre, que estaba terminándose de vestir, la saludó cordialmente. Necesito que llames a un doctor para que atienda a mi amiga, añadió serenamente y sin hacer contacto visual. Sacó su pistola de una caja de zapatos de debajo de la cama, y sin mostrar ninguna preocupación al ser visto por la empleada, la guardo en su respectiva funda y salió de la habitación.

En el pasillo, lo estaba esperando un colega que le recordaría siempre “Las rutas marinas para el tráfico con lanchas, no son ni la mitad de rentables de lo que solían ser”. Se fueron a un prestigioso restaurante, en el que comieron y tomaron los primeros tragos del día. Coordinaron las finanzas del cartel y dieron instrucciones precisas (vía correo electrónico) para la ejecución del siguiente asalto criminal para la defensa de su territorio.

Salieron de allí, su colega propuso seguir bebiendo cócteles en las chozas que quedaban cerca a la playa. La tarde aún era joven, las conversaciones ociosas y los tragos exóticos eran parte del trabajo. El primer hombre se sentó en una mesa apartada, mientras su colega conversaba con algunas voluptuosas lugareñas. Pidió que le pasasen un bolígrafo y un papel. Hoja en la que trató de describir sus extensas pesadillas de la noche anterior, no había punto de partida para su texto. Era indispensable que aflorara su subconsciente, había tensiones que liberar.

Si se concentraba mucho, solo obtenía un punzante dolor de cabeza. La palabra Neuralgia sonó en su mente, como una revelación divina. Se limitó a  dejar que su mano se pasease por los alfabetos que conocía. “somos las habladurías de unos miserables perros mojados, silabas inciertas moviéndose en los labios resecos de un loco moribundo. No tengo nada en esta vida, más que miles de millones que no me alcanzaré a gastar y vulvas de jovencitas que me querrán atorar cuando se los demuestre, no sé…”

El saludo de un cantante callejero interrumpió sus meditaciones, el muchacho se quitó el sombrero antes de comenzar a cantar sus alegres melodías tropicales, quería mostrar respeto ante los empresarios que movían los honorables recursos de la patria.

 

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Cristian Leyva Meneses

(Colombia)

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Cristian Felipe Leyva Meneses (Armenia – Quindío, 28 de mayo de 1997) Estudiante del programa de diplomado en música del Instituto de Bellas artes Adscrito a la Universidad del Quindío; Músico, Compositor, Poeta y Escritor. Ha difundido su trabajo Literario y Musical en espacios alternos en varias ciudades colombianas. También difunde sus escritos en sus redes sociales personales y en su blog  Corpus Felipe Gárnifex  el cual ha cosechado diversas críticas de personas en Colombia, Chile, Ecuador, Perú, España y México.

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