Cuento: Cristian Vila Riquelme

EL MISMO

…la insistente impresión de que por los desvíos y vías paralelas de los caminos que se han tomado y que no se han tomado ha circulado la misma gente al mismo tiempo, la gente visible y la que está en la sombra, y que en el mundo tal cual era nunca podría ser más que una fracción del mundo, porque lo real también consistía en lo que podría haber ocurrido pero no sucedió…

Paul Auster; 4321.

Cuando se encontraron, frente a frente, cara a cara, cuerpo a cuerpo, se dijeron al mismo tiempo que no era eso posible. De ninguna manera. Cómo podía serlo si nunca habían sido iguales, ni siquiera habían nacido al mismo tiempo. Tenían distintos tonos de voz, maneras diferentes de hablar como por ejemplo cuando uno decía: “eso es cierto“, el otro decía: “eso es verdad”. Como una especie de machacona seguridad en uno y de conformismo en el otro. Pero había algo que los mantenía como en duda, suspendidos, unidos en la ausencia, a veces sin saber qué hacer cuando se les presentaba una situación compleja o, sencillamente, absurda. El hecho de saber, por ejemplo, que eran el mismo personaje. Así de simple. Que alguna vez habían amado a la misma muchacha, cuando tenían 16 años, y ella era la que miraba por encima de todos sin elegir a nadie, ni siquiera al más bello del liceo, ni siquiera al primero del curso, ni siquiera al líder de todos. Y ellos no eran, para nada, ninguno de esos. Nunca sobresalieron en nada, aunque aprobaban todos los ramos ni siquiera eran capaces de escribir un poema medianamente bueno, como el poeta del curso, que era feo y encorvado y con ojos de huevo frito, pero que tenía un éxito casi sobrenatural con las muchachas de su generación. Recitaba y todas, casi, miraban con ojos acuosos, a punto de desmayarse. La muchacha de sus desvelos sólo sonreía y era capaz de desentenderse de todo cuando tocaba el piano, con un virtuosismo y sensibilidad a toda prueba, de alguna manera engreída y segura de que nadie la doblaba en talento de ninguna clase. Ni siquiera el poeta. ¿Poeta? Já. ¿Dónde estaba el virtuosismo? Si hubiera escrito en latín, tal vez, así habría desencajado, de manera feroz, todas las certezas. Sólo era un poeta romántico o neoromántico. Ella no, era demasiado para ellos ¿o para él? (rigurosamente hablando). Por eso, ese encuentro del uno con el otro había sido demasiado. Imposible, por decirlo así. Nunca habían coincidido; en realidad, nunca se habían conocido. Entonces, ¿por qué habían amado a la misma muchacha? ¿Por qué el encorvado poeta les causaba el mismo celo y el piano los hacía llorar a gritos? En realidad nunca lo supieron, o no quisieron saberlo. Todo, incluso la vida y la muerte, estaba más allá de cualquier proyecto que hubiese tenido la más mínima posibilidad de concretarse.

Hasta el día que supieron, el uno y el otro, que había algo que no marchaba en las vidas de ambos. Una especie de inseguridad de ser, verdaderamente, lo que eran. Como que el espejo de la sala de baño se había venido guardabajo, de súbito y sin ninguna razón. Que toda la parentela no era lo que creían sino que, de pronto, había comenzado a desconocerlos, como si ellos se plantaran frente a un retrato de algún bisabuelo con gestos de burla y de rechazo. Una casona de película de terror, pero habitada sólo por retratos en las paredes, telarañas, corrientes de aire y ningún fantasma.

Porque el poeta de marras, aparte su indudable talento poético, sobresalía por su extrema fealdad. Él o ellos, que no se parecían entre sí, tenían una fisonomía sin mayores variaciones, sus rostros no eran ni siquiera simétricos o asimétricos (lo primero más raro que lo segundo), sus portes formaban parte de la altura media, cumplían con todas las normas deportivas sin saltarse ninguna. Alguna vez uno de ellos, a punto de egresar de la educación media, había retado al poeta de marras a una partida de pool y había ganado sin ningún aspaviento que mereciera, siquiera, una exclamación admirativa o, por último, de indignación. El poeta había jugado correctamente y la partida se había olvidado a los pocos minutos después, cuando en la mesa principal de ese local la tensión del juego entre dos conocidos jugadores había subido las apuestas. Ambos, el uno y el otro, se habían retirado sin despedirse de nadie ni tampoco del poeta de marras, quien, un poco antes de retirarse también, había escrito algo en su cuaderno de notas, discretamente apoyado sobre una mesa de pool vacía. Seguramente un soneto relacionado con la nada memorable partida de pool, pero que no era uno más de los poemas sobre el trillado tema del juego y de la vida encarnados en una partida de ajedrez, por ejemplo, o en una partida de naipes.

Por eso, del mismo modo en que se habían encontrado, decidieron desencontrarse. Borrar cualquier huella de los episodios de infancia o adolescencia que los había hecho inseparables. Y ni siquiera de eso estaban seguros. Pero emprendieron, convencidos, el camino hacia los bordes. Única manera, por lo demás, de borrar esas huellas.

El problema mayúsculo fue cuando volvieron a coincidir, esta vez en ese porfiado proceso de desencontrarse. “¿Cómo lo hacemos?”, dijo uno: “¿Cómo debemos hacerlo?”, dijo el otro.

