Novela: Roberto Castillo

Frankenstein de Valparaíso.
(Fragmento de la novela Los restos de mi corazón)

   La historia de Frankenstein la escribió mi hermana y está dedicada a mí, que soy su fantasma y su musa. Sucedió la noche antes de que el doctor Barnard me rasgara la aorta por descuido. Así la cuenta ella, y da fe:

   La madrugada de Valparaíso tiene dos oscuridades, la del cielo y la del mar. En la garúa pasan sombras que se transforman en cuerpos al acercarse a las farolas y luego vuelven a su reino oscuro.
Una camioneta corre por el costado de la plaza de la Victoria con las luces apagadas y frena lo justo para que el huaso de la perrera se baje, sobrecorriendo. El hombre tira el lazo encima del festín de perros congregado alrededor de un basurero, agarra por las dos patas traseras a un quiltro negro y lo arrastra hacia la camioneta mientras recoge por encima del hombro la soga gruesa y mojada. El perro, grandote, se queda mirando el lazo como si no creyera que acaba de caer preso. Los otros quiltros vagabundos se dispersan y en la huida vuelcan los tarros y desparraman papeles húmedos, cáscaras, tabaco putrefacto, servilletas desechables, hojarasca de té y de mate, pedazos de pan picoteados de pájaros, fruta a medio mordisquear, periódicos vencidos. El perro laceado suelta un aullido ronco que se confunde con la vibración de un pito neblinero en el muelle. Se queda inmóvil, gruñendo y respirando a toda bomba, mientras el laceador enguantado lo levanta en vilo y lo arroja en la jaula de la camioneta, que está llena de otras bestias cautivas. El hombre del lazo esquiva los mordiscos que estallan a su alrededor. Luego enrolla la cuerda mojada de babas mientras los perros vociferan con el odio inútil del cautivo.
El huaso de la perrera está contento; varias veces le había echado el ojo a ese perrazo choro, cojo de distémper, experimentado rastreador de levas y gran meador de las paredes de su puerto, un quiltro mañoso que siempre había sabido evadir el lazo. El huaso se encarama en la pisadera de la camioneta y golpea las latas del costado, señal de misión cumplida. Los perros gimen mientras la jaula rodante enfila hacia el Hospital Naval, donde la espera el Doctor K.
El médico pide que le aparten a ese último perro, el negro. Lo escoge porque es grande y porque le parece que tiene la mirada mansa, a pesar de su tamaño. Ordena que lo rocíen con desinfectantes. Luego se acerca y lo tienta con un pedazo de pan mojado en leche y con palabras de cariño: «cholito, negrito, regalón, campeón, no me tenga miedo, guardián», le abre la jaula, lo saca y lo dirige hacia un rincón cubierto de sábanas de hospital, le da un pedazo de pan con cecina y le inyecta con mano experta un somnífero. El perro apenas gime al sentir el pinchazo. Le pasa la lengua a la hallulla, moviendo la cola, como si entendiera que el aguijonazo de la jeringa metálica es el precio que paga por comer. El Doctor K le hace cariños en la cabeza hasta que el animal se adormece y se echa en el suelo de baldosas. Entonces, una vez dormido, el huaso y el chofer de la perrera lo suben a una mesa metálica. El Doctor K se mete la mano al bolsillo del delantal y sin decir nada les pasa un rollo de billetes a sus empleados. Ellos toman la plata sin contarla y se van en silencio: el pago es el de siempre, gamba para el huaso, sota para el chofer, lo justo es justo.
Cuando queda solo con el perro, el Dr. K lo examina, le acaricia el hocico, le chequea los dientes y las almohadillas negras de las patas, lo mide en varias partes. Luego se sienta al escritorio y anota datos en su cuaderno de cuentas. Saca un pedazo de pan francés con mortadela del bolsillo de su delantal y mientras masca el primer bocado disca un número interno en el teléfono de baquelita verde.
Al ponerse el auricular en la mejilla mira por la ventana y se dice a sí mismo que la bahía se ve más oscura que nunca. Ni siquiera distingue el pulso de luz de Punta Ángeles marcando los latidos del puerto. Valparaíso se le imagina como un corazón enfermo encima de los cerros. Las ilustraciones de anatomía mienten, el corazón humano está como metido de costado, con el lado izquierdo más al fondo y el lado derecho hacia fuera. Igual que Valparaíso, que como que se recuesta en la cavidad de la bahía, como que se hunde.
