Cuento: Jesús A. Gutierrez

El clérigo

     Oye, Mono, te ganaste esta semana el derecho a repartir la chuspa de confites. Obtuviste la excelencia en disciplina, y una calificación de 5.00 (cinco cero cero) en la materia de educación moral y religiosa, le decía el cura “Bironcho”, mirándolo. El Mono se levantaba chorreándole miel de sus ojos, bailándole las pequitas en su cara e iniciaba a repartirlas, uno por uno, en su puesto. La tarifa que siempre decidía el cura era una dulce no más. El Mono, a la barrita de los cinco, incluyéndose, nos daba dos, y un bombón de ñapa, solapado, con mano de mago, embolatando las mirandas pilosas de algunos colegas, que estaban bien atentos para sapiarle al cura.

     Esa era la expectativa de nuestro grupo tercero de bachillerato de cada inicio de semana. Todos habían saboreado el privilegio de repartir las golosinas. Algunos repetían dos o tres veces. Yo ni repartía, menos repetía. No era porque mi conducta fuera pésima, pero no era la requerida. Pasaba raspando la letra R, pero la salvaba, y eso me mantenía contento. Sacar cinco por estarme ahí aplastado en mi pupitre, calentando puesto y ventosidades, con los ojos fijos en la clase memorista del profesor y yo imitándolo, pues no estaba dentro de mis gustos. En la materia de religión, sí que era porra, les quitaba hasta las diademas celestiales a los santos. Referente a mi infortunio de no repartir y echarme al bolsillo algunos dulces, se debía que era demasiado recochero, y la falla era que siempre me pillaban (no era morrongo) por ser muy aventado, los dos o tres que me ayudaban eran más avispados y se hacían los mensos para que nos los pillaran, y sin contemplaciones de ninguna clase, en el caso mío, pues castigo hasta las siete de la noche, una hora después de la salida normal del colegio, con mis macanas de gelatinas bien arriba. El profesor de disciplina me decía con cara escueta, ¡Manos arriba, y si no te compones, no las bajes ni por el carajo! No recuerdo si mis manos sostenían dos ladrillos o yo no sé qué. Sí, creo que eran ladrillos, pues no tendría sentido tener los brazos arriba, así a la bulla de los tarros.     

     Días después, antes que el cura “Bironcho” no nos diera más la materia de educación moral y religiosa, reconoció que mi conducta había mejorado a tres cinco cero, y por fin me puso a repartir la chuspa de las golosinas. Fue un acontecimiento. Mejor que repichingas o agualulos de fines de semana. Me desquité con ganas, mientras un mompita entretenía al cura, yo repartía a diestra y siniestra. A la galladita les daba cinco cucarachas, revueltas con bombones, de una sola; a los medio amigos les daba dos, los que me caían gordos, uno, y eso que vacilándolos. Desmantelaba la chuspa, no dejaba el raspado ni para las hormigas. El cura siempre se chupaba el último bombón, pero esta vez le hice pistola, sólo se mamó el dedo. Los tenía contados, le dije que le había fallado su contabilidad o alguien le había desacomodado el número de cucarachas o bombones… Uno de los que me caían gordos del totazo, y que no se aguantaba un cólico parado, me sapió. El cura “Bironcho” me miraba pelando los dientes, malicioso, diciéndome, ¡Policarpo, usted si no tiene arreglo!, ¿no?

     Por ese lado, con él, se fue la figura de Cristo enchapada en caramelos, le cantábamos un hasta luego en el salón, recordándole su apego a los caballos, como si estuviéramos vacilando en un paseo, aplastados en los puestos de los músicos del bus, El cura de mi pueblo le gusta montar en burro y de tanto montar en burro se le ha pelado el cuuu…ra de mi pueblo (bis). Y  reía gozoso. No sabíamos si había montado alguna vez en burro, pero sí lo veíamos en la cabalgata de abertura de las fiestas de aniversario, pinchado, montado todo el día en un lindo alazán de paso que algún dueño de finca le había prestado,  coloreando su horqueta, cogiéndose el ala de su sombrero, y alzando la mano como político en elecciones, y repartiendo saludos, bendiciones y risas angelicales por doquier.

