Cuento: Rodrigo Torres Quezada

Para Siempre

         Un viento suave y tibio recorrió la montaña invadiendo a los excursionistas, de improviso. El pañuelo bordado de la guía, voló hasta los pies de una joven. Esta le recogió y se lo devolvió sonriendo. A unos pasos, Samuel y Sofía, tomados de la mano, aspiraban ese aire a tranquilidad, dispuestos a disfrutar del contacto con la naturaleza.

         Mientras avanzaban por el primer trayecto del sendero, Samuel no despegaba su vista de Sofía. Había en ella una belleza sutil, de aquellas que no imantan la mirada en un primer instante, sino que va floreciendo a medida que el espíritu se abre. Y así, él recordó el primer beso. Habían quedado de encontrarse en una estación de metro. Sin embargo, no habían establecido bien en qué parte de dicha estación se verían. Era un sitio grande, con varias salidas, y a esa hora la gente iba y venía en estampida con un paso agresivo y preocupado. A ella se le agotó la batería del celular y no tenía cómo llamarle. La desesperación acudió a su ser. Él, la llamaba. Al otro lado del teléfono, un sonido amargo dejaba escapar su tono. Samuel miraba a uno y otro sitio. Todas las mujeres le parecían idénticas a Sofía. Quería transformarlas en ella, quería materializarla de tal forma que la agonía de aquel encuentro fallido se convirtiese en un dolor pasajero. Ella no soportó más. Caminó entre las personas y su marcha que creaba un coro horrible, monocorde y violento. Su ansiedad la llevó a buscar en cada rincón de la estación. Él también inició un deambular atarantado. Parecía como si le hubiesen dado veneno y el efecto de este tardase horas en provocar síntomas; mientras, debía esperar el desenlace preso de la decepción. De pronto, se encontraron. No lo podían creer. Dos personas que se necesitaban. Dos seres perdidos, unidos por el destino. Avanzaron a paso apresurado sin decirse nada la una al otro, se besaron y dejaron en ese beso todo su pasado, todos sus temores, toda una vida de frustraciones.

         La guía hizo al grupo detenerse. Se había amarrado el pañuelo bordado. La figura de este era una paloma posando en una fuente de agua. A Samuel le llamó la atención ese pequeño detalle. Esta joven explica muy bien todo, dijo una señora que iba afirmada del brazo de su marido. El hombre poseía un rostro infantil, inocente. Casi inmaculado. Sofía los observó con cariño. De inmediato, también tomó el brazo de Samuel. Ambos se miraron con el amor total del mundo. Dieron un suspiro. Entonces, la pareja de ancianos también se miró entre sí. Pero sus rostros lucían lejanos. De fondo, la voz de la guía viajaba junto al viento como una caricia venida desde tiempos ancestrales, para ser prodigada a la montaña; la meca donde las almas se conectan al cielo.

         Sofía pasó su mano por el rostro de Samuel. Le hizo unas cosquillas en la mejilla que este recibió con dulzura. Con rapidez agarró la mano de ella y le dio repetidos besos. Así, ella recordó el tiempo en que estuvo tan mal. Los tubos, los electrodos y el vendaje en la cabeza le conferían un extraño sentimiento de orgullo por ser sobreviviente a un accidente. El tío Carlos y su amiga Anita habían muerto en la tragedia. Pero ella había sobrevivido en lo que se podía considerar un verdadero milagro. Sofía, al sentir el impacto del bus de pasajeros sobre la parte trasera del vehículo de su tío, pensó en Samuel. La última imagen que tuvo antes de quedar inconsciente fue la de él enseñándole un jardín donde apareció, de repente, como un enviado desde otra dimensión ajena a la realidad, un colibrí de plumas azuladas cuyo movimiento le parecía menos rápido que el de su corazón. Y no fue distinta la sensación cuando vio a Samuel al lado suyo, durante horas, hablándole de cosas hermosas, con palabras mágicas, y relatándole proyectos futuros donde ella y él eran los protagonistas. Samuel tomó la mano de Sofía y esta le apretó con fuerza. Una energía había brotado de su cuerpo malherido. Samuel estaba excitado. Salió corriendo de la sala y llamó a voz en cuello, conmocionado, a los familiares de Sofía. Me tomó la mano, dijo, me tomó la mano. Todos se congregaron alrededor de ella. Pero sus ojos no veían a nadie más en la sala. Así como su última imagen antes de sumirse en el blanco infinito del sueño fue aquel hombre; al despertar, su primera imagen fue la de él, ahí, narrándole infinitas posibilidades en todas las cuales ellos eran los protagonistas principales de una historia única e irrepetible.