Recordó él y él recordó las luces lejanas de los pueblos cercanos, cuando se asomaba a alguna de las ventanas del segundo piso. No sólo en el verano, no sólo en el invierno, también solían hacerlo de noche, en el otoño. La primavera solía ser demasiado luminosa, pero podía transformarse en un lugar común sin entorpecer la mínima creatividad cotidiana, tan necesaria para continuar empeñados en sobrevivir. Él o él no lo sabían, nunca lo habían experimentado en su plenitud, todo eso quedaba reducido a la pura onomatopeya de algo que no lograban descifrar. Pero los recuerdos emblemáticos solían invadirlos de igual forma, como si en verdad siempre hubieran sido el mismo.

Aunque de algo sí estaban seguros: no podían desencontrarse si sólo se dedicaban a desclasificar los recuerdos y las nostalgias. Arduo territorio de malentendidos y de desesperanzas. La operación de desencontrarse requería de certezas sencillas, difíciles de cuestionar así como así. Como emprender un viaje o una aventura sin más responsabilidades que la mochila y el entusiasmo del prometedor recorrido antes del regreso. O con la implacable indiferencia de los desastres naturales, como un naufragio en los mares australes en medio de olas de 20 metros de altura. Incluso sin moverse del lugar de origen o sin volver al punto de partida; los naufragios estaban a la vuelta de un cuarto o de un cafecito de barrio.

Incluso ahora mismo, al haber sido sorprendidos por la lluvia en pleno descampado. Una experiencia enaltecedora, sin duda, pero que en el uno se limitó a una exclamación: “¡La mierda!” y en el otro a un comentario: “¡Por la misma mierda!”. Ambos habían logrado guarecerse bajo las ramas del árbol más cercano, pero lo suficientemente alejado para quedar completamente empapados. Situación más complicada aún por el hecho de que estaban al menos a unos cinco kilómetros de la casa donde paraban, una pensión campestre de gruesos muros de adobe, con cuartos pintados a la cal y cortinas floreadas. Cuestión, esta última, importante al momento de considerar los pormenores de la aventura. Porque esa vez llovía gangrena. Se trataba, entonces, de una lluvia concluyente, aunque ninguno se dio cuenta de que esta vez el objetivo de desencontrarse se había cumplido, si bien no se tratara, rigurosamente hablando, de un desencontrarse cabal. Como a menudo, por no decir siempre, suele ocurrir con esos acontecimientos y con esos objetivos.

Mucho más tarde, cuando la tempestad había continuado pero ahora con toda la desmesura de la cual la naturaleza era capaz y parecía que el estruendo de los truenos, los relámpagos y los rayos era el único idioma posible porque no acabaría nunca, lograron regresar a la pensión. Al cruzar la puerta de entrada había exclamado, el uno, “¡He vuelto!” y el otro, “¡He regresado!”, mientras afuera seguía el siempre incomprensible derroche de energía que desarmaba todo el orden y todo los significados que a la pobre humanidad le costaba tanto instalar y aceptar. Aunque de algún modo se habían sentido a salvo, más que seguros en su guarida campestre. Procedieron, entonces, a cambiarse las ropas para luego dirigirse al comedor donde tomarían un caldo reparador. Pero la tempestad era ya atronadora. La casa, de adobe, retumbaba y se estremecía con cada uno de los embates propios de esas catástrofes naturales. Trataron de mantenerse calmos cuando bajaban por la estrecha escalera que conectaba el segundo piso con la planta baja, pero de pronto el retumbe lo llenó todo y un rayo cayó sobre la casa destruyendo el techo. Las llamas comenzaron a invadir cada rincón mientras él y él, como el resto de los habitantes de la casa, perecían carbonizados.

Habían logrado, aparentemente, desencontrarse para siempre pero, una vez más, el desencuentro era aparente porque llegaron todos y en medio de todos ellos, él mismo, que guardaba como podía su compostura de muerto.

Algarrobito, abril-septiembre 2018

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Cristian Vila Riquelme

(Chile, 1955

vila por rodríguez aranis

Es narrador, poeta y ensayista. En 1975 se exilió en París, Francia, donde obtuvo un Doctorado en Filosofía política por la Universidad de Paris-Sor­bon­ne. Regresó a Chile en julio de 1991. Fue columnista de diversos periódicos y revistas. Actualmente es catedrático de Filosofía del Derecho y de Ética en la Universidad Central Sede La Serena, y de Literatura Chilena e Hispanoamericana en la Universidad de La Serena. Ha publicado Procreaciones (relatos, Editorial Nascimento, Chile 1979), Finis poética(poemas, La Parole Gelate, Ro­ma, Italia, 1987), Crónica del niño lobo (novela, LOM Ediciones, Chile 1999), Divertimentos Transilvánicos (relatos, Bravo y Allende Editores, Chile 2001; edición francesa en Le Visage Vert, Francia 2012 y 2013), Materias Salvajes (códigos, desplazamientos, reverberaciones)(ensayo, Bravo y Allende Editores, Chile 2002; segunda edición corregida y aumentada en Ediciones Satori, Chile/USA 2016), entre otros. Varios de sus libros y textos han sido traducidos al francés, inglés, rumano y alemán) y ha ganado el premio de las Mejores Obras Literarias 1998 otorgado por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile por su poemario Omnis Novum Subsole (el agua del paraíso)(LOM Ediciones, Chile 2002) y el Premio de la Crítica 2000 otorgado por el Círculo de Críticos de Valparaíso por su poemario La Vera Historia(Ediciones Guardián de la Memoria, Chile 2000). Su libro de ensayo Ideología de la Conquista en América Latina (entre el axolotl y el ornitorrinco) fue distinguido en el Premio Internacional de Ensayo Jovellanos 2001de España y fue publicado por Ediciones Nobel (España, mayo 2001).

 

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