     A pesar de no ser más el profesor de la materia de Dios, el diálogo con él no se perdió. Los domingos, cuando íbamos en filas a misa, lo veíamos encaramado en el púlpito, explayado en el sermón del Santo Evangelio. Lo mirábamos, y medio se reía. Hago un paréntesis aquí para aclarar lo de cura “Vironcho.” Ése no era el nombre o apellido. Nosotros se lo pusimos. Recién llegado al pueblito, él siempre nos saludaba, ¡Quihubo “bironchos”! Se reía. Le hacíamos el jueguito. Con el paso de los años comprendimos su significado coloquial. Ahora, no supimos en qué sentido  lo decía… En todo caso, no éramos así, el romanticismo se desparramaba en nuestros ojos, salvo que ahorita (y lo dudo mucho porque la persona volverse marica en la edad de acordeón, pues sería un hecho que merecería un estudio aparte…), alguno, se le hubiera ido la machera para otro lado. Y referente a los de sotana, ¡eh, Ave María, pues, algunos, no dejan sus vainas ni porque Dios los pille con las manos en la masa!… Bueno, pues, el cura “Bironcho” no fue sólo recursivo con los caramelos. En el período que nos dio a materia de religión, una tarde apareció con quince uniformes, dos balones, el buzo de arquero con el número uno, dos rodilleras, menos guayos, cada uno tuvo que comprarlo, y así creó el primer equipo de pibes que se llamó River Plate, luego nació el primer torneo, con equipos como Racing, Centinela, América…. y el recuerdo de entrenadores como Congo, el Viejito Okey… Bueno, siguiendo el hilo, una tarde, matando el tiempo, me hallaba en el café de don Ramón degustando un suave tinto, fumando Pielroja, dibujando rosquillas de humos, cuando vi entrar al cura “Bironcho”, tenía terciado un gran carriel de cuero fino, un sombrero fino, muy típico, adornaba su cabeza. Los presentes se pararon como guiados por una orden divina, hasta la mesera que atendía inclinó la cabeza y escondió el trasero con pícara fe. El ambiente musical del café estaba animado coincidencialmente por la canción Padrenuestro, cantada por Eva Garza, y luego sonó Ayúdame Dios mío por María Elena Sandoval. Los sombreros hicieron santas cortesías. El cura esgrimió una risa del Sagrado Corazón de Jesús, y mientras caminaba, sacudiendo el carriel divino, las manos iban echándole billetes, mientras decía, Jesús se lo pague (¡Eh, Ave María, pues, para tantas culebras, este gran personaje revolucionario bíblico va a tener que hacer préstamos al por mayor, y los intereses por allá en las nubes, que a lo último tenga que empeñar el cielo!). Siguiendo con el rumbo de lo que sucedía, el cura fue nimio, pues no se le escapó ni siquiera la ojeada al orinal. Yo no le di ni el mimeógrafo de una moneda. Tenía un billete grande (Excusa telegrafiada y chicanera). Al pararse bien campante al frente de mi cara, le estiré cinco dedos. Modeló los dientes.  Salió con esa misma risa santurrona, sombreada por su sombrero y ventilado de la cintura para abajo por el chicotear de su sotana.

