Cuento: Beda Estrada

Implante mortal

 

Me estaba lavando los dientes frente al espejo de mi baño. Mi baño, mi baño un completo vejestorio que en ese instante era un completo desastre, debía limpiarlo cuanto antes o los gérmenes terminarían por hacer presa de mi cuerpo. Observaba el reflejo de mi rostro en el espejo, cuando, de improviso, recordé el caso que mi amigo tuvo que resolverlo en forma expressy que, además del esfuerzo, le había costado un diente. Él me comenzó a narrar aquel asunto, precisamente, cuando yo le conté que tuve que sacarme una muela.

—Lástima que no tienes dinero. Si hubieses contado con él, al instante, te lo hubieran reemplazado con un buen implante —me dijo—. Las estrellas del cine lo hacen de continuo y les quedan unos dientes blanquísimos y duros como para roer el acero. Doy fe de eso al estar junto a una de aquellas estrellas en una de esas clínicas que llaman de “implantología”. Y es cierto, no me mires con esa cara de incrédulo.

—¿Te has puesto dientes postizos? —dije, junto a mi cierto asombro por ambas cosas, el que haya conocido a una estrella del cine y a que se haya puestos dientes de esos, pues, la verdad, es que no me lo imagino gastándose dinero en esa clase de detalles corporales.

—No, todavía tengo los míos propios, excepto este molar que llaman una Pieza tres—y me enseñó el lugar donde debería estar, pero que ya solo destacaba un hueco de apariencia desoladora y, por completo, desagradable.

—Entonces, allí ibas a ponerte un implante —dije, desviando pronto la vista hacia parámetros más alentadores.

—No, la verdad es que ese molar fue el diente que tuve que sacrificar para aclarar un asunto que una viuda se empeñaba en resolver. ¡Pero tanta complicación, por un diente! —exclamó, rascándose la barriga—. Un viejo tío mío del campo decía que solucionaban esa falta amasando migas de pan, con eso tapaban los espacios y así llegaban a deslumbrar a chicas y, también, a chicos. Fácil, ¿no? La sabiduría del pueblo.

Después, se explayó contándome que cierto día estaba comiendo un helado, sentado en una banca de la plaza, cuando a su lado se sentó una mujer llorando. Ella era aún joven, pero estaba muy demacrada. Él le preguntó qué era lo que le ocurría. Entonces, la mujer afligida le contó que a su esposo lo habían hallado muerto. Mi amigo le preguntó la causa de su muerte, pero ella no lo sabía, solo tenía claro que lo habían encontrado muerto en la silla de un dentista el día en que tenía una cita para implantarse un diente, en una afamada clínica de implantología que realiza esa clase de procedimientos. “En la silla de un dentista”, pensó mi amigo y, como detestaba sentarse en esa misma silla, se ofreció a ayudarla, algo así como la oportunidad de cierta venganza profesional. Ella primero se sorprendió por el ofrecimiento, pero, luego, acepó encantada al entender que él se las veía con tipos de casos como ese.

Mi amigo se apresuró a preguntar a uno de sus conocidos en la morgue —los que tenía, y muchos, todos los años celebraban un asado y, no sé por qué, pero siempre lo invitaban e irradiaba vitalidad cuando le veía prepararse para ese día, siempre me imaginé que terminaban diseccionando la carne y no me causaba mucho placer esa imagen. “Prejuicios, amigo mío, prejuicios”, me decía, “ellos sí que saben cómo condimentar un buen filete”. Seguía por no agradarme esa imagen—, por el expediente del difunto del cual su caso tenía entre manos. Todos sabían que mi amigo actuaba extraoficialmente y, entonces, extraoficialmente, su amigo de la morgue le dio el expediente del difunto. Mientras lo hojeaba le preguntó:

—¿Algún indicio de pinchazo, quiero decir, en alguna parte del cuerpo que no sea en las encías?

—No, nada. Pero ¿por qué un pinchazo? —preguntó el médico de la morgue. Seguro que era el de bigotitos chatos, ese era uno de sus amigotes preferidos.

—Es solo una corazonada.

—Bueno, puedo volver a comprobarlo. Sígueme —le indicó que le siguiera al depósito de cadáveres—. Y no olvides que se acerca la fecha del asado anual.

