Cuento: Beda Estrada

Intercambio de corazones

 

Mi amigo me contó que durante este caso afloraron a su memoria recuerdos de su infancia.

Su abuelo tuvo un taller de juguetes y ese taller estuvo situado en una de las habitaciones de una casa grande conocida como el Castillo Rojo, rojo por el color exterior de sus muros antiguos. Con el tiempo, esa casa fue transformada en un hotel de lujo y fue, precisamente, en aquel hotel en donde ocurrió un hecho verdaderamente sangriento.

Todo comenzó el día en que fue hallado un matrimonio de ancianos muertos en una de las habitaciones de aquel hotel. Ambos estaban acostados en la misma cama. Ella tenía el corazón de él entre sus manos y él tenía el corazón de ella entre las suyas.

—Un suicidio era imposible —me dijo mi amigo, limpiándose de la barbilla las migas y los trozos de fruta confitada del Pan de Pascua que le había reservado para dárselo por ser Navidad.

Yo, debo confesar, al principio me sentí más atraído por la descripción que él hizo del hotel que por los detalles forenses. Un hotel de los años 20 con cada habitación decorada según los distintos talleres que allí alguna vez funcionaron. Los salones con sus muros boiserie de madera oscura y los sillones tapizados en terciopelo morado y los muebles estilo imperio, candelabros y lámparas y la escalera de madera. Algo que me hubiese gustado ver. Bueno, quizás algún día me anime a tomarme unos días libres allí.

Sin embargo, mi amigo no se molestó en lo más mínimo para estar toda una semana “gozando de su estadía en el hotel”, como me dijo él mismo. Quién había solicitado sus servicios había sido la dueña del hotel, quien no estaba satisfecha con la investigación tradicional que estaban llevando los detectives. Además, ellos simplemente iban y venían, y ella deseaba a alguien que estuviera fijo allí, que llegase a una solución y que garantizase la seguridad de sus inquilinos.

Entonces, mi amigo le contestó:

—Usted puede estar tranquila, yo le aseguro todo lo que usted desee. Claro que si muere uno o más en este hotel, eso yo no se lo aseguro, al menos, no la cantidad exacta. ¡Ja, ja! —rió.

—Yo no le veo la gracia, cuando peligra el número de clientes que se alojarían en el hotel —dijo la dueña, que, por cierto, dio claras muestras de que no le hizo para nada gracia la broma negra que acaba de oír. Bueno, mi amigo siempre se quejaba que las personas tenían muy mal sentido del humor, en especial, cuando él hacía las bromas.

—Por supuesto, mi querida señora, eso de los clientes siempre es preocupante —le contestó él.

Luego, pasó a describirme la habitación en la que el matrimonio fue hallado:

La habitación estaba en el segundo piso. Era amplia, poseía una ventana que miraba hacia el patio. También estaba el baño, una cama, un gran closet antiguo. Los muros estaban empapelaos con un papel mural con diseño de patrones antiguos, pues, la dueña del hotel le explicó a mi amigo, esa habitación había sido antes un taller para vestuaristas especializados en confeccionar trajes para la ópera. Mi amigo pareció alejarse del tema contándome que alguna vez había ido a ver una ópera, la cual duró más de tres horas. De la ópera, al final, solo recordó lo que comió entre actos, porque el resto se lo había dormido todo. Como también me contó que estando en el hotel había podido dormir a sus anchas y también había aprovechado de leer varios libros de género fantástico que tenía en una lista de “cosas en espera de poder hacer algún día”.

El hotel era servido por una recepcionista, dos botones, cinco mucamas y un grupo de chefs, los cuales, en ese momento, no había entrevistado, porque, como me dijo él mismo:

—Estaban fuera de mi radio de interés —en ese instante, me pareció extraño oír que no había ido a dar una vuelta por la cocina, eso me hizo pensar que sí estaba siendo bienatendido fuera de ella.

Pero su interés había estado puesto en el caso desde antes de ir a alojarse a ese hotel. Mientras preparaba su maleta, con las pocas pertenencias que me dijo que iba a utilizar, averiguó que el matrimonio muerto estaba en la ruina, aunque en el pasado habían sido unos excelentes actores. Pero no tenían más dinero que el que usaron para reservar la habitación del hotel y no tenían herederos que pudieran adjudicarse aquel vacío económico.

Mi amigo me contó que a él se le había dado la oportunidad de elegir la habitación que deseara ocupar. De más está decir que se decidió por la que había sido un taller de juguetes.

Durante los días en que estuvo alojado en el hotel, tres inquilinos más ocupaban tres habitaciones distintas.