         La guía se cercioró que uno de los excursionistas más ancianos se sentía deshidratado y decidió detener la marcha. La mujer, con presteza, cedió su cantimplora para que el hombre bebiese y descansase. Este le miró a los ojos, con el agradecimiento escrito en ellos. Ella tomó una mano del viejo y se la acarició. Como en un acto mágico, la guía observó hacia el cielo y sonrió ante las nubes que les protegían en algo del sol. Se quedó así unos largos segundos. Samuel se preguntó qué miraba. ¿En qué pensará? Sofía observó hacia arriba pero, a diferencia de la guía, no pudo sonreír puesto que no vio nada. Samuel también se decidió a mirar. Esas nubes tienen forma de lagartijas, dijo en voz alta. Entonces, la guía, viendo que el anciano se sentía más repuesto, sopesó que era momento de proseguir por el sendero. La montaña aún tiene cosas increíbles que enseñarnos, dijo, así que no decaiga su ánimo. Todos nos vamos a apoyar, nos conozcamos o no. Ahora somos un grupo. No vale pensar de forma individual o de a dos. Ah, y sí, esas nubes tienen forma de lagartijas. Esto último lo dijo sonriendo. Sofía insistió una vez más en forzar la vista y encontrarle forma a esas vagabundas del cielo. Por más que miro, no encuentro nada, dijo. Samuel se rio y la abrazó por los hombros. Allá, adelante, la guía se movía como si ella misma fuese una melodía creada por el viento.

         Algo que Samuel recordaba constantemente, era el tiempo en la universidad. Codo a codo, junto a Sofía, lograron sobreponerse a todos los obstáculos posibles. Hubo noches en que no durmieron por estudiar y repasar materias en las cuales la mayoría reprobaba. Te juro, por los dos, que esto lo vamos a superar, le dijo ella. Tú eres la persona más inteligente que he conocido, agregó.  Esto le dio fuerzas a Samuel. Se sentía afortunado Sofía era una mujer de una mente con gran capacidad de lógica y razonamiento. Sus argumentos y tesis estaban confeccionadas con una estructura casi perfecta. Y ese casi lo complementaba él con sus dotes para contraponer ideas y diseñar gráficos. Pero también hubo momentos de incomodidad y Samuel a veces los recordaba, sobre todo cuando Sofía, por alguna típica discusión, le sacaba en cara sus affaires con algunas amigas universitarias. Pero ella tampoco se quedó atrás y tuvo sus aventuras. Éramos jóvenes y podíamos equivocarnos, ¿no?, solía decir él. No obstante, cada vez que recordaban aquello, reían, pues en el fondo, sin importar con quién tuviesen algún flirteo, siempre se amaron sin dudarlo.