—¡Cómo iba a olvidarme! —rio mi amigo haciendo subir y bajar su barriga, ya solo ella parecía expresar su satisfacción.

Tras revisar el cadáver con atención, juntos descubrieron un pinchazo muy cerca de la nuca de la víctima.

—¿Cómo supiste del pinchazo? —pregunté a mi amigo.

—Todo el mundo sabe que en los dentistas también abundan las agujas —contestó, sacando su peineta para arreglarse el cabello.

Aquel mismo día él consiguió una cita en la clínica de implantología. Al entrar, por un momento, creyó que se encontraba en el lugar equivocado, miró a su alrededor, pues se hallaba en un lujoso hall que más parecía un centro de recreación, al más puro estilo spa o de esos centros estilistas, con personal de recepción, sillones de cuero blanco y ventanales que daban hacia un parque verde con fuentes de agua y caminos estilo zen. Todos los doctores y enfermeras deambulaban de aquí para allá, vistiendo uniformes impecables sobre sus, también, impecables cuerpos.

Mi amigo irguió la barbilla e intentó entrar la barriga, estoy seguro de eso. Se acercó a la recepcionista, que, tras comprobar la hora de la cita, le entregó, con una amplia sonrisa, un formulario, el que comenzó a llenar con un lápiz que también ella le entregó —ya podía ver dónde había conseguido ese lápiz dorado con el esmaltado logo de un diente en la parte superior con el cual estaba jugando entre sus dedos—. Llenó los formularios, entre los que se contaba el pago de una considerable suma de dinero solo por la extracción de su diente. Mi amigo me dijo que había elegido el que menos se veía, ya sabría el porqué. Luego, se quedó a esperar tu turno.

Mientras estaba esperando, sintiéndose muy cómodo en un sillón blanco, meditando en que jamás tendría un sillón como ese en su casa, porque su blancura no duraría ni un segundo, se le acercó una hermosa joven que él recordaba haber visto en unas cuantas películas y en unas fotografías de unas teleseries que anunciaban en las paredes del metro. Era tan hermosa, pero al sonreír, mi amigo me contó que, desconcertado, no pudo evitar quedársele, fijamente, mirando su boca. No porque le pareciera sensual, o algo por el estilo, sino porque le faltaban los dos dientes de arriba, los llamados: “paletas”.

Ella, notando el interés poco galante de mi amigo, dijo:

—Me los alargaré.

—¿Qué cosa? —preguntó él, y seguro que en ese instante extrajo su peineta pequeña y se alisó el cabello hacia atrás, cosa imposible, ya que éste era apretadamente ondulado. Un gesto que repite cuando está confundido.

—Mis dientes, que otra cosa —dijo ella.

Me contó que al oír aquello no pudo aguantarse y se rio a carcajadas. Todos los presentes quedaron mirándolo y, como era de esperar, la ofendida joven se cambió de asiento. En ocasiones, mi amigo puede ser muy desubicado o falto de tacto eso hay que reconocerlo.

Luego, se le acercó un hombre, también joven, que llevaba la mano sobre la boca. Se sentó a su lado, tomó una revista, de esas típicas que muestran las ciudades más lujosas del mundo, unas ciudades que quizás ni mi amigo y ni yo jamás visitaríamos. El hombre estaba hojeando la revista cuando sintió deseos de estornudar. Entonces, vio que en la boca de su vecino faltaban más de un diente.

—¿En una pelea? —mi amigo se le ocurrió preguntarle.

—No, solo por poner unos mejores —respondió el hombre, limpiándose la nariz.

—Ya —respondió mi amigo, e iba a decir algo más, y creo que por suerte no alcanzó a decir lo que pensaba, porque en ese minuto oyó pronunciar su nombre, pues le tocaba su turno.

Detrás de un corredor con piso de mármol e iluminado con una luz que venía de no sabía dónde, entró en una de las puertas que se abría. Una de las asistentes dentales le dijo:

—Puede tomar asiento, póngase lo más cómodo posible, el doctor vendrá en seguida —y luego lo dejó allí esperando.

Me contó que lo dejaron allí sentado y esperando por más de quince minutos. Los dos primeros minutos los pasó mirando a su alrededor, otros tres minutos los pasó mirándose las manos y el resto los pasó durmiendo.