Dos discípulos del Doctor K llegan al laboratorio justo cuando el cardiólogo le da la última mascada a su vianda. Junto con el termo de café —llegó el bajón de frío de la última madrugada—traen una olla de aluminio. Después de terminar el nescafé, el Doctor K y sus ayudantes se ponen guantes de hule negro y se amarran las mascarillas de tela. Los alumnos afeitan el cuello del perro anestesiado y le aplican un brochazo de yodo en la piel. El Doctor K se aproxima con el bisturí entre el pulgar y el índice, a la manera clásica, y hace un tajo perfecto con forma de media luna, murmurando «incisión». De la olla de aluminio, entre hielo picado, uno de los discípulos extrae la cabeza de «Medusa», la perra que acaban de bautizar y luego sacrificar. El maestro cirujano K se demora una hora y tres cuartos en suturar esa cabeza al cuello del perro cautivo. Sigue el método descrito por Alexis Carrel en 1906 para ligar vasos sanguíneos, pero agrega sus propios toques, inspirados en un manual francés de sastrería, imitando la técnica de Barnard y la de Shumway. Es una tarea que requiere mucha concentración. Como siempre que opera, el Doctor K le pide a uno de sus asistentes que sintonice el programa de rock and roll de la Radio Recreo, porque está convencido de que esa es la mejor manera de mejorar su inglés. Mientras los Car Twins cantan «True Happiness Will Follow», corta el nudo de la última sutura, más cansado que satisfecho. Son cerca de las 4 y media de la madrugada.
—Ya, doctores. Me lo entuban y me lo ponen a resguardo en recuperación. Mañana temprano seguimos. No me vayan a matar a Frankenstein, chiquillos. No se les vaya a arrancar, miren que es un perro bravo y orgulloso, un perrazo chileno, quiltro de raza.
A la mañana siguiente, Frankenstein recupera la conciencia por unos pocos minutos. Casi no puede moverse por las sondas y cables que le han insertado por todo el cuerpo. Echado en su jaula, tiembla sin control y caga chorros de sangre en el altar de la ciencia y el progreso nacional. Mira con curiosidad la cabeza extra que le han injertado entre el hombro y el cuello, la lengüetea con amor perruno, con ese cariño torpe y genuino como las piedras que tienen los perros, como si se reconociera en ese otro par de ojos vidriosos. Saca fuerzas para golpear la pesada cola contra los barrotes de su jaula cada vez que el Doctor K y sus discípulos entran a observarlo.
Mareado de fiebre, el can de las dos cabezas recuerda la parte más gloriosa de su vida de perro, la madrugada que se paseó por el cerro Barón con un pie humano en el hocico: porque él, Frankestein, fue el primero que encontró los restos del descuartizado de Playa Ancha. El maestro de medicina le acaricia el hocico y les dice a sus discípulos:
—Un animal lo perdona todo y hasta se encariña con el que lo está matando.
—Como todo buen paciente, pues— sugiere uno de los alumnos, y el Doctor K toma un apunte mental: será la última vez que ese interno ponga un pie en su laboratorio.
Media hora más tarde, el perro empieza a despertar; intenta pararse, tembloroso, se da vueltas como pillándose la cola y cuando agarra vuelo su remolino de estertores y aullidos sordos, viene la muerte y lo ensarta con su garfio.
Después de la autopsia que marca el fin del experimento, el Doctor K y sus aprendices se sacan las máscaras y delantales salpicados, se lavan y se van a almorzar. En una coreografía que ya no necesita ensayo, el médico y sus alumnos salen del laboratorio, entran los ordenanzas del hospital tercermundista («subdesarrollado» decían en aquellos tiempos) y meten los restos todavía tibios de Frankenstein bicéfalo en una bolsa de género engomado. Sin decir palabra, arrastran la bolsa por los pasillos encerados hasta llegar a un patio interior, y allí la arrojan encima de una montaña palpitante hecha de carne de otras operaciones. La tela se rasga al caer y los ojos de Frankestein reflejan el cielo plomizo del puerto. Amanece. En esa ruma fétida donde cae el animal muerto se acumulan algodones manchados, vendajes negros tiesos de sangre y flema, pedazos de vísceras y huesos, cordones umbilicales, órganos humanos varios y cadáveres de otros animales charqueados. Es un monte seseante de insectos y gusanos amarillos que se alza dentro de un container, carcomido por la cal viva con que tratan de cubrir la podredumbre.

   En la cima de ese Everest, el quiltro negro con cabeza de perro y cabeza de perra emprende su viaje, envuelto en una mortaja de moscas tornasoladas, desde el laboratorio del Hospital Naval hasta el fondo caníbal de la bahía de Valparaíso.

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Roberto Castillo Sandoval

(Chile, 1957)

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Es profesor de español y literatura comparada en Haverford College, Pensilvannia, donde también participa en el programa de estudios latinoamericanos, latinos e ibéricos. Entre sus publicaciones recientes se cuentan la colección de crónicas y ensayos Antípodas (Cuarto Propio, 2014), su traducción de Bartleby, el escribano,  de Herman Melville (Hueders, 2017) y su novela Muriendo por la dulce patria mía (Laurel, 2017).

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