         La guía les hizo detenerse frente a un mirador. Desde ahí el paisaje evocaba algo enorme, una sensación venida desde épocas pretéritas cuando aún el ser humano no aparecía en el mundo. La guía se dejó caer sobre el piso del mirador. Parecía haberse convertido en una niña que veía por primera vez el mar. Era increíble pensar que ella había hecho este mismo recorrido decenas de veces pero siempre ofrecía el mismo rostro de sorpresa. Sofía se sentó a su lado. Le llamó la atención la actitud que había tomado. ¿Te sientes bien?, le preguntó. No, no me siento bien, contestó, porque sé que cuando me levante y vuelva a mi rutina habitual, este momento habrá desaparecido. Pero a la vez soy feliz porque sé que regresaré una y otra vez aquí. Soy libre y puedo hacerlo… O al menos me siento libre. Sofía frunció el ceño. Miró hacia arriba encontrándose con el rostro de Samuel. Le hizo un gesto a este. Él parecía intrigado. ¿Hace mucho que trabajas en esto?, le preguntó él. Esto no es un trabajo, amigo, esto es un servicio social. Ayudo a la gente a reconectarse consigo misma. Soy algo así como un hada… Olvídalo, estoy desvariando. Entonces la guía rio con un tono cristalino que parecía ser el tono del río que adornaba el esplendor de la montaña. Sofía hizo una mueca. Samuel sonrió. Eso suena loquísimo, dijo él después de unos segundos, cuando ya la guía se había levantado para proseguir a la vez que abrazaba a una joven que estaba triste. Sofía, en tanto, se quedó sentada un rato, observando el paisaje sobrecogedor. Creo que esa piedra de más allá tiene una forma de león. Samuel achicó la vista. Dudó un instante. Se colocó la mano como visera. Ah, sí, dijo, es un león. Creo.

         Sofía recordó cuando hicieron el amor en la playa. Había una especie de médano, bajo una muralla de piedras en cemento. La marea estaba baja y la luna lucía pálida, apenas pintarrajeada en la bóveda oscura. Las estrellas titilaban como si les hicieran guiños, cómplices de su pasión. Ella pasó su lengua por el ombligo de él. Y es algo que jamás pudo olvidar porque a Samuel aquello le provocó un ataque de risa. Sofía se irguió a su lado, observándole extrañada. Es muy gracioso eso, dijo Samuel, lo de la lengua en el ombligo, ¿cómo te puede gustar eso? Entonces ambos rompieron en risas. El sonido del mar selló aquel recuerdo creando en Sofía una añoranza por aquella playa. Y con toda probabilidad, todas las playas.

         Tomó la mano de Samuel. Él, con su dedo pulgar, acarició el contorno de la mano de Sofía. Se miraron. Sonrieron. Más de doce años juntos, dijo Samuel. Más de doce años, dijo ella, y siento que esto será de verdad para toda la vida. El viento frío y tibio de nuevo entró en escena. Los más viejos se abrazaron protegiéndose de algo que parecía inevitable. A lo lejos se escuchaba un sonido misterioso y los más jóvenes estaban expectantes por descubrir de qué se trataba. Es la voz de la montaña, dijo la guía, es la voz que habla a lo más íntimo de nosotros. Pero tenemos que tener una visión de grupo para entenderla porque nos habla a todos. En un movimiento improvisado y salvaje, la guía se subió sobre una piedra. Desde ahí, aguzó el oído y sonrió: la montaña nos saluda, dijo. De pronto, Samuel sintió algo extraño dentro suyo. A su vez, Sofía escuchó como si una grieta asomara bajo sus pies. Samuel, al ver a la guía tan radiante sobre aquella roca, con su pañuelo bordado ondeando al viento, con su cabellera danzando entre el polvo y esa forma de ser tan imprevisible, de un momento a otro, sin previo aviso, sin una transición, sin que nadie le advirtiera, supo que los largos doce años junto a Sofía, habían llegado a su fin.

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Rodrigo Torres Quezada

(Chile 1984)

Fotografía autor

Rodrigo Torres Quezada (Santiago de Chile). Licenciado en Historia de la
Universidad de Chile. Ha publicado los siguientes libros: Antecesor (editorial
Librosdementira, 2014), El sello del Pudú (Aguja Literaria, 2016), Nueva Narrativa
Nueva (Santiago-Ander, 2018) y Filosofía Disney (Librosdementira, 2018). También ha
publicado la trilogía de cuentos Podredumbre con La Maceta Ediciones (2018). Además
ha publicado en diversas revistas y hace reseñas de música en la página Experimental-
lunch.cl

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