Despertó al percibir una voz profunda que lo saludó. Era el dentista. Un hombre tan bronceado que ni siquiera el mejor pollo dorado le hacía la competencia y fornido, que, según mi amigo, le hubiese bastado solo el dedo meñique de su mano para sacar cualquier diente. En esas manos enormes se puso los guantes de hule y luego introdujo los dedos en su boca. Lo examinó mientras mi amigo le exponía el motivo de su consulta, al menos balbuciéndolo. El dentista estuvo de acuerdo en extraer la Pieza 3 y luego le indicó que regresara junto a la recepcionista para hacer un presupuesto y seguir las instrucciones que recibiera.

—¿Eso fue todo? —pregunté.

—Sí, eso fue todo hasta que recibí el presupuesto. Un presupuesto casi como para que cualquiera sufriera un infarto y se fueran a la mierda mis dientes y los de todos mis parientes —me contestó.

Eso era fácilmente imaginable.

Le dieron un listado de medicamentos que debía tomar. Entre ellos un antibiótico que debía ingerir el día anterior a la extracción. Los antibióticos le caen pésimos a su estómago, pero no le importó. El antibiótico fue ingerido.

Al día siguiente fue a la clínica, pasó un cheque —ni hablar de tarjeta de crédito, ¿quién se la iba a dar? Aún conservaba un viejo talonario de cheques— con la primera cantidad que debía cancelar para la extracción del molar y seguir con la otra etapa del implante, pero como nadie revisa los fondos del cheque, no le importó pasar por ese apuro.

—Todo era por el caso a resolver —me dijo mi amigo, yo miré el techo.

Volvió a tomar asiento y a esperar. Pero esta vez el dentista llegó más rápido que el día anterior.

—Buenos días. ¿Estamos listos? —preguntó el dentista al ver a su más reciente paciente.

—Por supuesto —contestó con la boca abierta.

El dentista le inyectó la anestesia, y mientras esperaba que surtiera efecto, mi amigo comentó:

—Seguramente, mientras un paciente se queda sentado y dormido esperando a que le atiendan, cualquiera puede entrar sin ser percibido.

—Puede ser —contestó el dentista más atento a los preparativos del instrumental con la ayuda de su asistente.

Los efectos de la anestesia fueron, relativamente, rápidos y el dentista, sin perder su tiempo, examinó la cavidad bucal e introdujo las tenazas. Con un certero apriete y un movimiento de muñeca, el molar de mi amigo se vio impulsado al mundo exterior. Entonces, se puso a preparar la siguiente etapa, el tornillo.

Mi amigo, percibiendo el gusto de la sangre en su boca, hizo otro comentario, con gran esfuerzo, porque ya le corría una lágrima por uno de sus ojos y sintiéndose íntimamente desgraciado en esa silla:

—Seguramente un amante despechado podría entrar aquí y clavarle una de las inyecciones a cualquiera por la nuca, mientras el paciente no se dé cuenta, por supuesto.

En ese instante, me contó que se oyó el estruendo de una bandeja cayendo, mientras todos los instrumentos que contenía rodaban por el suelo. Acto seguido, unos pasos, amortiguados por las fundas antisépticas, salían huyendo de la consulta. En tanto que el bronceado dentista quedaba preguntándose:

—¿Qué le ocurre a esa chica?

La clínica corrió con los gastos de la primera etapa, de la segunda, se debía encargar él, aunque le aseguraron que le harían un descuento, pero mi amigo, como era de esperar, no terminó por ponerse el implante y se quedó sin la muela número tres, pues no iba a gastar dinero en un diente que apenas se notaba su ausencia cuando abría la boca.

A esa altura del relato, debo confesar que el saber que no era el único a quien le faltaba una muela, me resultó un verdadero consuelo. Aunque él insistió en que, si me sentía mal, debería probar con una miga de pan.

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Beda Estrada (Chile, 1979)

fotobedaestrada

Beda nació en Tomé, VIII Región de Chile. En dicha ciudad costera cursó sus estudios de primaria y secundaria. Estudió Dibujo y Proyecto en la Universidad Federico Santa María, Sede Talcahuano, Chile. En el año 2001 ingresó en el Monasterio Benedictino de Las Condes, en donde reside actualmente y desde donde han volado al espacio literario novelas, cuentos y cómics. Email:bestrada@osb-lascondes.cl

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