     Días después se celebró la tradicional fiesta a la Virgen del Carmen. Él era el motor de la continuación de dicho evento sagradamente festivo. Me paré en un recodo del parque, vi su figura llena satisfacción, sentada en el corredor de la casa cural, contemplando la imagen, cuadrada en el atrio de la iglesia. Era un rato solemne. La multitud feligresa cubría de billetes su vestido blanco y azul. Eran tantos que la Virgen no podía ver con agrado la colaboración de sus fervientes devotos. El mismo día, las torcacitas que merodean a diario la pila del parque, tragaban babas en vez de agua por su suciedad, menos hambre porque el parque estaba copado de donaciones arrancadas de la barriga negruzca de la tierra, uno que otro marranito, potrico o vaquita con su ternerito, tapizando de orines, boñigas, cagajón, la fiesta que se esfumaba con el prólogo de la noche. Las viejas más rezanderas decían, Son ofrendas caídas del cielo, los ateos, Es puro negocio que van a engrosar el peculio personal del cura. Sobre esto, la gente tiene la lengua de papagayo, pero aquí no entro a polemizar. Allá el cura con el santificado de alguna de las tres etapas psicológicas. Por ahora, lo cierto, es que este acto creyente era una costumbre más vieja que la moda de andar a pie. Burila se encomendaba a la Virgen del Carmen, su patrona. Hasta los bandoleros la colgaban en el cuello para cometer sus masacres políticas, se aferraban a ella con exaltación. Hay que machacar que los chóferes siempre la llevaban chilingueando en sus yipis como guía en sus caminos. Hoy en día, en los pueblos, ese fervor religioso no ha parado. Yo mismo no me perdía estas procesiones, sobre todo las Auroras, aunque sea por hacer pila en los rezos, oír taconeos, caer de babas por las peladas con sus falditas corticas que distraen y despiertan sensaciones carnosas de los santos enyesados, y a todos por parejo. Ahora, en todo, existe un factor económico, pienso que es razonable, para bien o para mal, el dinero prima en todo, y lo divino no escapa. El cura, habló no en forma general, eructa, se mete con gusto los dedos a la nariz, moldea curioso, con arte, figuritas barrocas o góticas con su materia prima, las pega, discreto, debajo de la mesa del altar (no importa que lo acechen ojos enyesados), en las paredes, en los parapetos maderosos de cubículos de secretos pecaminosos, que por nada del mundo contaría a otro pecador igual que yo, aunque sea de pensamiento, algunos tiran sus canitas mundanas. También tira vientos por molestia, vicios o placer; arroja lombrices por tomatas de aceite de ricino, se rasca las güevas de berraco o contento, no sé si en el púlpito, en el atrio, en el inodoro, en el despacho parroquial, o donde lo pille el rasca, rasca. ¿Averígüelo Vargas?… En fin, es un ser humano como todos. Su investidura no lo hace  persona de otro cosmo divino. El oficio de cura debe ser nivelado de alguna manera. Él vive como todos, de vitaminas materiales para poder armonizar las espirituales. No vive de suspiros, viento raspado o pechugas platónicas. Para eso son las limosnas, los pagos de misas, la fiesta a la Virgen del Carmen. Él verá como gasta sus lucros. En todo caso, hoy en día, yo no me metería de cura a sabiendas que fuera el único afán que tuviera que bregar para conseguir mi salvación. Asimismo, la vocación sacerdotal (Anteriormente si era rentable) hoy en día, no es una bandeja exquisita, tal vez espiritual pero no material (Los fieles no consignan en sus orejas los pecados mortales de antes sino los veniales, repetitivos, por puro relleno, tal vez los camanduleros y rezanderas. No paga confesarse, rezar padrenuestros por bobadas. Esa acción se haría, encaramándose uno en lo más alto de la finca del papá de uno de mis buenos mompita abrir la boca y los brazos al cielo, Acúsame padre que deseo la esposa de mi vecino…). Bueno, debe ser por los tiempos de hoy, la evolución embalada de juicios tan variados como en botica. Las tentaciones rebosan la carne y el alma, cada día, algunos curas la mancillan con ciertos atajos censurables, también a ella le salen competencias evangélicas como la multiplicación de los panes…

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Jesús A. Gutierrez

(Colombia)

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Nació en Caicedonía, Valle del Cauca. Estudió la primaria en la escuela Marco Fidel Suarez, en Cali. Realizó estudios de secundaria en el Colegio Bolivariano en Caicedonía y más tarde en el Colegio San Bernardo. Es licenciado en literatura de la Universidad Del Valle. Ha escrito: Cuadritos (cuento), Muchachadas (cuento), Cuesta arriba (Novela) y Pinceladas de mi pueblo. En este momento se encuentra trabajando en su novela Los Benavides.  Su correo electrónico: jarguti@outlook.es

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