Como a mi amigo le encanta describirme los caracteres más excéntricos que se cruzan por su camino, no fue necesario pedirle que me describiera a sus compañeros de hospedaje.

Primero, estaba una señorita que no se sacaba el color rojo de su vestimenta, ya sea en lunares o en los pañuelos que usaba sobre sus vestidos. Todo era divertido para ella, así que con mi amigo lo pasaron estupendo. Ella era periodista y estaba fascinada con todas las historias que él le relataba. Cada vez que ambos se encontraban en la mesa reían a carcajadas, seguramente, contaban con el mismo tipo de humor.

Luego, estaba un geólogo norteamericano mayor que estaba de visita por nuestro país, pues le interesaban los sismos. Siempre estaba fumando puros y echando el humo en la cara de sus interlocutores. Usaba unos anteojos gruesos, pero ellos no le aseguraban una visión óptima, pues, chocaba con cualquiera que pasara a su lado.

También había un joven diseñador musculoso y que gustaba de usar camisas ajustadas. Mi amigo me dijo que siempre que lo veía le recordaba a una prieta sureña. Tirado sobre el sillón tapizado de terciopelo morado se mordía continuamente las uñas mientras hojeaba las revistas.

Lo curioso es que todos ellos habían estado allí en el momento en que ocurrió la muerte de aquel matrimonio y aún, después de lo ocurrido, ¡todos siguieron alojados en el hotel! Eso era lo que yo pensé, y cuando le hice saber mi pensamiento, mi amigo me contestó:

—¿Qué tiene de curioso? ¡La comida que dan allí es estupenda!

Él estaba entusiasmado con la recepcionista. Alta y delgada, rubia y de brillante sonrisa, atenta y reservada. La última de sus características a mi amigo no le interesaba para nada, solo deseaba conversar con ella, para lo cual siempre estaba pidiendo toallas y cosas por el estilo, con el único objetivo de oírla hablar.

La dueña del hotel solo le pidió a mi amigo que no dijese que era alguien que ella había contratado para aclarar la muerte en su hotel. Pero como a él no le gusta mentir, lo primero que hizo fue jactarse de su empleo frente a la recepcionista. La periodista, que andaba cerca en ese momento, levantó el oído y se abalanzó a mi amigo para llenarlo de preguntas.

Después de aquello, el geólogo parecía más torpe que nunca, cada vez que se cruzaba en los pasillos con mi amigo tropezaba con él o con lo que se hallase más cerca de sus pasos.

El diseñador miraba las revistas de forma más indiferente e incluso la misma periodista le hizo notar que estaba leyendo una revista al revés.

Pero mi amigo disfrutaba de las bondades que se presentaban en su camino. Estando en el hotel no rehusó ninguna. Y, ciertamente, le creí cuando me lo dijo.

Al séptimo día de estar alojado en el hotel, y, de tanto insistirle la dueña que aclarase el asunto, mi amigo me dijo que mientras estaban cenando se levantó de la mesa, y dijo:

—He disfrutado tanto de mi estadía en el Castillo Rojo que lamento tener que dejar atrás todas aquellas maravillosas regalías. Pero, ¿quién iba a decir que la dueña de este magnífico hotel sería la única que ignorase lo que sus inquilinos podrían llegar a hacer?

—¡Oh, no! ¡No una de esas típicas escenas de las novelas policiales, todos los sospechosos presentes! —exclamó el diseñador interrumpiendo a mi amigo, después de sacarse el dedo mordisqueado de la boca.

La dueña del hotel se puso alerta.

—¡Eso es excitante! —dijo la periodista, anudándose al cuello un pañuelo rojo.

—Si se refiere a excitación, yo hubiese preferido un sismo —dijo el geólogo, después de arrojar el humo en el rostro del diseñador.

—Un sismo solo le valdría el susto, señor, pues, con su poco equilibrio, difícilmente podría hacer algo como medir el movimiento, Or am I wrong?

—No deseo beber ron —se apresuró a responder el geólogo en tono vivamente ofendido.

—Bueno, le pido mil perdones, señor. Aunque me extraña que siendo un hombre norteamericano no haya sabido el significado de mi pregunta. Pero creo que es comprensible en un hombre al cual nunca le he oído hablar en inglés y solo se ha limitado a imitar un acento.

—¿A qué viene todo esto? —preguntó el diseñador, observando con detención la uña del dedo índice con la esperanza de hallar algo qué roer.

—Mi joven amigo, le pido que no se ponga nervioso, pues, usted está demasiado nervioso para querer parecer relajado —contestó mi amigo.

La periodista se rió por lo bajo.

—¿En qué estaba yo? —Se preguntó mi amigo—. ¡Ah, sí!, inquilinos y una buena cuota de misterioso secretismo. Pero, al menos, yo quería saber algo más de los difuntos en cuestión. Entonces, ¿qué fue lo que averigüé? Bueno, lo que todo el mundo sabía. Ellos eran una pareja de antiguos actores. Y que los pobrecillos estaban en la ruina y que no tenían más dinero que el que usaron para reservar la habitación. Una habitación que seguramente ellos mismos eligieron, ¿no es así? —hizo la pregunta dirigiéndose a la dueña del hotel.

—Sí, ellos mismo eligieron la habitación —contestó la dueña del hotel, tensando cada músculo de su facción.

—Cosa que no es de extrañar, ya que para unos actores eso les debía traer maravillosos recuerdos de sus años de actividad. Entonces, solo con ese dato, mientras dormía, soñé con una escena un tanto particular, a la manera de una ópera dramática, diría yo.

Mi amigo me contó que mientras hablaba se había puesto a caminar alrededor de la mesa. Todos seguían sus pasos con gran interés. Vamos, como una obra al más puro: “nos reunimos aquí para…”, había que concederle la razón a ese diseñador.

—Un hombre y una mujer enamorados, perdidamente enamorados, se proponen llegar juntos al fin de sus días, literalmente hablando, es decir, juntos y el mismo día. Pero, ¿cómo hacerlo? La respuesta se las trajo su misma profesión, la misma profesión que movía apasionadamente sus vidas. Ellos eran unos actores y, por lo tanto, creyeron merecerse una muerte, digamos…: “¿Teatral?”. Pero solo existía un detalle a tomar en cuenta, la manera de intercambiar sus corazones antes de morir.

—No me diga que nos contará una historia de misterio —interrumpió la periodista.

—Oh, no, nada de misterio, mi audaz periodista. Todo se puede resumir en la persona de un extra. Alguien que ayudó a crear el ambiente. Pero todos saben que en una obra de teatro u ópera generalmente actúan más de un extra.

—¿Nos está queriendo decir que fue un suicidio del tipo asistido? —preguntó el geólogo, abandonando el falso acento extranjero.

—Usted, lo ha dicho muy bien, querido doctor. Usted, fue un amigo a toda prueba.

—Lo era —contestó el doctor cabizbajo.

—Y, ahora, díganos, ¿cuánto tiempo de vida le quedaba a uno de los dos, por lo que se iría más rápido que el otro? —quiso saber mi amigo.

—Bueno, ella tenía el pronóstico de dos meses de vida y él de no más de un año —contestó el geólogo, retomando su rol de doctor.

—Qué funesto es unir su profesión de conservar la vida en una aceleramiento de la muerte —dijo mi amigo—. Algo muy sangriento para usted, joven, ¿no es así? —preguntó dirigiéndose al diseñador.

—Sí, lo fue —contestó el diseñador tan horrorizado que hasta su hinchado tórax se desinfló—. Yo solo necesitaba algún tipo de inspiración para una obra macabra y ellos me dijeron que podía verles morir. Ahora no logro quitarme sus horribles expresiones antes de…

—Antes de que les extrajeran los corazones al mismo tiempo —agregó la periodista.

—Y usted, ¡qué mejor que una buena historia para una novela o para ganarse el Pulitzer! —dijo mi amigo a la periodista.

Mi amigo al salir del hotel lamentó el haber tenido que dejarlo y subir al taxi de regreso a su casa. Esperaba pasar el Año Nuevo a cuerpo de rey.

—Pero, ¿qué pruebas tenía para acusarlos? —le pregunté.

—Solo la de una historia que se me ocurrió que podía ser cierta.

Y, ciertamente, la historia que había soñado había coincidido con la realidad.

Al día siguiente, todos se abrazaban dándose los regalos de Navidad.

Como obsequió, mi amigo me entregó un paquete mal envuelto, lo hizo giñándome un ojo. Abrí el paquete y me encontré alzando una toalla con las iniciales del hotel. Toalla, por cierto, con claras muestras de haber sido previamente “desempaquetada”.

 

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Beda Estrada (Chile, 1979)

fotobedaestrada

Beda nació en Tomé, VIII Región de Chile. En dicha ciudad costera cursó sus estudios de primaria y secundaria. Estudió Dibujo y Proyecto en la Universidad Federico Santa María, Sede Talcahuano, Chile. En el año 2001 ingresó en el Monasterio Benedictino de Las Condes, en donde reside actualmente y desde donde han volado al espacio literario novelas, cuentos y cómics.

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